7K - zazpika astekaria
PSICOLOGÍA

En previsión

(Getty Images)

Es muy común en una consulta de psicoterapia que algunas personas pidan “herramientas” para afrontar un síntoma que conlleva cierto automatismo. Es como si buscáramos una manera de interferir con esa parte de nosotros, de nosotras, que “nos hace” reaccionar, casi como si se tratara de alguien dentro de nuestra cabeza que no estuviera entendiendo que lo que nos obliga a hacer nos está viniendo mal en algún sentido. Puede que dichos automatismos tengan la forma de un pensamiento automático o repetitivo, una tensión corporal constante, o una suspicacia general en las relaciones. Y, al igual que el dolor físico, también con el psicológico, lo primero que desearíamos sería no sentirlo, porque duele. Sin embargo, el dolor es un sistema que pretende avisarnos de la interacción con algo que nos puede dañar, bien porque en sí sea dañino, bien porque algo en nosotros, en nosotras, nos haga vulnerables a determinados estímulos -aunque para otros no sean dañinos-.

Entonces, nuestra primera reacción no es necesariamente la de mantenernos en ese lugar de dolor, sino apartarnos de él, con una asociación y una asunción inmediatas de que, si no hay dolor, no hay daño. Esta dinámica tan simple, apegada nuclearmente a la supervivencia, es la que a menudo nos predispone, ante los conflictos o los riesgos psicológicos, a esperar a la presencia de un peligro directamente sentido -a través del malestar- para entonces reaccionar. En esta lógica, la acción protectora sin un peligro presente no parece pertinente. ¿Por qué usar energía en ello si no nos jugamos nada aparentemente?

“Evitar” y “promover” son verbos antagónicos y también lo es a veces nuestro posicionamiento ante nuestra salud en general, y la de otros. Si hablamos de invertir energías en “evitar” un dolor, necesitaríamos preguntarnos antes si, haciéndolo, vamos a ignorar una situación de daño potencial a favor del alivio actual; si, por ejemplo, no pensando en eso que duele, o no dejando que la emoción nos embargue, vamos a sentir menos vulnerabilidad, pero, al mismo tiempo, vamos a evitarnos aprender o movilizar recursos que harían que la situación, tras ese sentir, se resolviera. Si, en cambio, hablamos de “promover” un bienestar, tendríamos que saber que vamos a emplear energías en fortalecernos, en previsión de algo que puede que no termine sucediendo.

Pero, hagamos lo que hagamos, bien sea evitar o promover, necesitamos tomarnos en serio nuestras señales, sin llegar al momento en que ni las herramientas funcionen, y entender que lo que hagamos en previsión funcionará por acumulación, por práctica, por hábito. Cuidar de nuestra salud requiere entender que somos organismos adaptables a nuestras buenas prácticas, y confiables en ese sentido, si nos damos la oportunidad sostenida de estar mejor, antes de que la crisis se imponga.