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Entrevue
Behrooz Ghamari-Tabrizi

«Soy de la opinión de que la revolución iraní aún no ha terminado»


Hace casi cuarenta años Irán fue testigo de una multitudinaria revolución para derrocar al Sha Pahlavi, cuyo Gobierno, caracterizado entre otras cosas por las atrocidades cometidas en la prisión Evin, contó desde un principio con el apoyo de las democracias occidentales. Tras la revolución, Evin volvió a cobrar notoriedad esta vez por el gran número de prisioneros políticos –en su mayoría intelectuales, profesores universitarios y estudiantes considerados ahora por el nuevo régimen como enemigos de la causa revolucionaria– que fueron a parar a ella, ganándose el sobrenombre de Universidad Evin. A esta institución situada al noroeste de Teherán nos traslada Behrooz Ghamari-Tabrizi en la novela autobiográfica “Remembering Akbar: Inside the Iranian Revolution” (Recordando a Akbar: Dentro de la revolución iraní, 2016), donde narra el día a día de varios prisioneros. El mismo autor también ha publicado recientemente “Foucault in Iran: Islamic Revolution after the Enlightment” (Foucault en Irán: Revolución islámica tras la Ilustración), en el que analiza la influencia de la revolución iraní en el pensamiento del filósofo francés Michel Foucault. Ghamari-Tabrizi es profesor de Sociología e Historia en la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign (EEUU).

En la introducción de «Remembering Akbar» indica que durante años hizo circular fragmentos del libro entre sus amigos, sin intención alguna de publicarlos. ¿Qué le llevó a cambiar de opinión?

La razón de peso fue el cambio de relaciones entre los Estados Unidos e Irán. En EEUU existe una gran hostilidad hacia Irán y varias administraciones, la más reciente la de George W. Bush, se han apropiado del descontento con el que la revolución ha sido narrada por el lado de los vencidos para justificar políticas coloniales contra el país. Era muy consciente de cómo podrían utilizar cualquier referencia que hiciera a las atrocidades cometidas después de la revolución con objetivos similares, y no me hubiera perdonado haber participado en semejante campaña. Varios de mis amigos también influyeron en mi decisión de publicar el libro. Durante 25 años todo lo que hice fue escribir sobre aquel mundo al que una vez pertenecí a modo de tributo a aquellos que formaron parte del mismo, y con eso me bastaba. Era una especie de secreto que no quería compartir con nadie, pero mis amigos insistieron en lo importante que era hacer públicos mis escritos tanto por su valor literario como por el histórico.

El libro se centra en Akbar. Es el pseudónimo que usted utilizó durante su época activista en Irán.

Akbar es un individuo que una vez existió en el mundo real y murió. No lo digo de manera gratuita. Lo que le sucedió a Akbar me resulta tan remoto ahora... Para mí ha pasado a ser un personaje, como pueda serlo para cualquier otro lector.

Sin duda su novela consiste en un trabajo de memoria colectiva donde el testimonio de Akbar se ve continuamente interrumpido e implementado por las historias de otros prisioneros en Evin.

No me interesaba contar una historia donde un personaje principal diera coherencia y unidad a la narración porque no existe tal cosa. Es más bien una historia fracturada, porque los propios individuos envueltos en esa historia también lo son. Quería mostrar las contradicciones, los momentos de debilidad tanto de Akbar como de aquellos que comparten celda con él. Para mí era importante reconocer este hecho, porque es más cercano a la experiencia de aquellos que fueron encarcelados durante aquellos años que lo pueda ser el típico discurso heroico. Cuando tenía 16 o 17 años una de las figuras más conocidas de la revolución iraní escribió sus memorias sobre el tiempo que pasó en la cárcel y, según cuenta, mientras era torturada lo único que pensaba era en la revolución. La idea es que en esos casos extremos uno ha de pensar en la unión del proletariado por encima de todo. Yo también pasé por Evin con todo lo que ello significa, y lo único que tenía en mente en aquellos momentos de tortura era la imagen de mi madre, lo que hubiera pensado ella si en una de aquellas sesiones públicas tan características del sistema penitenciario en Irán me hubiera confesado culpable. Lo que te ayudaba a sobrevivir no eran ideas abstractas sino imágenes inmediatas y cotidianas; las caras y gestos de personas cercanas. Puede que para algunos esta actitud no resulte muy revolucionaria, que incluso no sea política, pero en cierta manera es profundamente política.

«Remembering Akbar» se distancia claramente de la tradicional representación heroica del prisionero.

Tampoco lo muestra como víctima, como un ser indefenso. Estas dos imágenes suelen ir unidas: la del sujeto heroico y la de víctima, lo que lleva a una representación objetual del prisionero. Los presos de la revolución no eran víctimas sino participantes en una realidad política muy violenta. Tenían una causa y su estancia en la cárcel estuvo llena de momentos de transgresión. Cuando mis amigos y yo hablamos sobre lo que sucedió durante la revolución nadie se cree inocente. Al contrario, nos confesamos culpables de haber querido derrocar el sistema. Aquello fue una lucha por el poder en la que fuimos participantes activos. El tener la historia de nuestra parte no nos convierte en inocentes. La política no funciona así y por ese motivo, por haber querido derrocar el Gobierno y haber fallado, pagamos el precio. Ello, sin embargo, no justifica la brutalidad a la que nos sometieron.

