CUANDO URGENCIAS DA MÁS MIEDO QUE UN INFARTO... Y NO DEBE
El Covid-19 ha convertido hospitales y ambulatorios en escenarios que parecen sacados de una película de guerra bactereológica. Y eso deja huella: cardiólogos han dado la alarma sobre personas con ictus o apendecitis que rehuyen ir a Urgencias. Sin embargo, los testimonios recogidos por GARA invitan a no temer entrar.
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Nada más llegar el autobús urbano a la zona hospitalaria de Miramon, en Donostia, un operario protegido de la cabeza a los píes sube al autocar y desinfecta los asientos que han podido ocuparse en el trayecto (el uso de otros simplemente está vetado). En Iruñea, Eusebio M. explica que se sintió en «una película de guerra» al acudir al centro de salud de la Txantrea la pasada semana para un control rutinario de Sintrom. Obviamente no es la mejor época para acudir a un centro hospitalario aunque no se tengan síntomas de coronavirus... pero a veces es indispensable.
Y aquí llega el dato escalofriante. La Sociedad estatal de Cardiología ha revelado que desde la proclamación del estado de alerta se ha reducido en un 40% el número de atenciones médicas por sospechas de infarto. El desglose muestra que en Euskal Herria la bajada es aún mayor: de 138 a 52 intervenciones semanales en los hospitales consultados de la CAV y de 39 a 15 en Nafarroa.
Oscar Díaz, experto del Hospital Alvaro Cunqueiro de Vigo, cree que esta reducción de infartos puede tener una parte «real por el reposo relativo de la mayoría de la gente» debido al confinamiento. Pero en su mayoría se debe «al mensaje de quedarse en casa y al temor a unas urgencias saturadas, que hace que haya personas que tomen la decisión, ante síntomas no muy importantes, de no acudir».
No son solo infartos. El número de intervenciones por ictus también se ha reducido sensiblemente, pese a tratarse de una afección cuyas consecuencias solo pueden paliarse con atención urgente. Y los especialistas alertan igualmente de la reducción de asistencias a urgencia por apendicitis, con lo que «nos estamos encontrando con muchas peritonitis que habrían sido perfectamente evitables con una atención rápida», explican. En resumen, el miedo al contagio por el Covid-19, o el paralelo temor a unos pasillos atestados, está haciendo descender de modo peligroso la comunicación de otras dolencias que quizás acaben siendo más graves.
«La vez más rápida en Urgencias»
¿Está justificado este temor? A tenor de los testimonios recogidos por GARA, no. Que los servicios de Urgencias no solo no están atestados sino que tienen menor ocupación que de normal lo comprobó el sábado a primera hora de la tarde Mikel, profesor universitario de 53 años, en el Hospital Universitario de Santiago (Gasteiz).
«Desde luego, es la vez que menos he tardado en Urgencias. Iba con una quemadura en la mano y me atendieron de inmediato. Igual si hubiera habido más gente también lo habrían hecho, pero lo cierto es que no había casi nadie. Las veces que por distintos motivos he tenido que ir a Urgencias, normalmente de acompañante, la sala de espera siempre está más o menos llena. Esta vez había una sola persona y alguien más esperando dentro. El médico que me atendió estaba libre y a las enfermeras tampoco se les veía muy estresadas. Les pregunté a ver si estaban más tranquilos que en días anteriores y me comentaron que sí».
Bastante más gente encontró en Txagorritu Edurne, periodista de 42, cuando tuvo que acudir por un corte en la mano el 9 de marzo. Hagamos memoria: aquel lunes nadie imaginaba todavía el rigor de este confinamiento, pero el hospital gasteiztarra era ya foco principal del coronavirus en Euskal Herria. «Estuve cinco horas y ví lo que se suele ver en Urgencias: rotura de algún hueso, problemas estomacales, algo de ginecología... –rememora pasado ya un mes–. Las trabajadoras y médicos llevaban mascarilla, pero nadie más. Y la gente sí mantenía cierta distancia, aunque no tanto como ahora. En resumen, sí se notaba un poco de miedo, pero nada especial teniendo en cuenta que es un servicio de Urgencias».
Una tranquilidad inesperada sorprendió ayer mismo a Klara, administrativa, cuando acompañó a su padre a una pequeña intervención oftanmológica en el edificio Materno-Infantil del Hospital Donostia. «No había colas para el aparcamiento, como suele ser habitual, aunque el nivel de ocupación me ha parecido bastante alto. Lo más extraño es el abrumador silencio en todo el recinto y el poco trasiego de pacientes».
El impacto del Covid-19 se hace notar sobre todo, prosigue, en los carteles que remarcan las normas de higiene y prevención, incluido «no llevar el ticket en la boca» al ir a pagar el parking. Una vez en el edificio, «el paciente debe quitarse los guantes que trae de la calle, lavarse las manos con gel hidroalcohólico y ponerse la mascarilla. A la salida le dan otros guantes. En la sala de espera, cuatro pacientes en total, manteniendo la distancia de seguridad de modo escrupuloso. Cuando uno se levanta del asiento, rápidamente es desinfectado». Todo parece previsto y la atención resulta más que correcta pese a las incomodidades. Eso sí, en el edificio, el Materno-Infantil, apenas ha contado seis niños por los pasillos. La guardería Umetxo está cerrada, como el kiosko de prensa. Y le ha dado lástima ver a una pareja salir con su bebé protegidos por mascarillas.
Pese a ser el principal campo de batalla contra el virus, no hay gran diferencia entre lo que se encuentra en estos hospitales y en los centros de salud, donde también las precauciones son grandes pero no deben provocar temor. A Eusebio, que por edad pertenece a grupo de riesgo, le fueron a buscar a la entrada para acompañarle a la consulta y «asegurarse de que no tocaba nada de nada. Eso me lo dijeron unas cuantas veces, pero de modo muy educado. En el pasillo solo ví a dos pacientes más. Impresionaba, sí».
Mikel pasó por su ambulatorio el lunes, dos días después de estar en Urgencias de Santiago por la quemadura: «Fui a hacerme la cura. Les han hecho trabajar en Semana Santa, con lo que en recepción tenían varias personas para atenderme solo a mí. Solo estábamos los obligados. Está claro que en este momento no queremos pasar por un ambulatorio ni por el forro». Es cierto también que buena parte de las consultas no urgentes se están posponiendo.
Mirando en perspectiva, Edurne explica que le impactó más entrar a su centro de atención básica que a la «zona cero» de Txagorritxu, puesto en que su caso eso ocurrió antes, cuando en la calle no había conciencia del virus pero sí entre el colectivo sanitario: «Casi todos estaban ya con mascarillas, y entonces verlo aún se nos hacía muy raro».