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Entrevue
SÍlvia Pérez Cruz

«El no saber querer es tan triste como no tener opinión o no atreverse a quejarte»


Regresó el pasado marzo, abarrotó el bilbaino Teatro Arriaga y el donostiarra Victoria Eugenia y volvió a estremecer con sus emociones cantoras. Sílvia Pérez Cruz (Calella de Palafrugell, Girona, 1983) traía algunas canciones de la película “Cerca de tu casa”, musical sobre la tragedia de los desahucios que protagoniza bajo la dirección de Eduard Cortés, del que ha extraído la banda sonora “Domus” y que se estrena en mayo. Odia a la gente que lleva prisa, es una incansable profesional y cuando habla se muestra casi tan entregada como cantando. Ha quedado feliz y casi agotada de su renacentista labor en torno a ese filme en el que debuta como actriz de cine. Y compone y canta temas más sociales, pero dice estar harta del devenir político en Catalunya o en Madrid.

¿Es tan dulce como lo parece o esconde un lado rugoso?

¿Parezco dulce? Hombre, hay de todo, tengo muchas capas, tengo mi nervio, pero la dulzura sí que es cierta.

Esa voz, ¿tiene que ver con la blancura marina de Calella o el ambiente lírico familiar?

Cuesta identificar de dónde te vienen las cosas, pero sí, tuve dos grandes influencias: los padres y el paisaje. En casa, la música era familiar, una manera de comunicarse. Y haber sido de pueblo y vivir luego en Barcelona está muy bien. Siempre digo que soy del Ampurdá. Esos bosques, esa luz del atardecer y vivir de niña junto al mar, seguro que ayuda a caminar y mirar distinto. Pero no tengo tan buena voz, es más la actitud, el deseo de conectar.

Estudió mucha música.

Sí, de los 5 a los 18 años piano, saxo, solfeo… Y en Barcelona, en una escuela superior de música, canto, arreglos…, una carrera universitaria, hasta los 25. Pero hacia los 12-13 sentí la necesidad de cantar como vocación; no solo un juego y aprendizaje sino también una purga, una limpieza, algo que te conecta con un sentimiento de verdad.

El sentimiento interpretativo ¿es genético, educacional, personal?

Una combinación de muchas cosas. Mi hermana canta muy bien, pero no necesita hacerlo en público. Cantar es un juego para las dos, pero hemos tenido diferentes maneras de integrarlo. A mí me enganchó esa necesidad y encontré en el canto una manera de volar.

¿Ha llegado a llorar cantando?

Si lloras vas mal, no puedes. Intento sentir las emociones que canto como penas y alegrías de todos, no mías propias, y esa entrega me hace feliz. Si las canto desde mí me desmonto. Me ha llegado a ganar alguna pena fuerte (una muerte, un desamor) y es demasiado propio. Para llorar, lo hago tranquilita y sola.

Hay intérpretes que temen perder la voz y se pasan días sin hablar o haciéndolo bajito. ¿Siente ese miedo escénico?

A los veintipocos estuve más obsesionada, ahora ya no. Me pasa, pero cuando el miedo es de verdad, si estoy enferma. Tengo que pensar en tantas cosas (músicos, arreglos, entrevistas…), que al final cantar es lo más natural. Y hay que disfrutar, no pasa nada si hay un error.

Su entrega, cerrar los ojos y dejarse llevar por la emoción, ¿es fortaleza personal o un modo de superar fragilidades?

Al principio me costaba, cantaba de espaldas. Ahora estoy tranquila. Pero es lo que decía sobre la dulzura: soy valiente en algunas cosas, súper tranquila, pero me afectan mucho otras y hay que ir lidiando. Es todo tan raro en la vida que en escena es donde entiendo más las cosas y puedo expresar más libremente lo que siento. Me ayuda a no pensar qué pasará cuando la música pare, me da confianza. Es un sitio de paz, a salvo del caos exterior.

¿Cómo llegaron las habaneras hasta Palafrugell?

Con los marineros que iban y venían de Cuba. Mi padre era gallego, vivió en Lleida y Málaga y acabó en Calella. Era un autodidacta entusiasta, componía y cantaba. Tuvo pasión por Cuba, donde estuvo viajando durante veinte años. Tenía un archivo de composiciones antiguas, fue el investigador más grande del género.