Esos momentos de transgresión que menciona están bien reflejados en el libro. Pese a la brutalidad de Evin, los prisioneros se niegan a renunciar a la vida.

Visto desde fuera lo que ocurre dentro de la cárcel resulta trágico, pero cuando estás dentro, especialmente en un lugar como Evin, donde la mayoría de los prisioneros estaban esperando el momento de ser ejecutados, tener una visión trágica no ayuda; te puede hacer perder la cabeza, te puede llegar a matar. Por eso estábamos continuamente organizando cosas dentro de la celda.

Según el libro, los prisioneros organizaron clases de idiomas, incluso un coro.

Hay quien dice que en la cárcel es mejor evacuar mentalmente el espacio y olvidarse de dónde está uno. En parte sí, necesitas hacer eso, pero al mismo tiempo tratas de ocupar ese espacio. Es la única manera de dar sentido a la vida en un lugar que te niega el derecho a vivir. Cuando hablo con aquellos que sobrevivieron a Evin siempre comentamos cuánto nos solíamos reír, como solíamos hablar sobre cualquier tema. En el libro quería mostrar el cuidado, la amabilidad, las amistades que surgieron en el trasfondo de aquella tragedia absoluta.

La tragedia está bien presente en lo arbitrario que resulta sobrevivir o no en Evin.

Hay una gran aleatoriedad en lo que ocurre, es cierto. Los compañeros de celda podían determinar lo que te iría a ocurrir y no tenías control alguno sobre ello. Te podía tocar un informante, por ejemplo. También estaba lo arbitrario del sistema. La razón por la que Akbar no es ejecutado se debe a que su juicio termina a las cinco de la tarde, a la hora en que el juzgado se cierra, y al día siguiente, cuando se reabre, la ley sobre la ejecución de prisioneros políticos ha cambiado.

Parece que el gobierno establecido tras la revolución estaba lleno de contradicciones. ¿Es esa su impresión?

“Remembering Akbar” se basa en los dos años que sucedieron a la revolución. Se trata de un momento lleno de interrupciones, de confusión, como el movimiento revolucionario mismo. De repente la gran ruptura sucedió, la revolución triunfó y cada uno de los diferentes grupos que forman parte de ella quiso asignarse la victoria. Las cárceles empezaron a llenarse de jóvenes de la oposición. Los arrestos ocurrieron por razones puramente ideológicas; los perpetradores creían que eran los auténticos representantes de la revolución, mientras que los arrestados eran contrarrevolucionarios a los que había que tener bajo vigilancia. Las decisiones se tomaron prácticamente a salto de mata.

A la hora de analizar los sucesos durante y después de la revolución, «Foucault in Iran» resulta un buen acompañamiento para «Remembering Akbar».

La idea principal de “Foucault in Iran” es que uno debe tratar las revoluciones como momentos de novedad. Lo que sucede tanto durante como inmediatamente después de una revolución no es el desarrollo de un plan concreto, sino que los participantes están continuamente improvisando. El propio Jomeini no sabía cuál era el plan. Foucault fue el único en tomar en serio estas improvisaciones y eso es precisamente lo que me atrajo a sus escritos sobre la revolución iraní. Él habla de la ambigüedad de la revolución, que crea la posibilidad de pensar de una manera novedosa sobre una nueva sociedad. Durante su visita a Teherán preguntó a varios de los actores a qué se referían con eso del Gobierno islámico y nadie supo darle una respuesta, porque ellos mismos no sabían qué tipo de gobierno querían establecer. Para Foucault no se trataba de algo negativo sino que era un exponente de la ambigüedad del momento; lo consideraba algo fortalecedor. El individuo que se revoluciona se encuentra en un estado de existencia diferente, en un estado de transformación. Foucault lo llama espiritualidad política.

Tras los ataques a las Torres Gemelas en Nueva York varios intelectuales en Occidente han situado la revolución iraní como el origen de todos los males.

El 11-S tuvo un gran impacto en el mundo intelectual occidental. A partir de ese momento, muchos de aquellos que habían dedicado sus carreras a la crítica del imperialismo empiezan a escribir sobre el auge del movimiento islamista anti-colonial como una guerra entre civilizaciones. Es difícil tomar en serio el argumento de “Clash of Civilizations” de Samuel P. Huntington, pero tanto la Nueva Izquierda como los post-marxistas y los postcolonialistas lo consideran ahora fundacional. La conexión que varios de estos intelectuales establecen entre la revolución iraní con los actuales sucesos en Oriente Medio es totalmente ahistórica. Los sucesos en Irán no tienen nada que ver con el llamado Islam yihadista porque pertenecen a un contexto anti-colonial y anti-imperialista muy diferente. A estos intelectuales no les importa eso, porque el objetivo es defender los denominados valores occidentales sin tener en cuenta otras posibilidades de pensamiento, que es de lo que la revolución iraní se trataba.

