INFO

Putin controla los tiempos y lleva iniciativa en la guerra siria

Tras cinco meses de campaña militar y ante la resignación de EEUU, la Rusia de Putin lidera los esfuerzos diplomáticos y tiene en sus manos decidir el rumbo de la crisis que asola a Siria.


Desde que el 30 de setiembre de 2015 Rusia decidió implicarse de lleno en la guerra con su campaña de bombardeos, el Kremlin ha logrado mantener la iniciativa tanto militar como diplomática en la crisis siria. Al punto de que ha dado un vuelco casi total a casi todos los frentes de guerra, revalorizando a un Ejército sirio exhausto –y a un régimen que hace seis meses veía peligrar sus principales bastiones, incluso en la provincia costera alauíta de Lattaquia–y dictando los tiempos y el terreno de juego de la diplomacia en torno a una hipotética resolución del sangriento conflicto.

La primacía actual de Rusia en el escenario sirio tiene que ver, de un lado, con la probada capacidad bélica de un país heredero de una superpotencia militar como la URSS. La campaña masiva de bombardeos contra los rebeldes sirios en sus feudos de Idleb (norte) y Deraa (sur), y sobre todo en la provincia de Alepo, les ha obligado a replegarse en desbandada.

La estrategia rusa combina la habilidad logística y organizativa de su alto mando para dirigir desde el centro de operaciones una ofensiva terrestre con una táctica de tierra quemada desde el aire que recuerda a la que el presidente Putin llevó a cabo con éxito en la segunda guerra chechena y que, como en aquella, ha multiplicado las críticas sobre «daños colaterales» a civiles y a edificios como hospitales y escuelas. Todo ello sin olvidar la importancia vital que, en este tipo de guerra, tiene la labor de inteligencia militar para descabezar al enemigo. Como resultado, las tropas prorrégimen sobre el terreno –Ejército y milicias sirias, Hizbullah y milicias chiíes iraquíes y afganas dirigidas por mandos militares iraníes– han recuperado decenas de localidades y amenazan con dejar a los rebeldes sirios sin sus vitales pasos fronterizos a sus aliados de Turquía y Jordania y sitiados en Alepo, antaño capital económica de Siria y de alto valor simbólico.

Por otro lado, el éxito del Kremlin remite, sin duda, a la histórica pericia, derivada de una experiencia de decenios, de la diplomacia soviética, de la que el ministro de Exteriores, Sergei Lavrov, sin olvidar a su equipo, es heredero.

Pese a todo ello, el hecho de que Rusia mantenga la iniciativa sería incomprensible sin la previa decisión de EEUU de reconocer, siquiera haciendo de tripas corazón, el papel central de Moscú en un escenario, el sirio, que Rusia concibe vital para mantener su presencia en el Mediterráneo (base militar de Tartus) y en la región de Oriente Medio. Más aún, el Kremlin ha apostado por utilizar las crisis derivadas de las malogradas primaveras árabes –no solo la siria– para reivindicarse como una potencia que vuelve tras casi dos decenios de ostracismo por el desplome de la URSS y los frustrantes primeros años de la Rusia del desaparecido Putin.

La Guerra de los Cinco Días de agosto de 2008, tras el intento de invasión georgiano de Osetia del Sur y de Abjasia, fue su primer aviso, seguido de la anexión rusa de Crimea y la rebelión militar del este de Ucrania (Donbass) tras el Maidan y el golpe de Estado en Ucrania.
Más allá del manido debate entre los que insisten en que EEUU siempre tuvo a la Siria de Al-Assad en su punto de mira y los que sostienen que la actual Casa Blanca nunca quiso implicarse en semejante avispero, lo que está claro es que el presidente Obama está literalmente dejando hacer a Putin.

El desenlace de la crisis de 2013 tras el ataque químico que dejó más de un centenar de muertos en una zona rebelde de las inmediaciones de la capital, Damasco, ya presagiaba lo que de facto se ha convertido en una peculiar entente Rusia-EEUU –con evidente preminencia de la primera–.
Pese a hacer suya la denuncia rebelde (y occidental) que responsabilizaba del ataque al régimen –este último y Rusia evocaron entonces la hipótesis de un ataque del Estado Islámico o, genéricamente, de los «terroristas»– Obama se tragó su línea roja y se agarró a la oferta rusa de desmantelamiento del arsenal químico sirio para evitar su anunciada intervención.

Hay que reconocer nuevamente la pericia del Kremlin a la hora de pergeñar una propuesta tan atractiva como poco decisiva en el plano militar. Pero, como quedó claro durante aquellas críticas jornadas, Obama deseaba por todos los medios «caer en esa trampa».

Un presidente que llegó a la Casa Blanca con la promesa de retirar sus tropas de Afganistán –inconclusa– y de Irak tenía y tiene difícil cerrar su segundo y último mandato con una nueva aventura militar en la región.

Si a ello sumamos la diabólica complejidad del escenario sirio, la irrupción en 2013 del ISIS y su califato, y el estrepitoso fracaso de las revueltas árabes (personificado en Egipto), no es difícil entender la apuesta de EEUU, por otro lado cada vez más perentoria ante la irrupción de China, de dirigir su mirada imperial al Pacífico.

En ese escenario, las múltiples iniciativas internacionales de paz para Siria, iniciadas en Ginebra en 2012 se suceden sin solución de continuidad. Ginebra II en 2013 y las más recientes conferencias de Viena, Nueva York y Munich (esta última el pasado 12 de febrero) siguen chocando con dos problemas irresolubles: el futuro político del presidente Al-Assad y la caracterización «terrorista» versus rebelde de la miríada de los grupos armados. Pero con una diferencia crucial.