Y de casta le vino a la hija.

Mi padre era un erudito, mi madre también cantaba y tenía una escuela especial para niños y yo empecé a los 4 años cantando “La sombra del palmar”. Cuando fui un poco más mayor entonaba con mi padre en el bar La Bella Lola un par de habaneras anónimas cantadas por mujeres, que hay muy pocas: “Vivir en La Habana” y “A mí no me gusta el coco”. Y también dos hits: ‘Veinte años” y “Alfonsina y el mar”, de Mercedes Sosa, sobre una poetisa que se suicida.

Parece precoz cantar en público con 12 años algo tan trágico.

Lo pienso ahora y digo «qué raro». Pero entonces era lo más natural: mi padre me la puso cuanto tenía 8 años, me tocó tanto que me la quise aprender y, cuando empezamos a cantarla, era la que me pedían. Durante mucho tiempo me llamaban incluso Alfonsina. Ahora veo que no era muy normal.

Y tras las habaneras acumuló una mezcla de estilos y sonoridades.

Fue de lo más normal. No he escuchado nunca muchos discos, me gustaba la música, me sentía músico y me crucé con diferentes músicos y estilos para aprender lenguaje. Era como ir viajando y aprendiendo palabras nuevas para cantar a mi manera las canciones que quisiera. Al final, son canciones y emociones, no pienso en clave de estilos: es simplemente música.

¿Cantar en clave flamenca fue lo más atrevido?

Primero entré en la escuela de jazz, cantando en inglés, que ya era bastante raro. Y como tenía la voz de esta manera que la tengo me decían que probara el flamenco. Como cantaba en inglés y me costaba conectar con el sentimiento, al hacerlo en castellano me destapó las emociones y se abrió un mundo. Mis padres me decían que era de Palafrugell, que no había escuchado flamenco en mi vida. Pero fue algo natural. Bienvenido sea el intercambio y conocer cosas nuevas.

Ha pasado tres años con la película “Cerca de tu casa” y su banda sonora “Domus”, ¿mucho esfuerzo?

Todo y más. Ha sido fantástico, pero intenso y agotador. Empecé con los guionistas, luego componer, arreglar, hacer cantar a los actores, actuar, mezclar, producir… En agostó acabé la película y pensé que podía hacer un disco y adapté las canciones a formato CD. No puedes hacer muchos discos así porque exige mucho tiempo, energía y dinero. Pero me siento orgullosa de la valentía que he tenido al haber resistido hasta el final en algo tan nuevo.

Trata el drama de los desahucios y ¿es algo así como un musical no musical?

Los personajes cantan, pero despista llamarlo musical porque te viene a la cabeza algo como alegre, un tipo de voz y melodías concretas que no tienen que ver con esto. Es un drama, habla de los desahucios, y he hecho la música de manera libre. También lo musical se centra en la parte humana, en las emociones de la gente. Es algo comprometido. Lo situé en 2008, año de los primeros desahucios, la gente lo vivía como fracaso personal y la película explica que el fracaso no es solo suyo, que dejen de sentirse solos uniéndose al resto de soledades y que hay también un fracaso del sistema.

Ha dicho que la gente da por supuesto que la parte creativa es masculina y la emotiva de la mujer.

Me he criado entre hombres y mujeres y se me ha valorado por lo que hacía. Pero en este trabajo, hecho a la par y en igualdad de condiciones entre un hombre y una mujer, me sorprendía que se diera por supuesto esa separación de valores. No necesito defender lo que hago, me encanta hacerlo, pero pensaba «qué fuerte, ¿por qué piensan eso?». Es una educación por repetición: antes creaban más los hombres y las cantantes hacían algo que todo el mundo podía hacer sin necesidad de tanta formación. Pero todo va cambiando, no hay que dar nada por supuesto.

Para aumentar la cuota femenina ha metido en el disco a su madre Gloria y su hija Lola en el himno “Ay ay ay”.

En la película la canta Adriana Ozores, pero cuando me puse a hacer el disco pensé «si es la cadena de madres, hagamos una de verdad» y metí a las dos jefas de la casa. Tiene un tempo a lo Shakira, porque queríamos usar algo de ella, pero no nos dieron permiso. La niña le da el aire ingenuamente rebelde a la tragedia del desahucio.

