17 JAN. 2016 BUSCADORES de oro La guerra por el oro de Mongolia La extracción de uno de los principales recursos minerales de Mongolia enfrenta a los buscadores de oro con las asociaciones de minería tradicional y las grandes multinacionales. Un 10% de la población ha estado en algún momento relacionada con la explotación de un metal que provoca graves daños medioambientales. Zigor Aldama {{^data.noClicksRemaining}} Pour lire cet article inscrivez-vous gratuitement ou abonnez-vous Déjà enregistré? Se connecter INSCRIVEZ-VOUS POUR LIRE {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Vous n'avez plus de clics Souscrire {{/data.noClicksRemaining}} Aunque lo hubiese, que no es el caso, un termómetro tradicional sería incapaz de reflejar correctamente el frío que hace en Zaamar. Porque, a 40 grados bajo cero, incluso el mercurio se habría congelado. Pero no importa, porque, independientemente de la temperatura, los “ninjas” no descansan. Así es como se conoce en Mongolia a las personas que, ataviadas con herramientas rudimentarias, agujerean la estepa en busca de su recurso mineral más preciado: el oro. Y no son pocos: diferentes estudios afirman que hasta 300.000 personas, un 10% de la población que habita este territorio tres veces más extenso que el Estado francés, han estado en algún momento de su vida involucradas en la búsqueda de oro. Actualmente, el Gobierno estima que unos 100.000 mongoles extraen cada año, de forma ilegal, hasta cinco toneladas de ese metal. Ganzorig, que prefiere no dar su nombre completo, es uno de ellos. Está ocupado cavando un hoyo en la tierra congelada y responde con poco más que monosílabos. Mira hacia arriba desde unos cinco metros de profundidad con el sudor congelado en las pestañas. Pero, a pesar de las difíciles condiciones en las que trabaja, ríe con ganas. Pocos minutos después, el compañero con el que hace tándem saca un cubo lleno de tierra y él aprovecha para salir a la superficie y fumarse un cigarrillo. «No está siendo un buen día», reconoce. «Pero este trabajo es mejor que hacer negocio con el ganado», afirma. Y sabe de qué habla, porque, hasta hace un par de años, Ganzorig fue uno de los nómadas que pueblan el noreste del país. Perdió casi todas sus cabezas de ganado durante el crudo invierno de 2010 y, finalmente, decidió vender el resto y hacerle caso a un amigo que trabajaba de “ninja”, un apodo que reciben los buscadores de oro por la forma en la que llevan a la espalda una gran palangana verde que recuerda al caparazón de los protagonistas de la serie “Las Tortugas Ninja”. A Ganzorig, como a la mayoría de quienes buscan destellos dorados en los alrededores de Zaamar, el término le parece peyorativo. Pero no le importa demasiado lo que piensen de él. «Lo importante es que pueda dar de comer a mi familia». Y, sin duda, el oro le permite llevar una vida digna. «El gramo se cotiza a unos 55.000 tugriks (26 euros), así que, a pesar de que el precio oscila con el mercado, generalmente los días que trabajamos ganamos unos 100.000 tugriks (47 euros)». Eso sí, tienen que estar alerta, porque en cualquier momento puede aparecer Khurlee con su Land Cruiser metalizado. Es uno de los mercenarios contratados por una gran empresa minera mongola para espantar a los buscadores de oro. «Están en terrenos privados y no tienen permiso para cavar aquí», justifica. Vestido con un traje de camuflaje, avisa de su llegada encendiendo el piloto rojo del techo y haciendo sonar una sirena más propia de un vehículo policial. Consciente de la presencia de un periodista, se muestra amable y conmina a los “ninjas” a que se vayan con buenas palabras. Pero Amgelan Damdinragehaa asegura que no siempre es así. «Muchas veces terminan peleándose e incluso ha muerto gente en las refriegas. Además del personal de seguridad privada que emplean las minas, la Policía ha llegado a utilizar armas de fuego para echar a los que buscan oro». No obstante, él tampoco es un defensor del trabajo que hacen los “ninjas”. De hecho, aunque ejerció como tal hace años, ahora los combate. Es el presidente de una pequeña asociación de minería artesanal, un tipo de organización que el Gobierno decidió legalizar a finales de 2013 para reducir el número de “ninjas” y permitir que la población se beneficie legalmente de la explotación de un recurso nacional. «Antes, en la zona llegó a haber 10.000 mineros ilegales, pero ahora ya son solo 3.000. El resto estamos asociados y eso nos permite contar con más medios, tener más fuerza a la hora de negociar precios y vender el oro directamente al Banco de Mongolia». Porque Damdinragehaa afirma que los “ninjas” provocan dos problemas: el medioambiental, «ya que no reparan el daño que hacen en el entorno al cavar cientos de hoyos», y el