7K - zazpika astekaria
PSICOLOGÍA

No pienses en una nube verde

(Getty)

Supongo que la reacción lógica después de esa frase es pensar justamente en cómo sería una nube verde. Cuando algún estímulo de la realidad nos invita a plantearnos una imposibilidad, colocarnos en una situación improbable o recorrer un escenario inexistente, la naturaleza organizadora de la mente y su capacidad de crear imágenes y sensaciones nos colocan en una ‘realidad virtual’ para que ‘sintamos’ cómo sería habitar una situación así. Con esa imaginación sentida, fruto del ‘¿y si…?’, empezamos a organizarnos para reaccionar y anticiparnos a lo que sea que pueda suceder. La pregunta “¿y si existiera una nube verde?” estimula una imagen estética, asociada quizá a una sensación placentera por la nube, o inquietante por el verde; quizá nos divierta imaginarlo o nos parezca una tontería. Sea como fuere, ya hemos hecho un recorrido interno para dar algún tipo de respuesta a esa posibilidad.

Sin embargo, cuando la pregunta es “¿y si me está engañando?”, o “¿y si me echan del trabajo?”, las reacciones y sensaciones imaginadas resultantes son ya de otro calibre. Si la realidad está alejada de estas posibilidades, rápidamente notamos que esos pensamientos son una excentricidad que no puede acarrear nada bueno -porque sabemos en el fondo que lo que imaginamos puede adquirir el poder de modificarnos si crece-; pero si la realidad se encuentra un poco más cerca, si ya tenemos información que hace más factible la encarnación de esas dudas, entonces las preguntas se vuelven fundamentales, e incluso rectoras de nuestro sentir y hacer, en un momento dado.

Pensar en algo insistentemente está a un paso de obsesionarse por ello. La obsesión funciona como una caja de resonancia, que aumenta el sonido de lo que “podría pasar” hasta hacerlo imposible de ignorar en nuestra mente. Ante alguna de las preguntas anteriores, nuestro miedo es el que nos hace asirnos a cualquier mínima referencia y extrapolarla, ampliarla, en busca de sentido, de lo que esperar, de seguridad.

Pero en la obsesión, todo se inicia por ahí: por un estímulo que nos asusta. Y el miedo es lo que necesita ser atendido cuando la obsesión aumenta. Si baja el miedo a una situación, ese ‘inflado’ de probabilidad de desastre también desciende; la atención no necesita hurgar en lo que más nos asusta para evitarlo antes de que suceda.

Así que, lo necesario es captar cuanto antes el temor a ‘ser engañado’ o ‘despedida del trabajo’, y hablar de ello con alguien a quien realmente le importe. Hablar de ello para no quedarse solo, sola, con la fantasía que tanto nos asusta, porque esa soledad es justo la que nos hace buscar con la mente en los recovecos de la imaginación. Por el contrario, la conversación, otros ojos y oídos, iluminan esa cueva oscura que a veces es la mente, con opciones más realistas, y entonces, se puede volver a pensar solamente en nubes verdes.