01 FéV. 2026 LITERATURA Hechizos humanos _ (zazpika) Kepa Arbizu Compartiendo la misma naturaleza fantasmagórica de su argumento, la genealogía de esta obra discurre entre sombras y equívocos, porque a la firma original -fechada en 1976- encubierta bajo el pseudónimo de Jessica Hamilton, nombre de su madre de soltera, utilizado por el autor, se suma ahora un necesario y justo resurgimiento de su popularidad. Una salida del anonimato dispuesta a reivindicar los múltiples méritos de esta fascinante y escabrosa historia, un ejercicio de brujería mucho más terrenal de lo que aparenta. Narrado en primera persona por uno de esos carismáticos personajes, la joven que da título al libro, portador de la siempre jugosa funda de la ambigüedad, su biografía, hecha de sortilegios y apariciones malignas, no deja de ser el retrato de un conflicto familiar observado desde un espejo con línea directa a otros mundos, pero reflejo también de un ecosistema repleto de aristas morales. Con un verbo aparentemente cotidiano y realista, su despliegue, sin embargo, se realiza entre invocaciones y amuletos, definiendo un paisaje donde las pasiones, la violencia y la lógica incertidumbre generada en torno a los interrogantes existenciales se conjugan entre presencias espectrales. Un bazar de los horrores, y de las sorpresas, que se torna especialmente original cuando abandona los límites del terror gótico, lindes marcadas por Shirley Jackson o Laird Koenig, para entregarse al suspense de Agatha Christie o aludiendo al muy representativo carácter libidinoso que atraviesa buena parte de las relaciones. Instintos que, como en “Los cantos de Maldoror”, del Conde de Lautréamont, son desprovistos de su disfraz hipócrita por el influjo de entes diabólicos, más que elementos de superchería auténticos rastreadores de ruindades y/o relaciones prohibidas. Sin ánimo de resolver más enigmas que el puramente detectivesco, Ken Greenhall construye una novela que, pese a su estilo natural y absorbente, en todo lo demás resulta elogiosamente incómoda. Sostenida por la asepsia sentimental de su voz relatora, nada hay a su alrededor, llámense seres humanos o infraseres, que no nazca del oprobio extendido por un linaje ancestral que se dirime entre su persistencia y la extinción. Sea un cuento de brujas o el drama personal de quien se ve obligada a elegir qué pretende ser -y no ser- en el futuro, en ambos casos la sombra de los antepasados se presenta como una cárcel en forma de destino, un legado dispuesto a entregar un traje sin tener en consideración la silueta que pretende vestir. «Un paisaje donde las pasiones, la violencia y la lógica incertidumbre generada en torno a los interrogantes existenciales se conjugan entre presencias espectrales»