económico, «porque no pagan impuestos y venden el oro a intermediarios chinos». Ganbold, que prefiere no dar su nombre completo, reconoce que es así. Pero solo en parte. Él trabaja junto a su esposa, Tungalatamir, en el cercano pueblo de Khailaast, donde aprovecha la tierra que desecha una mina a cielo abierto para encontrar pepitas de oro. Ellos no cavan, se limitan a transportar con un camión la tierra y a “limpiarla” utilizando una tolva y agua a presión al lado de un pequeño lago. Como el metal es el material más pesado, al final del proceso se deposita en el fondo y se retira con un cubo. No obstante, son necesarias varias toneladas de esa materia prima para lograr, con suerte, un par de pepitas. A pesar de que la tierra que utiliza Ganbold no tiene ya ningún valor para la mina que la ha desechado, la empresa considera que la actividad de los “ninjas” como él es equivalente a un robo. Por eso, saben que en cualquier momento puede aparecer alguien para echarlos y cabe la posibilidad de que traten de requisar la camioneta y el material que utilizan. Aun así, los pequeños puntos dorados que aparecen en el fondo de la palangana les compensan el riesgo. Sin embargo, a diferencia de lo que hacen en Zaamar, ellos solo trabajan durante los meses en los que la tierra no está congelada, de abril a octubre. «Tenemos ya más de 60 años, así que no estamos para grandes hazañas». Pero la edad no es impedimento para que la pareja obtenga cada día unos 6 o 7 gramos de oro. De hecho, ya con la privacidad que ofrece el coqueto ger –la yurta tradicional mongola– que han instalado en Khailaast, Ganbold muestra con orgullo el cuaderno en el que lleva la cuenta de los tesoros extraídos cada jornada. Los venden por la noche en una pequeña tienda de este pueblo polvoriento que parece sacado del lejano Oeste americano, y su objetivo es lograr el suficiente dinero para adquirir un apartamento en la capital, Ulán Bator, y mudarse allí con sus dos hijos. «Entonces nos retiraremos, pero todavía nos queda camino por recorrer», comenta ella mientras cuenta un buen fajo de billetes. El proceso de la venta es muy sencillo: la dependienta de la tienda saca un pequeño peso de debajo del mostrador, certifica cuántos gramos han logrado y paga al contado de forma inmediata. Como confirma un especialista tras haber examinado una pequeña pepita de muestra, el oro que obtienen Ganbold y Tungalatamir es de 24 quilates, el de mayor pureza. Por eso, alguien de confianza lo llevará hasta Ulán Bator para vendérselo a brokers que lo moverán en el mercado internacional, sobre todo el chino, una vez rebajado al estándar de 18 quilates. «Pero, a veces, también vienen por aquí chinos y rusos para comprar directamente y ahorrarse las comisiones de los intermediarios», comenta la responsable del establecimiento. El problema de este sistema, apunta Tuya Damdinjats, es que incentiva un expolio de las materias primas de Mongolia. Ella dirige la Unión Duush Mandal Khairkhan, una asociación de minería tradicional creada por 300 antiguos “ninjas” en el pueblo de Zhuunkharaa, a unos 200 kilómetros de Khailaast. «Nosotros evitamos que el oro salga del país y, a diferencia de lo que hacen otras empresas mineras multinacionales y los propios ‘ninjas’, cuidamos el entorno, tratamos de contaminar lo mínimo posible y tenemos un programa con la Asia Foundation para reciclar la tierra en unas instalaciones que hemos construido especialmente para ello», cuenta durante una visita al pequeño pabellón en el que se procesa la piedra. Allí, a diferencia de lo que hace Ganbold, el oro requiere un procesamiento con productos químicos para ser extraído y la pureza es inferior y variable. La organización también ha conseguido mejorar la producción de oro con la adquisición de tecnología más avanzada, que le permite horadar la montaña hasta 60 metros de profundidad, y ha marcado un hito en las condiciones laborales de sus miembros: «Cada uno paga 53.000 tugriks (25 euros) de impuestos al mes y tienen garantizado un sueldo mínimo de medio millón (240 euros). Lógicamente, no tienen que pagar nada del material y cuentan con un seguro médico. Además, disfrutan de diez días de vacaciones después de cada mes seguido de trabajo», explica Tuya. La suya es, recalca, una magnífica fórmula para profesionalizar a los “ninjas”, contribuir a la economía del país y evitar accidentes laborales. Claro que cuesta creer eso último viendo cómo trabajan en la montaña de Noyod, donde cuentan con un permiso para la explotación del oro. Allí, tres hombres y dos niños que disfrutan de las vacaciones escolares preparan a mano, y algunos con un cigarrillo en la boca, los cartuchos de dinamita que utilizarán en las entrañas de la tierra para avanzar en la galería que están