‘Psicosis’ cumple 60 años: cuchillos y violines en un motel olvidado
‘Psicosis’ no solo figura como una de las obras cumbre de Alfred Hitchcock, sino que está considerada como uno de los filmes referenciales del género de terror. Hace sesenta años topamos accidentalmente con aquel olvidado motel de carretera regentado por un joven enigmático llamado Norman Bates.
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Robert Bloch, el autor de la novela ‘Psicosis’, recordó en cierta ocasión: «Hitchcock tuvo que sortear muchos obstáculos porque nadie quería hacer ‘Psicosis’. En Paramount tenía plena libertad para elegir los temas de sus películas, pero a la productora no le gustó el argumento, así que le dijeron a Hitch que en lugar de hacer una producción multimillonaria con Cary Grant y Jimmy Stewart en tecnicolor y con pantalla ancha, tan solo contaría con un pequeño presupuesto. Él les respondió ‘de acuerdo, lo haré en blanco y negro y usaré mi propio equipo de cámaras de televisión de "Alfred Hitchcock Presents"’. Más tarde le respondieron desde Paramount: ‘bueno, está bien, Hitch, pero estamos muy ocupados aquí. No tenemos ningún escenario gratis para ti’. Finalmente, Hitchcock zanjó la cuestión: ‘Eso no es un problema. Usaré uno de los escenarios de Universal’. De esta manera, la película de Paramount fue rodada en Universal».
En cuanto a los motivos de esta decisión por parte de Paramount, Bloch señaló que «estaban seguros de que iba a ser un fracaso. Cuando los críticos se hicieron eco de estas impresiones de la productora, se reafirmaron en la misma idea. Odiaban la película y tuvo muy malas críticas. Fue tomada como un título muy inferior dentro de la filmografía de Hitchcock. Siete u ocho años después, los mismos críticos cambiaron de opinión y afirmaron que se trataba de una obra maestra y medían al resto de sus películas diciendo ‘¡Esto no es tan bueno como su clásico ‘Psicosis’!’».
Joseph Stefano, encargado de adaptar el libro de Bloch, recordó en cierta ocaisón: «cuando yo tenía 13 o 14 años pensaba que lo mejor que me podía pasar era que se muriera mi madre. Pero ella estaba más saludable que nunca. No me acordaba de eso hasta que empecé a ir al sicoanalista, por la misma época en que filmamos ‘Psicosis’. Un día descubrí que tranquilamente podía llegar a asesinar a mi madre, y se lo conté a Hitchcock. Me miró completamente fascinado. Creo que hasta entonces él nunca había hablado con alguien que se sicoanalizaba».
Sinfonía macabra para una ducha inmortal
‘Psicosis’ marcó un antes y un después en el género de terror Hitchcock, que ya revolucionó el concepto de plano secuencia con ‘La soga’ en 1948, y que ya le dio al público la sensación de ser un voyeur con ‘La ventana indiscreta’ en 1954, con la que quiso ir más allá y de paso, profundizar un poco más en sus propios demonios internos. Quiso hacer algo único y se empleó a fondo en la tarea de subvertir cuantos tópicos fueran posibles en su intento por desconcertar al espectador.
En la actualidad, ‘Psicosis’ está considerada una de las mejores películas de la historia, pero en el momento de su producción, Hitchcock contó con apenas 806.947 dólares de presupuesto, una cifra ínfima si se tiene en cuenta que venía de dirigir ‘Con la muerte en los talones’, cuya producción costó cuatro millones de dólares.
Paramount, la major con la que el realizador tenía contrato, aportó una cifra ínfima al no confiar en el proyecto. Sin embargo, el cineasta hizo alarde de sagacidad al aprovechar esos pocos recursos para crear un ambiente recargado destinado a desconcertar al público.
El ‘Mago del suspense’ exprimió al máximo su chistera, de la cual extrajo un buen puñado de recursos que tenían como objetivo manipular de manera descarada al espectador, y lo hizo desde las primeras secuencias en las que topamos con el personaje que suponemos, es la pieza central de la película. La huida de Marion Crane no es más que una excusa para guiar al espectador hacia un lugar enclavado en mitad de ninguna parte, un motel de carretera al que recalará el personaje encarnado por Janet Leigh.
