INFO

Llega la hora de ajustar cuentas para un reforzado Erdogan

«Antes o después vendréis como corderos», espetó hace dos semanas el presidenrte turco a lo líderes de la oposición, que se negaban a visitar su palacio. Nadie le tomó en serio. Tras los comicios del domingo, y crucen o no la Sublime Puerta, deberán responder ante un autoritario lobo ansioso por ajustar cuentas.

Erdogan, tras conocerse su victoria. (Ozan KOSE / AFP)

Pocos creían que la apuesta bélica del Partido Justicia y Desarrollo (AKP) fuera a tener éxito. Erdogan sí. La sociedad intuía que el presidente no se conformaría con una coalición, que si no le otorgaban la mayoría se celebrarían unos nuevos comicios, con otros cuatro meses comprometidos para el bienestar. Y Erdogan, un verdadero animal político, lo sabía.

Erdogan ha tenido como aliada la incompetencia de la oposición turco-nacionalista. El CHP fue incapaz de robar votos al AKP en una situación favorable: atentados, polarización, represión... Su líder, Kemal Kiliçdaroglu, es la antítesis de Erdogan. Su ambigüedad sobre la influencia actual del kemalismo o la causa kurda se unen a una ausencia total de carisma. Por su parte, el MHP se hundió. Su líder, Devlet Bahçeli, rechazó pactar en junio con el AKP. Cinco meses después, tras bajar del 16 al 12%, podría perder su puesto.

Ambos partidos pensaban que el AKP no se recuperaría. Querían eliminar la influencia de Erdogan, investigar la trama de corrupción del 17 de diciembre de 2013. Ahora, la oposición verá crecer el autoritarismo que comenzó en Gezi. Nadie le podrá decir nada porque los anatolios tenían suficientes datos para reconocer qué significaría una nueva mayoría islamista. Incluso con esas le apoyaron, con 4,5 millones de votos más.

La estabilidad, que ha sido la principal promesa del AKP, parece complicada, pero la Bolsa, siempre tan «democrática» y que se desplomó cuando el HDP pasó el corte electoral en junio, le ha dado el primer espaldarazo: la lira experimentó ayer el mayor repunte desde 2008.

Presidencialismo

El AKP se quedó a 14 diputados de lograr los 3/5 que le habrían permitido convocar un referéndum para aprobar su reforma constitucional. Si el HDP hubiese caído menos de un punto más, el sistema presidencialista sería una realidad legal. Pero no sucedió, y sorprendería que la polarizada oposición apoye el texto. Pero a efectos prácticos, el Estado turco vive en un sistema presidencialista desde 2014, cuando Erdogan fue elegido presidente con un 52% de los votos.

Este verano, Erdogan lo reconoció en Rize: «Hay un presidente con poderes de facto que no son simbólicos. Lo acepten o no, el sistema administrativo de Turquía ha cambiado. Ahora, lo que deberíamos hacer es adaptar esta situación de facto a la legalidad de la Constitución».

Erdogan puede tener muchos defectos, pero dice las cosas a la cara. Ahora que ha encontrado las llaves de su casa, aquellos que desde afuera le llamaban «antidemocrático» tendrán que respetarle. Ya lo avisó ayer con un tono conciliador: «El mundo necesita respetar la victoria del AKP y no he visto mucho de ese respeto en el mundo».

Despejado el panorama electoral, el Estado turco afronta numerosos problemas para lograr la ansiada estabilidad. La corrupción, el crecimiento económico estancado al 3%, la mermada independencia judicial, la polarización, condicionada por la guerra en Siria y el frente abierto con el PKK.

La política internacional

El contagio del conflicto sirio ha dejado tres atentados en cinco meses. Después de la masacre en Ankara, cientos de miembros relacionados con el ISIS fueron detenidos; en los cinco años anteriores muy pocos. En ese tiempo, la redes yihadistas han penetrado en las entrañas del país, gobernado por un Ejecutivo al que acusan de connivencia.

Estos supuestos lazos están relacionados con el panotomanismo de Erdogan, una política de apoyo a cualquier facción relacionada con el sunismo político y social para alzarse con el dominio regional. Los problemas de los vecinos simplemente airearon la profunda influencia turca en la región. Cuando todo estaba en calma se llamaba política de los «cero problemas» con los vecinos. Hoy, debido a estos lazos y conflictos, se ha convertido en la de los mil problemas. Su éxito en África, donde ha desarrollado su influencia hasta en los aspectos culturales, no oculta el desastre en Siria, y los traspiés en Egipto, Libia e Irak.