Aunque algunas de sus interpretaciones más emotivas eran políticas, decía que no se sentía capaz de referirse a la realidad. En las nuevas canciones ha sido capaz, ¿le ha podido la dignidad de los indignados?

Siempre he intentado hacer la revolución a nivel emocional, que estemos vivos y pensemos y sintamos desde nosotros mismos. Y la música puede hacer eso desde un nivel abstracto o de modo muy concreto. La película habla de algo concreto y horrible: la gente se quede sin casa (la domus romana). Y si le pasaba a tanta gente, eso era un problema. No tengo la solución ni me toca arreglarlo, pero me gusta apoyar a esa gente y fijarme en su viaje emocional. Y no veía que la banda sonora fuera toda en plan de queja concreta, pero me apetecía hacer alguna canción más directa contra tanta mentira y hablé con gente para recoger cosas y palabras del presente. Me sentía cómoda cantando y encontré un lenguaje que mirara a la cara, más directo y concreto.

El disco coincide con cierto cambio de registro ideológico de algunos músicos. ¿Hay un poso musical post 15M?

Yo siempre trasmito lo que siento con lo que canto. También hay relaciones de poder y mentiras en historias de amor. Si está pasando lo que dices y no es por pose, me parece fantástico. Había una necesidad. Me preguntan si pretendía hacer un himno y para nada, pero a veces hay tanta saturación que te quedas como agotado, sin saber cómo reaccionar y parece que las canciones concretas, que no son discursos ni siquiera conversaciones sino simples cuentos, igual calan más. Son como una especie de resumen para que la lección y el mensaje calen mejor.

Su paisano Lluís Llach ha dicho que algunas canciones de las folclóricas son más políticas que “L’estaca”.

Claro, es que yo meto mucha caña cuando canto cosas como el no saber querer, que es tan triste como no tener opinión o no atreverse a quejarte. Y ese nivel emocional es el que me interesa.

Llach es parlamentario de Junts pel sí, ¿está de acuerdo con él o más con En Comú Podem?

Lo que estoy es harta. No quiero hablar de política.

¿Está siendo enrevesado lo de Catalunya?

Todo es cansino, agotador, lo de aquí y lo de España. Estoy súper perdida. Voy diciendo cosas en tantas entrevistas que me hacen, pero no quiero hacer entrevistas políticas. Ojalá que esto lo hablaran los que saben de lo que hablan, yo no sé suficiente para eso, debo expresar lo que siento cantando y ahí ya se puede rascar bastante. No tengo un discurso, canto porque disfruto.

Ha editado el CD “Domus”, pero sigue presentando el recital “Entre más cuerdas”.

Con “Domus” hemos hecho solo dos presentaciones: Barcelona y Madrid. Y seguimos con esos conciertos a la cuerda. Estamos en un punto muy chulo, aquello de haber quemado atriles y partituras, tocar de memoria y al final son canciones, emociones. Y también intercalo conciertos yo sola a la guitarra.

¿Introspectivos?

Como una terapia de volver a empezar, de reencuentro con la niña que fui, de preguntarme quién era yo. Es como un abismo, pero lo necesitaba.

Parece tomarse el oficio con calma: «Hemos hecho un camino lento sin querer llegar a ninguna parte sino a hacerlo bien».

Totalmente. No soporto a la gente con prisa. No me imagino llegar a ningún sitio sino conectarme al momento que vivo y ser sincera. Aquí me dejo el alma, me la juego porque es donde soy feliz y no quiero hacer tonterías.

Curro mucho, pero miro hacia atrás y se lo que estoy haciendo. Lo que no puedo saber son las sorpresas e improvisaciones de la vida, que me encantan. Pero esto no es una carrera, un producto, es algo más. Es muy serio, una manera de vivir, y tengo la suerte de que cada vez me escucha más gente y puedo vivir de ello.

La cantautora norteamericana Joan Baez dijo la siguiente frase: «Hay dos maneras de entender la música. La primera es ‘tío, soy músico y no tengo nada que ver con la política’. La segunda consiste en creer que la música salvará el mundo. Creo que la música está entre ambas». ¿En qué lado estaría Sílvia Pérez?

¡Ostras! Déjame que recuerde cuánta gente conozco de una parte o de la otra... ¿Yo estaría también entre medio? Si Joan Baez me dejara un hueco… Me lo voy a pensar. Lo hablamos la próxima vez.