7K - zazpika astekaria
IRITZIA

Alunizaje


Es altamente probable, en la sociedad de la prisa acelerada, que ya nos parezca una eternidad el tiempo transcurrido desde el regreso televisado de la misión Artemis II de principios de mes. Que ya se nos haya olvidado incluso, en la hipervelocidad supersónica de la pantalla del móvil que nos atropella, que el downscrolling infinito cotidiano, perfectamente diseñado para secuestrarnos la atención y la neurona, nos mata sobre todo la memoria, la reflexión y el debate. En un resquicio frágil contra el olvido persistente, a mí me cuesta un universo no obviar su coste sideral: 93.000 millones de dólares. Causal o casual, la misma cifra que costaría erradicar el hambre de la faz de la Tierra y de la Luna. Esa cifra supone, también, menos del 4% de un presupuesto militar global al alza y desbocado. Alguien dirá, con presunta razón, que una cosa no quita la otra, y que no cabe oponer el imprescindible conocimiento científico -siempre a favor- con la erradicación del hambre. Ojalá tuviera razón. Aunque me da, en ese supuesto idílico, que solo cabe lamentar, a ciencia cierta, que la ciencia -en el mundo sublunar de un capitalismo extraterrestre que todo lo mercantiliza hasta el infinito- no está, precisamente, por esa labor.

Me resulta marciano el afán cowboy por la conquista del espacio, donde ya orbitan -por ahora el único legado humano- 10.000 toneladas de basura, desechos y escombros electrónicos. Como si no aprendiéramos nunca a hacernos cargo de nuestra propia mierda. Y como si no atendiéramos que la sobrevenida y renovada carrera espacial por la lunática cruzada lunar es, fundamentalmente, pura geopolítica imperial, de la mano gigacapitalista de psicópatas como Musk o Bezos. Mientras cuatro daban la vuelta a la Luna, se sucedía una noche más en la tierra, donde Trump, al mismo tiempo, alucinaba en el despacho oval, amerizaba en Ormuz y alucinaba el mundo entero. Con ese método de robo, tan poco sutil, que consiste en encastar el coche en el escaparate y que lleva directamente al delirio de Trump, disparando a la nada y estrellándose contra todo.

Lo contrario de las alucinaciones y los alunizajes del desorden global es, sin duda, aterrizar. La toma de tierra contra cada fantasía criminal, ludópata y nihilista. A pie de calle, a pie de vida, los que continuamos creyendo en la Luna como derecho universal -a ser vista y observada-, somos también los que aún creemos en el deber terrestre de proteger y preservar la Tierra. Urge un aterrizaje de emergencia. El único que nos puede pacificar y, de paso, dejar también a la Luna en paz, como sugiere lúcidamente un poema de Hans Magnus Enzensberger: “Solo que a los planetas / donde no crecen naranjos, / ni nueces ni viñas, / les doy poco valor./ (…) Parco de fantasía y más bien conservador / me atengo a promesas/ más antiguas: la tierra a la tierra / y el polvo al polvo”. Amén.