¿Cabe decir lo mismo sobre cómo esta demonización de la revolución iraní influenció el desarrollo de la primavera árabe?

Debemos hacer una crítica de esta tendencia a entender la historia a modo de teleología, y de cómo ésta ha influenciado la manera de entender movimientos revolucionarios actuales. Durante la llamada primavera árabe, en Egipto concretamente la Hermandad Musulmana ganó las elecciones pero para muchos los resultados iban en contra de la revolución porque en su mente las cosas no debían de haber ocurrido así. Según nos dicen toda revolución ha de llevar a un gobierno laico democrático. En Egipto temían que iba a suceder lo mismo que en Irán, por lo que millones de jóvenes de izquierdas no tuvieron reparo en unirse a la armada para derrocar al Gobierno. ¿A quién se le ocurre someterse a un golpe de estado de los militares contra el presidente electo? Pues bien, al día siguiente 400 miembros de la Hermandad fueron masacrados en El Cairo. Nadie dijo nada. Los hicieron desaparecer de la historia de la revolución de un día para otro, todo porque el éxito electoral de la Hermandad Musulmana iba en contra de lo que consideraban el resultado correcto de una revolución.

¿Qué fue exactamente la revolución iraní?

El caso de la revolución iraní es peculiar porque si bien se dice que la historia está escrita por los vencedores, en este caso ha sido escrita por los vencidos. Para estos últimos, en su mayoría intelectuales de izquierda que al igual que yo se encuentran en el exilio, el argumento principal es que los mullah se apropiaron de la revolución. Sin embargo, cuando empecé a leer lo escrito por los mullah, unos individuos muy religiosos ellos, me di cuenta de que las cosas no fueron tan simples. Muchas veces nos basamos en la memoria que tenemos sobre ciertos eventos, lo que nos impide ver lo que sucedió fuera de nuestras circunstancias personales. La memoria puede distorsionar la historia, y en este caso lo que ha hecho ha sido marginalizar el carácter islámico de la revolución, considerándolo como algo propio de la lucha por el poder tras la revolución.

¿De qué manera fue islámica?

La revolución fue islámica no en un sentido doctrinario sino de una manera cosmológica, a modo de dar expresión a un sentimiento de justicia, de emancipación. En esta cosmología participaron tanto agentes religiosos como aquellos que no se consideraban religiosos en absoluto. En 1973 un poeta famoso [se refiere a Khosrow Golsorkhi] dijo durante el juicio contra su persona que su primer contacto con el socialismo fue a través del imán Ali, cuando éste declaró que uno no puede construir un palacio sin destruir su hogar. Eso es exactamente a lo que se refiere Marx cuando en “Das Kapital” dice que la explotación del trabajador es la fuente de riqueza. Creo que es importante reconocer que hay una manera particular de expresar nociones de justicia a través de un discurso religioso y viceversa. Durante el liderazgo de Jomeini, varios de los agentes de base se vieron influenciados por ideas sufís, por las luchas anticoloniales en otras partes del mundo, por Fanón… y a todo ello trataron de dar cierta expresión religiosa. Ahora bien, cómo se tradujo este lenguaje islámico a las instituciones es una historia completamente diferente. Ese fue el momento decisivo en el que cierta ideología se rompió, generando el actual sistema.

¿Cómo va a celebrar Irán la revolución en su cuarenta aniversario dentro de tres años?

Cada año las celebraciones del aniversario son interesantes porque se centran en un aspecto diferente de la revolución. Yo soy de la opinión de que la revolución aún no ha terminado, de que aún está en proceso. Lo veo claramente en el sistema gubernamental fracturado que se ha creado. Es difícil hablar de la República Islámica de Irán porque no existe una república islámica. Al día de hoy, 37 años después de la revolución, todavía siguen debatiendo qué significa. Cada elección presidencial es una especie de mini-revolución donde la gente piensa que, apostando por el candidato adecuado, el estado se verá más cerca de los objetivos de la revolución. Algunos opinan que la revolución no solo terminó sino que fue fallida. Creo que es demasiado pronto para llegar a esta conclusión. Han ocurrido muchas cosas en el país—ha pasado por la etapa del terror, de reforma, de reconciliación—y aún siguen sucediendo cosas. Me recuerda a lo que Zhou Enlai le respondió a Nixon cuando durante una visita a China éste le preguntó, al hilo de la superioridad con la que los chinos piensan sobre su civilización con respecto a otras, sobre la revolución francesa. Enlai simplemente dijo, «aún es pronto para dar una respuesta». Fuera de Irán predomina una imagen distorsionada del país, pero se trata de una sociedad muy vibrante. Solo en Teherán se publican 28 periódicos al día. Sí, hay censura, pero también se publica mucho más que en otros países. No se sabe qué va a ocurrir en los próximos años. Existen conflictos de interés entre varios agentes, pero yo personalmente me siento esperanzado de cara al futuro.