Tras recibir el aval electoral, no se puede esperar un cambio en la obsesión de Erdogan por derrocar a Al-Assad. Aunque sea solo por mantener su orgullo.

En lo que respecta a Rojava, el PYD afronta un importante contratiempo. El AKP ha amenazado directamente a los kurdos. Si avanzan hacia el oeste serán atacados. La semana pasada ya avisaron con dos tibios ataques, pero si los kurdos desoyen a Erdogan, podrían tener que enfrentarse a los fuerzas turcas, lo que a su vez incrementaría la tensión en Kurdistán Norte.

Rojava, a diferencia de Qandil, es un terreno llano, en el que las fuerzas aéreas turcas reducirían cualquier oposición con bastante facilidad. Los kurdos podrían reclamar la ayuda internacional, la de EEUU, pero, teniendo en cuenta el valor geoestratégico de Anatolia y los ejemplos de Rusia, la reprimenda no pasaría de las palabras. Eso lo saben tanto Erdogan como el PYD.

Ahora mismo no hay manera de condicionar a Erdogan. El petróleo iraquí recorre Anatolia para llegar a Europa; los soldados y armamento destinados a Irak y Afganistán tienen en el Estado turco una parada esencial; las bases aéreas turcas son de suma utilidad para la lucha contra el yihadismo ; y las amenazas de la Unión Europea ya no condicionan al Ejecutivo.

En campaña, ningún partido dedicó minutos al antaño importante proceso de acceso a la UE. Las negociaciones por la crisis de refugiados son utilizadas por Erdogan para demostrar que los vecinos desarrollados llaman a su puerta para pedir ayuda. Pero desde hace años ha dejado ser un tema de debate. El pueblo turco se ha resignado porque considera que el único impedimento para entrar en la UE es su religión musulmana.

Proceso de diálogo

Las negociaciones entre el PKK y el Estado turco se rompieron el 24 de julio. Desde entonces, las calles kurdas de decenas de ciudades están llenas de zanjas y jóvenes armados que defienden las autonomías democráticas declaradas por las alcaldías. La muerte de soldados y las imágenes de rebelión contraria a la integridad estatal ayudaron al AKP a conquistar la mayoría.

Erdogan había calculado el trasvase de votos panturcos a cambio de una guerra. Ayer, dijo que el resultado ees un importante mensaje para el PKK: «La opresión y el derramamiento de sangre no pueden coexistir con la democracia». El ya primer ministro electo, Ahmet Davutoglu, ha prometido solucionar este conflicto, pero este seguirá condicionado por Rojavaen Siria y por la ilegalización de polçiticos kurdos. Si los islamistas continúan la presión iniciada en 2015, todo irá a peor en Kurdistán Norte.

La coyuntura parece compleja, más aún con la desconfianza mutua. En el lado kurdo, será importante ver hasta dónde llegan las diferencias entre el PKK y HDP. El primer paso exigido será un cambio en las condiciones penitenciarias de Abdullah Öcalan. El líder kurdo no puede recibir visitas desde el 4 de abril. Sin que Öcalan lo pida ,las milicias no silenciarán las armas ni abandonarán los barrios controlados en Kurdistán Norte. Luego, el proceso podría continuar o comenzar de nuevo con un observador internacional, la conocida como tercera parte que los kurdos reclaman para dotarlo de oficialidad.

El Estado turco, además de un alto al fuego, exige que el PKK abandone las armas, algo complejo hasta que no se resuelva la guerra con el Estado Islámico. Además, los resultados electorales plantean una dicotomía que Erdogan tendrá que resolver. De los 4,5 millones de votos que los islamistas aumentaron el domingo, más de 1 millón provienen de antiguos votantes del MHP que quieren erradicar el problema kurdo por la fuerza. En cambio, los kurdos de Van, Mardin o Sanliurfa votaron al AKP por la paz.

En la calle, la causa kurda sigue enquistada. En cinco meses se han retrocedido muchos años. Hablar con los turcos sobre los derechos del pueblo kurdo no es fácil; no solo con la gente que no ha tenido acceso a la educación superior, que sería más entendible, sino con los universitarios. Pero al final, como reconoció el líder del HDP, Selahattin Demirtas, quien con su partido intenta acercar a los pueblos turco y kurdo, «si hubiese una guerra durante otros 100 años, el PKK estaría ahí y el Ejercito turco estaría ahí».