Zapatero con ETA y Sánchez con Catalunya, ante el mismo «Estado profundo»
El 7 de enero de 2020 retrotrae inevitablemente al 22 de marzo de 2006, un punto de inflexión para afrontar de otro modo el mayor problema de Estado: hoy Catalunya, antes ETA/Euskal Herria. Zapatero se topó con el mismo «Estado profundo» con que ya choca Sánchez. Debería evitar al menos sabotajes internos.
Vous n'avez plus de clics
La acometida de la Junta Electoral Central contra Torra y Junqueras ha mostrado cuántos tentáculos ocultos se están moviendo ya para intentar estrangular el ensayo de Sánchez. El escándalo es inevitable, pero no hay motivo para demasiada sorpresa: lo que el líder de ERC ha llamado «Estado profundo» siempre ha existido y existe. Se lo puede contar, se lo debería haber contado ya, José Luis Rodríguez Zapatero a Pedro Sánchez. Y también el independentismo vasco al catalán.
El acuerdo PSOE-ERC de hoy se asemeja para ese «deep state» al «punto cero» al que llegaron los representantes de Gobierno español y ETA en julio de 2005. El 7 de enero de 2020 en que se puede acabar gestando un inédito Ejecutivo Sánchez-Iglesias (no lo demos por seguro todavía) es aquel 22 de marzo de 2006 en que ETA declaró alto el fuego permanente. Desactivar la represión y la ilegalización era entonces una necesidad obvia; hoy Sánchez lo ha llamado «dejar atrás la judicialización» en Catalunya.
Zapatero no supo o no pudo hacerlo. Ni la Audiencia Nacional ni la Guardia Civil, por ejemplo, dieron tregua; sería algo ingenuo pensar que ahora tendrán una actitud radicalmente diferente contra el independentismo catalán. Uno de los saboteadores principales, por cierto, era el hoy ministro de Interior y antes juez Grande-Marlaska, que mandó a la cárcel a Arnaldo Otegi pocos días después de aquel alto el fuego. Pero también estaba el ministro de Justicia (López Aguilar) que alentó sin vergüenzas a «construir imputaciones», o el portavoz del PSOE en el Congreso (Rubalcaba) que no dejó de sembrar trampas en el camino. Sánchez deberá al menos evitarse esos sabotajes internos, además de gestionar los externos. Está por ver: el reparto de papeles entre Fiscalía y Abogacía ante los casos de Junqueras o Puigdemont es de momento maquiavélico, puro Rubalcaba.
Está por ver también que el independentismo catalán, menos habituado a este tipo de represión que el vasco, pueda mantenerse entero, y sobre todo sepa mantenerse unido, en el campo de minas que tiene que atravesar. Aquel acuerdo de 2005 incluía unas garantías y hasta un protocolo de gestión de los llamados «accidentes» (como este de la Junta Electoral Central). A ERC también le hará falta... y conseguir además que se cumpla.