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Entrevue
MARiON FONTAINE

«Hoy en día aún se puede decir que existe un mundo obrero, pero que ya no hay clase obrera»


Originaria del norte del Estado francés, Marion Fontaine conoce muy bien el mundo de la minería y de los obreros. La historiadora de 38 años imparte clases magistrales de Historia Contemporánea en la Universidad de Avignon y forma parte del centro interdisciplinar de investigación de ciencias sociales Norbert Elias. Es especialista, entre otros, de la historia de los grupos y movimientos obreros y, además de su tesis doctoral, ha publicado numerosos artículos especializados en esa temática.

Acaba de participar en un interesante documental, “Nous, ouvriers” (Nosotros, los obreros) realizado por Claire Feinstein y Gilles y Cyrielle Perez, cuyos tres capítulos ha emitido recientemente la cadena FR3. A través de documentos e imágenes de diferentes periodos, de análisis de especialistas, como la propia Fontaine, y de testimonios de primera mano, el filme hace un repaso de la trascendencia social de la clase obrera desde la postguerra de la II Guerra Mundial y su peso en la reconstrucción y en las conquistas sociales que le sucedieron, pasando por la revuelta del 68, hasta la época actual, en la que el declive de su influencia es patente.

El documental en el que ha participado se basa en el cambio de la condición social de la clase trabajadora. ¿Desde cuándo se da dicho cambio?

Es una condición que ha evolucionado mucho en función de las épocas. La vida obrera es hoy menos diferenciada, menos marcada que en los años 45-50. Sin embargo, como realidad política y simbólica, yo diría que su importancia ha decaído enormemente desde hace 30 o 40 años. Después de la guerra y en las siguientes décadas, la obrera era la clase del futuro, la que iba a reconstruir el país, la que estaba en la cima del progreso y la modernidad, y actualmente está considerada como la clase perdedora de la modernización. Coinciden, por tanto, una homogeneización de las condiciones de vida y una clase que ha perdido mucho su estela simbólica como consecuencia de la desindustrialización, del paro, etc.

No obstante, son más del 20% de la población activa...

Sí, siguen siendo importantes numéricamente, entre el 22 y el 23%. Lo que es llamativo es que a partir de los 70, en los que suponían el 35%, además de decrecer en número han perdido también su entidad. Hoy se puede decir aún que existe un mundo obrero en el sentido de que mucha gente sigue trabajando en fábricas, pero, no obstante, es difícil hablar de clase obrera, es decir, de un grupo social estructurado y consciente de su unidad y de su fuerza.

Esa dislocación colectiva de una identidad se ha dado progresivamente. Ha habido un cambio de terminología, se ha hecho todo para que el sector obrero se haga invisible. ¿Ha sido una estrategia deliberada?

Es difícil saber hasta qué punto es el resultado de una estrategia deliberada por parte de los actores sociales, porque hay movimientos económicos extremadamente poderosos que eran difícilmente evitables (desindustrialización, deslocalización…). Lo que es evidente es que ese movimiento económico fuerte y estructural ha repercutido sobre la relación de fuerzas, porque hoy los patronos se encuentran en una posición de fuerza mucho más favorable que en los años 40-70. Además, a partir de 1980 ha habido una metamorfosis en la percepción colectiva, que ha hecho que ciertas realidades, como la del mundo obrero, se hayan hecho menos importantes. En cambio, al mismo tiempo se han ido valorizando más otras figuras, especialmente, la de los emprendedores. Es evidente que, en relación a los años 70, hoy se valora bastante más esa figura, incluso por parte de la propia izquierda, mientras, a la inversa, se ignoran otras. Esa mutación de la conciencia colectiva se refleja no solo en la terminología sino también en el tratamiento de los medios de comunicación, de los políticos, del ámbito cultural. Cuando se habla hoy de los obreros, en general, es para evocar sus luchas contra el cierre de fábricas –dejando entender, además, que de todos modos van a perder– o para referirse a la base electoral del Frente Nacional. Todo aspecto de representación meritoria del mundo obrero se ha desvanecido.

Cuando se gestionan las crisis, reestructuraciones y cierres de empresas, da la impresión de que se culpabiliza a los obreros: que si cuestan mucho, que no están formados. Se percibe una suerte de desprecio...

Hay una mutación de consideración hacia ellos y no solo por parte de los políticos. La sociedad, en general, tiene un problema con ellos: los identifica con algo arcaico. En el siglo XIX, el obrero es un bárbaro, es presentado de una manera muy desvalorizada. Esa consideración cambia a principios del XX (no por milagro, por supuesto) porque hay marcos representativos como los sindicatos y los partidos de izquierda que son capaces de difundir una imagen positiva y concienciar a la gente de que hay que mejorar su situación, algo que hoy en día los sindicatos son cada más incapaces de hacer. Para empezar, sus bases son más reducidas –hay un problema enorme de sindicalismo en Francia– y, además, los partidos que en principio deberían defender la dignidad obrera, es decir el PS y el PC en particular, han perdido sus lazos con la base obrera. Las élites políticas, incluidas las de izquierda, han perdido cualquier capacidad de atender sus reivindicaciones. La gran paradoja es que eran su fundamento cuando se crearon y desarrollaron, pero hoy en día nadie representa a los obreros.