De esta manera, Hitchcock colocó al público en un escenario que controlaba a la perfección y en un alarde de soberbia y riesgo, determinó que la protagonista debía morir a mitad de metraje. Con ello, logró que en el espectador sintiera la inseguridad constante que provoca la incertidumbre. Una tensión que fue subrayada por la magistral partitura de Bernard Herrmann.
El famoso movimiento de la música con chirridos de violines, violas y violonchelos usado en la escena de la ducha fue una pieza para cuerda titulada ‘El asesinato’ y, al igual que el resto de la banda sonora de la película, toda la música está claramente influida por el lenguaje musical de Dmitri Shostakóvich, especialmente por los movimientos segundo y tercero de su ‘Cuarteto de cuerda n.º 8’, compuesto ese mismo año.
Hitchcock quería que la secuencia original, y todas las escenas del motel, prescindieran de la música, pero Herrmann le suplicó que probara con la música que había compuesto. Posteriormente, Hitchcock estuvo de acuerdo en que la música intensificaba la escena y casi duplicó el sueldo de Herrmann.
Anthony Perkins, un actor marcado por Norman bates
Con la icónica escena de la ducha, el director entregó el protagonismo a Norman Bates, cuya relación con el crimen, aunque se intuyese, no se resolvería hasta la parte final, en la que entran en juego otros personajes, como Lila (Vera Miles), la hermana de Marion, y Sam (John Gavin), el compañero sentimental de la difunta que había aparecido al inicio del filme.
Mientras las piezas se colocaban sobre el tablero, Hitchcock acrecentó la tensión ambiental que nació con el asesinato de la ducha y que derivó en la del detective Arbogast. Un encadenado macabro que determinaría lo que posteriormente se conoce como el subgénero slasher y que el propio cineasta recordó de esta manera «el detective tenía que subir las escaleras de la casa. Todo lo que el público sabía era que había un monstruo escondido y que el monstruo era una mujer. La primera toma, mientras sube la escalera, es bastante convencional, pero cuando llega arriba yo cuelgo la cámara del techo. Ahí es cuando aparece el asesino: precipitadamente, en una toma larga y franca. Después, paso a un primer plano del detective, cuando el cuchillo le corta la cara. Usé ese ángulo para que nadie sospechara que estaba tratando por todos los medios no mostrar a la madre».
En 1931, Fritz Lang dirigió ‘M, el vampiro de Düsseldorf’. En esta obra maestra Peter Lorre legó para la posteridad el rol del asesino en serie que sembró el caos con su cacería de niñas y que fue atrapado, juzgado y sentenciado por quienes habitaban los bajos fondos.
Siguiendo la estela del infanticida imaginado por Lang topamos con Norman Bates, un personaje que marcó las pautas por las que sería conocido este tipo de cine. Un joven criado en un ambiente opresivo, con progenitores castrantes y dominantes –en este caso la madre–, cuya mirada pasivo-agresiva esconde a una mente perversa. La terrible sique de Norman en el epílogo final perturba con la espeluznante sonrisa del actor Anthony Perkins, quien nunca pudo desligarse de su personaje.
Según explicó Perkins, «Hitchcock pensaba que el secreto de la película se develaría demasiado rápido si usaba un actor de carácter, como Rod Steiger. A mí realmente no me importó dejar mi terreno. Para cualquier actor, ser elegido por Hitchcock era lo más alto a lo que se podía aspirar. Recuerdo que me encontré con John Cassavetes y él me preguntó en qué andaba. Le dije que estaba trabajando con Hitchcock y la verdad es que me miró con un poco de desprecio: después de haber hecho tantas películas, le parecía una derrota que yo terminara trabajando en un episodio de televisión. Cuando le dije que era una película, se tranquilizó un poco. Pero en realidad tenía razón, ‘Psicosis’ fue un episodio de televisión glorificado».