Así, quienes en 2012 no tenían prisa alguna por negociar (los aliados regionales suníes de los rebeldes y Occidente) porque confiaban en que Al-Assad no llegaba a fin de año y, en el caso occidental, se permitieron contemporizar con el creciente ascendiente islamista, salafista e incluso yihadista entre los rebeldes armados, ven ahora cómo Rusia y sus aliados regionales rehabilitan, de momento militarmente, al denostado presidente y zanjan el debate sobre los rebeldes convirtiéndolos en su primer objetivo militar.

El hecho de que el debate principal gire ahora en torno a qué grupos, además del ISIS y el Frente al-Nosra, no pueden verse incluidos en un hipotético alto el fuego y que prácticamente todas las cancillerías occidentales acepten el papel de Al-Assad, por lo menos en una eventual transición, –el PP español fue elocuentemente pionero– muestra hasta qué punto han cambiado las tornas.

No hay duda de que la irrupción del ISIS, su extensión a través de franquicias por todo el mundo árabe –con especial atención a Libia– y su campaña de atentados, que tuvo en 2015 su colofón con el 13-N en París, ha tenido que ver en ese giro. Al igual que la masiva oleada de refugiados, casi la mitad sirios, hacia Europa.

Pero la complejidad del escenario sirio, con una miríada de grupos rebeldes y alianzas sobre el terreno a veces inconfesables, como la que integra al Frente al-Nosra en el llamado Ejército de la Conquista, junto con el creciente peso del islamismo, en todas sus vertientes, en el seno de la rebelión y en una situación mundial en la que la islamofobia gana peso cada día que pasa, han terminado por convencer a Occidente de que más vale malo conocido...

Para Moscú, Irán y Damasco, Faylaq al-Cham, el brazo militar rebelde de los Hermanos Musulmanes, y no digamos los salafistas de Ahrar al-Cham, son tan «terroristas» como Al-Nosra, con el que están aliados.

Como lo es el salafista Ejército del Islam, fuerte en las inmediaciones de Damasco, e incluso el laico Frente Sur del Ejército Libre Sirio (ELS), atacado en las últimas semanas con cobertura aérea rusa en la estratégica frontera con Jordania.

Habida cuenta de que Al-Nosra está presente en buena parte de los frentes, incluida Alepo, donde siguen luchando por su cuenta brigadas todavía fieles al ELS, no es fácil adivinar, en su caso, cómo distinguirían los cazas rusos entre unos y otros. «Dios distinguirá a los suyos».

En esta línea, solo la voluntad de Rusia será determinante en el desenlace de la última tentativa de alto el fuego, que debería entrar en vigor el sábado.

Putin ha conseguido neutralizar a todos los rivales regionales de Siria, aunque cabe añadir que las torpezas de estos le han sido de gran ayuda.

El presidente turco, Recep Tayip Erdogan, ha caido en su propia trampa, al sacrificar la negociación con los kurdos a su afán de perpetuarse en el poder como líder plenipotenciario.

A resultas de ello, las milicias del YPG han estrechado relaciones con Rusia que, según los informes de guerra, le da cobertura aérea en su ofensiva para completar el territorio de Rojaba arrebatando los bastiones fronterizos a los rebeldes.

Así, se da la paradoja de que Moscú y Washington, que lleva meses apadrinando a las YPG contra el ISIS, se disputan amigablemente a los kurdos.

Para indignación de un Erdogan que clama al cielo pero no puede hacer más que evitar con bombardeos que los kurdos tomen la última ciudad fronteriza de Azaz, pero que se lo piensa antes de mandar un soldado o un avión a suelo sirio. Porque sabe que la aviación, la artillería y los misiles antimisiles S-300 rusos le están esperando desde que, a finales del año pasado, decidió abatir un caza ruso que había violado su espacio aéreo. ¿Cayó el soberbio presidente turco en su segunda trampa o fue animado a ello por una oportuna provocación rusa? Para el caso... El resultado es que ve impotente cómo el Ejército sirio y las YPG atacan en tijera a sus patrocinados rebeldes sirios.
Algo similar se puede decir de Arabia Saudí, entrampada en una guerra en Yemen contra una oportuna rebelión chií aliada con sectores del viejo régimen que se niegan a abandonar.

En estas condiciones, pocos son los que albergan esperanzas de que, esta vez, sí, se inaugure un alto el fuego o siquiera comience un período de cierta distensión que pueda alimentar esperanzas de una solución dialogada al drama sirio.

Irán y el Gobierno sirio apoyan el alto el fuego, lo que no quiere decir nada. Porque son los cálculos de Rusia los que cuentan, como el Kremlin se encargó hace días de recordar al propio Al-Assad cuando, henchido por «sus» recientes éxitos militares, despreció cualquier tregua y prometió años de guerra hasta la victoria final.

Rusia manda y en sus manos está decidir cuándo, cómo y con quién. Al-Assad lo sabe. Y lo sabe EEUU, aunque amenazara ayer con un «plan B» (una intervención militar) en caso de que no prospere el alto el fuego. Cómo va a tener Washington un «plan B» si no ha tenido nunca –y acaso Obama nunca quiso tener– un «plan A». El plan lo tiene Putin. Y se escribe en ruso.