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IRITZIA

Mafia


Si el punto de partida de cada nuevo año siempre será lo que deja el que se acaba, costará no retener, en la pupila y durante mucho tiempo, el desalojo de 400 migrantes pobres en Badalona, en este 2025 que ya hemos despedido sin solución de continuidad. Todo va deprisa y las noticias se desvanecen en horas. Pero hay hechos, casi epifánicos, que vale la pena retener. Hace dos semanas, en la vigilia del 18 de diciembre, Día Internacional de las Personas Migrantes, una triple acción política, judicial y policial -por ese orden sistémico- lanzaba un nada navideño mensaje clasista y aporofóbico: dejar en la calle a los más vulnerables sin alternativa alguna. Todo ello, cortesía del alcalde ‘sheriff’ Albiol, que impulsó la denuncia e incumplió la sentencia -que reclamaba soluciones habitacionales- y que estos días de guardar habrá asistido a misas y pesebres. A golpearse el pecho en nombre de Dios y de la misericordia cristiana, celebrando el nacimiento de un desamparado compasivo y solidario.

Por suerte, la madrugada siguiente del mayor macrodeshaucio conocido hasta la fecha en el Reino de España, leí en las lúcidas y salvíficas palabras de Imanol Zubero la más dura anunciación del programa brutalista de nuestros tiempos, convertido ya en crueldad cotidiana normalizada. Sobre lo acaecido en Badalona, Zubero ha escrito: «acto criminal de abandono institucional», «llamar ‘desokupación’ a la expulsión de personas vulnerables es asumir, sin rubor, el lenguaje fascista del miedo, la violencia y del castigo»; «la necesidad, en una sociedad que se pretende democrática y decente, no puede tratarse como un delito», «una sociedad se mide por cómo trata a quienes están en peor situación. No por cómo protege la propiedad vacía, sino por cómo protege la vida vulnerable».

La cuestión central es que hoy no hay mayor incompatibilidad radical, ni mayor distancia abismal entre palabras y hechos, que la que se escinde el Estado de Derecho del capitalismo. Lo que uno sostiene, el otro lo desmiente; lo que uno consagra, el otro lo revienta; lo que uno afirma categórico, el otro lo niega radicalmente. Más aún si atendemos, zuberoaniamente, que el capitalismo no solo mata cuando no funciona, sino, sobre todo, cuando funciona a todo trapo y con el turbo en máximos. Aparentemente distantes en tiempo, forma y contexto, recordé entonces una lejana reflexión del juez antimafia Roberto Scarpinato, continuador de las tareas heroicas siempre pendientes de los magistrados, muertos por la mafia, Falcone y Borsellino. Dice Scarpinato que el estado ha sido colonizado por el mercado, que el único principio regulador de las relaciones sociales ya es la fuerza del dinero y que todas las facturas indebidas se le endosan siempre a los más pobres. El aforismo remacha, como remata el mercado, que ya podemos concluir que el capitalismo finalmente ha aprendido de la mafia todo lo que la mafia creía haber aprendido del capitalismo.