abriendo. «Aquí somos como una familia», ríe Uuganbayar. Cada día sacan unos 20 sacos de piedra, que envían a Zhuunkharaa para su procesamiento en la planta, y todos están satisfechos con el funcionamiento de la asociación. «Trabajar como ‘ninja’ puede reportar más dinero, pero resulta peligroso y es ilegal», comenta el minero, que también está encargado de hacer las prospecciones para decidir el lugar en el que cavarán. «Nos guiamos por el tipo de terreno, excavamos un metro y, dependiendo de lo que encontremos, seguimos o buscamos otra localización», explica. El trabajo es duro. Los tres adultos esperan a que el sol alcance su cénit para que la luz penetre todo lo posible en el estrecho agujero por el que reptan, pero bastan unos metros para que la única fuente lumínica sea la linterna que llevan acoplada al casco. Las medidas de seguridad brillan por su ausencia y, generalmente, ni siquiera llevan las mascarillas protectoras. Dicen que es porque el oxígeno también escasea y la máscara impide respirar bien. Por todo ello, no pueden pasar más de una hora dentro, pero es tiempo suficiente para colocar las cargas explosivas y huir antes de que un golpe sordo sacuda el suelo. Un chorro de polvo sale disparado pocos segundos después por la chimenea que luego utilizan para extraer la piedra. «Ese es el trabajo más extenuante, porque apenas se puede respirar y el peso es elevado», cuenta Nyambaatar, de 20 años, mientras coge aire y trata de limpiarse el fino polvo blanco que cubre su rostro. «Pero no haré otra cosa, porque no sé y porque creo que estamos contribuyendo al desarrollo de la región. Muchas familias que antes eran pobres ahora viven bien gracias a este tipo de minería». D. Enkhbold no está de acuerdo. Como presidente de la Asociación de la Minería de Mongolia, que representa a las grandes multinacionales que tienen operaciones en el país, combate tanto a los “ninjas” como a las asociaciones de minería tradicional. Y lo hace convencido. «En el caso de los primeros, es evidente que no están sujetos a ninguna regulación y que son especialmente dañinos. El problema con las segundas, no obstante, está en la opacidad con la que trabajan, la falta de medios para controlar su funcionamiento y el hecho de que cuentan con unas ventajas fiscales injustas». Además, Enkhbold asegura que «cuanto más grandes son las empresas mineras, más aportan a la sociedad a través de puestos de trabajo y de impuestos o “royalties”. Y también se preocupan más que las empresas pequeñas por la conservación del entorno». En Zaamar, Damdinragehaa refuta esa última afirmación. Y lo hace mostrando el paisaje lunar que ha esculpido en los alrededores una gran minera rusa. «¿Ve todas estas pequeñas colinas? Pues antes no estaban: son el resultado de un proceso chapucero para tapar los gigantescos agujeros que hicieron. Los rusos sacaron el oro, pagaron a políticos corruptos para que hicieran la vista gorda con los impuestos e hicieron una ceremonia con muchos medios de comunicación para mostrar cómo iban a recuperar el entorno. Cuando las cámaras se marcharon, ellos también. Ahora aquí nadie puede traer el ganado porque cae a los agujeros y se mata», critica. Enkhbold solo le da la razón en un punto: «La corrupción y la burocracia son grandes problemas, también para las multinacionales». Con posturas tan encontradas, la guerra por el oro de Mongolia se prevé larga y cruenta. Porque ninguno de los tres actores que la protagonizan están dispuestos a dar su brazo a torcer. No en vano, el pastel en juego es muy goloso. El sector de la minería, cuya importancia ha explotado desde que Mongolia abandonó el comunismo en la década de 1990, supone el 20% del PIB del país y aporta un 70% de su crecimiento económico. De ahí que muchos apoden al país “Minagolia”. No obstante, la caída del precio de la mayoría de las materias primas ha hecho que el PIB aumente a un ritmo muy inferior al de 2011, cuando tocó techo con el 17,5%, una tasa que otorgó al país de Gengis Khan la mayor expansión del mundo. «El problema es que ese crecimiento se queda en manos de unos pocos y así las diferencias sociales se disparan», critica Tuya, que también es la alcaldesa de Zhuunkharaa. «El oro, como el resto de minerales valiosos, son recursos del Estado que se deben invertir en el país. Se deben crear más oportunidades laborales para la juventud a través de la educación, de forma que la dependencia de la minería sea menor. Y también hay que tratar de evitar que los extranjeros se lleven nuestras materias primas. Lo que impide que así se haga, claro, es la corrupción que existe en el Gobierno. Todos quieren sus sobres y, al final, los diputados son gente de la elite que redacta la legislación para hacer todavía más dinero», concluye.