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TEMPLOS CINÉFILOS

El arte de levantarse


Ayer por la noche, la cola para entrar en el último pase de prensa de la jornada era un espectáculo. Un poema. Había quien apuraba las últimas gotas de la tercera lata de bebida ultra-energética. Había quien se golpeaba el pecho, intentando despertar al espartano que llevaba dentro. Había quien, por el contrario, atravesaba la puerta con la cabeza gacha, cual corderito a punto de fichar en el matadero. Era la hora de la verdad. El momento de ver quién era niño y quién era adulto. De comprobar quién estaba preparado para enfrentarse a la vida, y quién iba a caer en combate.

Llegó la hora de Lav Diaz. El más grande, el más adorado. El más temido. El cineasta filipino, para quien el concepto «largometraje» se queda «corto», presentó “Season of the Devil”, musical anti-musical de cuatro horas, sobre las terribles violaciones de derechos humanos perpetradas durante la dictadura de Ferdinand Marcos.

Presentada en un blanco y negro altamente saturado (con luz abrasiva y sombras de una profundidad abismal), esta especie de ópera carente de música de foso, tiene muy poco de reconstrucción histórica, y mucho de reivindicación exaltada. La película abre con una voz en off femenina que nos pone en situación. En el drama, vaya. A la mujer no tarda en cortársele el discurso. Por pena, por rabia... por desesperación. Ahí Lav Diaz coge el relevo, convirtiendo el llanto en canto.

De repente, los personajes dejan de hablar y se ponen a entonar. Consignas propagandísticas, nanas macabras, blues brutales y, por supuesto, himnos. Canciones de sufrimiento, pero también de esperanza. Arengas para levantarse y hacer frente a un mal absoluto. Intocable en el cuerpo a cuerpo, pero vulnerable en aquel pano que no entiende: el espiritual. El director impregna el relato de una lógica mitológica que casa a la perfección con la certeza trágica que nos da la lectura del libro de Historia. Esto es, mirar con impotencia las aberraciones del pasado. Aterradora fuerza del destino que, eso sí, a lo mejor puede acallarse con el instrumento más poderoso de todos: la voz humana.

A la mañana siguiente, nos levantamos con las cuerdas vocales desgastadas, y con la sensación de que después de Lav Diaz, nada bueno encontraríamos en la competición berlinesa. Por suerte, nos equivocamos. Después de estrellarse con su última película, la calamitosa “El bosque de los sueños”, Gus Van Sant resucitó con “Don’t Worry, He Won’t Get Far On Foot”, biopic dedicado al ilustrador John Callahan, incansable luchador (tanto de pie como desde la silla de ruedas) contra los demonios del alcoholismo.

Si el sentido común pedía drama, Van Sant se decantó más por la comedia, y así, acertó. Empapándose del humor ácido de su protagonista (inspiración también para un Joaquin Phoenix en su salsa), hizo del handicap pura motivación. Hasta llegar a la inspiración, en una especie de manual de auto-ayuda que priorizó el buen rollo a la entrega de respuestas fáciles. El humor como terapia definitiva, y el caerse como punto de partida para aprender el arte de levantarse.