Resumiendo, se trata de un cambio de época más que de un desclasamiento social. ¿O son los dos fenómenos simultáneos?

Globalmente es un cambio de época. Es obvio que entramos en una nueva organización de la producción y que, por el momento, las armas de los trabajadores para equilibrar la relación de fuerzas ya no existen. A veces se diría que nos encontramos en la misma situación de la primera parte del siglo XIX, en la que la industrialización se realizó de una forma brutal y donde hicieron falta 40 o 50 años para que los obreros se organizasen en sindicatos y en partidos (PS, PC…) para tener un peso colectivo. Creo que hoy en día al mundo obrero le faltan los medios para pesar colectivamente.

Este fenómeno no solo ocurre en el Estado francés…

No, no es un proceso específico de Francia; afecta a todo el mundo occidental. Aun así, quizás ha sido más acentuado que en otros países porque en Francia la clase obrera es más reciente; es decir, hay menos tradición industrial. Por ejemplo, Alemania conserva mucho más empleo industrial, más obreros y sindicatos más fuertes que Francia. Eso se debe también a que la historia de la industrialización francesa ha sido muy larga y complicada. Francia se industrializó mucho más lentamente que Gran Bretaña o Alemania.

¿Por qué razón?

Digamos que históricamente la clase obrera no ha sido la preferida de la República. En la época de la industrialización los campesinos tenían mucho más peso. La Tercera República (1870-1940), por ejemplo, hizo de todo para que estos no se convirtiesen en obreros y tardó mucho en establecer una legislación social. A ello hay que añadir el hecho de que en Francia, bastante más que en otros países de su entorno, el obrero es el inmigrante. A finales del XIX, el país tenía un crecimiento demográfico mucho más débil que sus vecinos y la única solución para tener obreros en las fábricas era hacer trabajar a las mujeres y emplear a extranjeros (polacos, italianos, belgas, españoles…). Por eso en Francia, más que en otros países exceptuando los EEUU, se identifica al obrero con extranjero y, por tanto, alguien menos integrado en el imaginario nacional.

¿Qué papel juegan los sindicatos en todo esto? ¿Dónde queda su rol transformador?

En estos treinta últimos años estamos en un círculo vicioso y no veo cómo salir a corto plazo de él. Para que los sindicatos presenten un proyecto de transformación social tienen que revitalizarse y tener afiliados, no necesariamente muchos, pero sí dinámicos y combativos. El problema es que, en una situación de mucho paro y precariedad como la actual, no los tienen. Entonces, cuanto menos afiliados, más se repliegan en sí mismos y pierden su capacidad transformadora y, viceversa, pierden dicha capacidad porque tienen menos afiliados. En resumen, los sindicatos no tienen proyecto ni tampoco afiliados. Salvo algunos periodos excepcionales (años 30, 40, 60) históricamente los sindicatos franceses tienen una tasa de afiliación muy baja, no hay una tradición de sindicalización como en los países escandinavos o en Alemania.

A pesar de ello tienen un peso simbólico. En estos momentos hay movilizaciones contra la reforma laboral que van en aumento...

Tengo dudas de si la idea de clase obrera tiene ese peso simbólico, quizás es más la de clase popular. Si se observa la sociología de quienes se manifiestan contra la ley El Khomri, la referencia de clase popular o la de contestación contra el sistema capitalista es aún relativamente importante, pero luego hay que ver en qué se plasma. Hay protestas, movilizaciones pero por ejemplo la idea de una movilización de huelga general, que sería lo lógico, no cuaja. Si esa ley se planteara en los años 60, prácticamente Francia entera se pondría en huelga general. Hoy no es el caso. Hay tanta gente con contratos temporales y precarios que no se atreve a movilizarse por temor a perder su empleo que las movilizaciones que realmente ejercerían suficiente presión no llegan a materializarse. Se da la paradoja de que los estudiantes que se movilizan no están afectados en este preciso momento, (lo estarán en el futuro), pero aquellos que sí lo están –trabajadores y obreros de las fábricas– no se movilizan tanto, por lo menos por ahora. Quizás lo hagan a corto plazo...

¿Cree que la iniciativa «Nuit Debout» busca construir esa contestación?

Se diría que buscan emular la idea del movimiento del 68, o sea, la convergencia de luchas entre estudiantes y obreros. Se podría comparar “Nuit Debout” con las primeras movilizaciones de Nanterre, pero estas se convirtieron en una movilización de masas. La cuestión es ver si “Nuit Debout” podrá dar ese salto cualitativo sin el cual la movilización no tendrá resultado. Parece que quieren recrear el movimiento social que fue el más importante del siglo XX en Francia, pero eso no se hace con simplemente quererlo, se consigue sobre todo con un movimiento obrero muchísimo más desestructurado que entonces. En mi opinión, “Nuit Debout” debe buscar a extenderse también a los centros de trabajo y no solo a las plazas públicas, porque la ley El Khomri concierne esencialmente el mundo del trabajo.