11 DéC. 2016 PSICOLOGÍA Con el amor por delante IGOR FERNÁNDEZ {{^data.noClicksRemaining}} Pour lire cet article inscrivez-vous gratuitement ou abonnez-vous Déjà enregistré? Se connecter INSCRIVEZ-VOUS POUR LIRE {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Vous n'avez plus de clics Souscrire {{/data.noClicksRemaining}} Hay un contraste que no deja de llamarme la atención. Por un lado, viendo las noticias, leyendo los periódicos, cada vez es mayor la sensación de crispación general sobre temas globales y locales, desavenencias entre personas cercanas y entre países lejanos. No es extraño encontrarse con quien piensa y proclama cotidianamente lo «mal que está el mundo», una expresión conocida y, a fuerza de repetirlas, unas palabras que se vuelven pesimistas y alarmantes. Sin embargo, una mirada alrededor, aquí y ahora, y una reflexión habitualmente dan como resultado una conclusión diferente. Si me fijo en las personas de mi alrededor, incluso en los desconocidos con los que me cruzo, no es ni mucho menos extraño encontrarse con una disposición natural a echar una mano, a mostrar amabilidad e, incluso, implicación llegado el caso. Sé que en muchas otras ocasiones los encuentros con otra gente están teñidos de dificultad e indiferencia, pero ni mucho menos superan los encuentros agradables o neutros. Si pensamos por un momento en la cantidad de conflictos que tenemos a lo largo de un día o las veces que nos encontramos con la desgracia, probablemente no haga inclinar la balanza hacia el lado negativo –salvando, claro está, la enfermedad, o la muerte, o las dificultades económicas…–. Y aún así, al salir a la calle, al cruzarnos con un desconocido, hay una decisión que tomar sobre cómo vamos a toparnos, cómo vamos a tratar a los demás y permitir que nos traten, en definitiva, cuál va a ser nuestra actitud hacia los demás. Y sí, es una decisión. Va un chiste para ilustrar: Un hombre está haciendo trabajos de carpintería en su casa y se da cuenta de que no tiene martillo, así que decide ir a pedírselo a su vecino. Al salir por la puerta, lo piensa dos veces y se plantea que igual es demasiado temprano para llamar al timbre, aunque un día laboral debería estar despierto. Aún así podría enfadarse; en cuyo caso sería un tanto desconsiderado por su parte. Simplemente necesita el martillo y no le molestaría si no fuera imprescindible; si pese a todo se molesta será porque en el fondo es un hombre huraño y poco solidario. Así, el hombre llega a casa de su vecino y llama al timbre, éste le abre y le dice «hola, buenos días», a lo que el hombre le responde: «¡Bien, si no quiere dejarme el martillo, no lo haga! ¡Pero sepa que es una persona muy desconsiderada! ¡Quédese su maldito martillo!» Este chistecillo es una exageración, o quizá no tanto. Y es que, a menudo, los conflictos que tememos que sucedan en el día a día están nutridos principalmente por nuestras fantasías, por lo que nos imaginamos alrededor, hasta tal punto que nuestra imaginación llega a sustituir a nuestra percepción y raciocinio y convertirse en la realidad en nuestra mente. Y según lo que anticipemos, probablemente invitemos a los que están alrededor, sin darnos cuenta, a participar de nuestra anticipación haciéndola más probable al final. Si esto es así, como ha mostrado la psicología social en multitud de ocasiones, ¿no sería más útil anticipar un resultado más favorable de los encuentros que tenemos? Y puede parecer una ingenuidad o insensatez, pero ¿no lo es anticipar que vamos a ser agredidos, criticados o ignorados? Y es cierto que, aún con una actitud previa abierta al contacto, habría que asumir un cierto número de errores en los que la amabilidad o la conciliación vayan a ser rechazadas, pero probablemente, al final de la semana, la balanza caiga más claramente de uno de los lados. Nuestra imaginación es poderosa, da forma al mundo dentro de nosotros, y nos relacionamos con este desde ella, así que, ¿por qué no cambiar el mundo, empezando por imaginar que «esta vez, las cosas pueden ser diferentes» cuando me encuentro contigo?