17 MAI 2026 PSICOLOGÍA Gestión emocional (Getty Images) Igor Fernández {{^data.noClicksRemaining}} Pour lire cet article inscrivez-vous gratuitement ou abonnez-vous Déjà enregistré? Se connecter INSCRIVEZ-VOUS POUR LIRE {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Vous n'avez plus de clics Souscrire {{/data.noClicksRemaining}} Las experiencias dolorosas o traumáticas a lo largo de la vida son difíciles de olvidar, entre otras cosas porque han desafiado nuestra supervivencia. Las consecuencias permanecen arraigadas, por lo que, para muchas personas, olvidar sería un deseo poderoso, lograr no rememorar lo que dolió tanto y que hoy vuelve a visitar y condicionar la vida si se le hace espacio en la mente. Pero, sobre todo, lograr que la memoria no active una respuesta por nuestra parte hacia el mundo que ya no tiene validez, que nos obstaculizan en ausencia de nuevas situaciones dolorosas o traumáticas hoy. Dicho esto, cuando las heridas -en el momento- son de menor intensidad pero de similar persistencia en el tiempo, a veces son precisamente estas las que conforman nuestro patrimonio histórico e identitario. Experiencias que no querríamos olvidar. Olvidar lo que nos dolió sería como olvidar lo que nos importó, pero recordarlo todo el tiempo, invocarlo, convocar las antiguas imágenes, sensaciones, y reacciones quizá también nos haga olvidar otras cosas que también nos importan. O, dicho de otro modo, recordarlas activamente dirige nuestra atención solo a un aspecto de nuestra historia y no a la totalidad de quienes hemos sido y probablemente sigamos siendo. Nuestra experiencia interna es muy curiosa, es como si nuestra consciencia fuera la gestora de diferentes departamentos que piden atención y recursos al mismo tiempo. Todos estos departamentos tienen sus razones, sus necesidades, y exigen dedicación como si fueran los únicos, pero en una organización mucho mayor y más compleja de lo que ese departamento concreto puede llegar a comprender. Así que tenemos para con nosotros mismos, nosotras mismas, la misma responsabilidad que tendría dicha gestora. Es decir, priorizar, dar paso a uno u otro, pero también poner límite a su intervención o a los recursos destinados a un departamento concreto, con la idea de preservar la sostenibilidad de la organización en general. En el caso de nuestra mente, de nuestra experiencia interna, de nuestra emoción, cuidar de cuánta energía ponemos en recordar ciertas cosas, en anticipar ciertos resultados, también nos puede permitir o no mantener el equilibrio global de quienes somos y cómo nos encontramos a lo largo del tiempo. A veces, recordar es inevitable, es una experiencia que se impone en el cuerpo; algo así como si alguien tomara la palabra en una reunión repentinamente y necesitara de nuestra escucha. Pero cuando somos nosotras, nosotros, quienes ponemos nuestra intención en gestionar nuestros pensamientos, quienes somos conscientes de lo que está pasando, quizá sea nuestra tarea -y de nadie más- la de dar paso, o no, a lo que nos duele; o limitarlo para invertir en la globalidad, es decir, en quienes somos además de o gracias a nuestro dolor.