Vinicius de Moraes, el diplomático bohemio que fue seducido por la noche y las musas de Ipanema
Vinicius de Moraes se definió como «el blanco más negro de Brasil». Espoleado por las musas que bailan y nadan entre las olas de Ipanema, el totémico guía de la «bossa nova» subvirtió la música brasileña con un repertorio teñido de noche, pausa y whisky. Vinicius se fue hace cuarenta años, pero pervive entre acordes de guitarra, siempre aferrados a su ideario bohemio.
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Marcus Vinicius da Cruz de Mello Moraes se bebió y fumó la vida entera hasta que un edema pulmonar se lo llevó hace cuarenta años pero ello no le llevó a renegar de su advertencia constante «para esa gente que anda jugando con la vida. Cuidado compañero. La vida está hecha para que valga la pena, y no se engañe».
Vinicius de Moraes describió la vida como el «arte del encuentro», quizá porque los propios caprichos que nos regala la vida de vez en cuando le puso en su camino al pianista Antonio Carlos Jobim y al guitarrista Joao Gilberto, dos genios con los que dio vida al más universal de los géneros brasileños, la Bossa Nova.
Pero el encuentro de Vinicius con Tom Jobim surgió algunos años antes, concretamente en 1956, cuando el diplomático y reconocido poeta buscaba «alguien moderno» que pusiera la melodía de'"Orfeu da Conceição'.
Vinicius encontró a su futuro socio en la Casa Villarino, un templo bohemio frecuentado por la élite artística de entonces. Cuenta el periodista y biógrafo Ruy Castro en su libro ‘Chega de Saudade’, que «si todas las ideas que nacen alrededor de una botella de whisky llegaran vivas a la última gota, Casa Villarino sería declarada patrimonio cultural».
Tom y Vinicius invirtieron en los bares las mejores horas de su vida y fue allí donde el poeta convenció a su amigo de cambiar la cebada por el whisky. «La cerveza es una pérdida de tiempo», solía decir el autor brasileño. Aunque raramente componían en los bares, las mesas se convirtieron en una insaciable fuente de inspiración.
Fue en una de ellas, en la antigua calle Montenegro de Río de Janeiro, donde Vinicius y Tom vieron pasar camino del mar una hermosa joven de ojos verdes y cabello negro. Era Helo Pinheiro, la eterna ‘Garota de Ipanema’, la musa que en el invierno de 1962 dio vida a uno de los mayores éxitos de la música.
La primera vez que Brasil escuchó sus acordes fue en el Bon Gourmet, un local de espectáculos donde fueron lanzados algunos de los mayores clásicos de la Bossa Nova. Vinicius necesitó autorización de la cancillería para subirse al escenario. Segú recordó Rui Castro «en las primeras noches vestía traje y mantenía el decoro diplomático, como le era exigido. Después, dejó de contar las dosis y le mostró al mundo la mejor versión de sí mismo».
Comunista y alcohólico
Cuando el ruido de los sables en los cuarteles brasileños se hizo realidad y gobernaron en Brasil entre 1964 y 1985, expulsaron al poeta y compositor Vinicius de Moraes de la carrera diplomática por ser un «alcohólico».
Vinicius estuvo en la mira de diversos órganos de inteligencia, desde la Policía del estado de Guanabara –hoy Río de Janeiro– hasta el Centro de Informaciones del Ejército, que redactaron hasta 32 informes sobre la vida bohemia del célebre poeta, que fueron recopiladas y almacenadas en el archivo de la Cancillería.
La mayor parte de los archivos narra la participación de Vinicius en conciertos y reuniones de intelectuales, pero también se le acusó de «comunista» y de participar del Centro Brasileño de Cultura, organización señalada como «fachada del movimiento comunista internacional».
En un informe del Servicio Nacional de Inteligencia de 1966, se le describió como «marginado, que es al mismo tiempo diplomático y sambista» y, en otro del CIE, se afirmó que fue un «bohemio que parece haberse equivocado de profesión».
Esa saudade de la vida llamada muerte
Vinicius se casó nueve veces y vivió amores intensos que duraron la eternidad del momento. El compositor se definía a sí mismo como «un amante inveterado» y consideraba a las mujeres como «seres indispensables» en su vida.
Todas ellas tuvieron una fuerte influencia en su carrera artística y a todas les dedicó canciones y poemas, muchos de los cuales surgieron después de agrias discusiones. En aquella época Vinicius solía vivir de noche y dormir de día. Sin reglas, ni horarios. Pasaba las horas componiendo, charlando y jugando con las decenas de animales exóticos que campaban a sus anchas por su casa de Itapuã. Vinicius compartió sus últimas horas de vida con el músico Toquinho.
Ambos pasaron la madrugada en vela tocando y compartiendo viejas canciones. Al amanecer, el escritor comenzó a sentirse mal y falleció en la bañera de su casa de Río de Janeiro, un refugio donde componía, recibía visitas y hasta daba entrevistas cuando estaba dominado por la pereza.
En una de sus últimas entrevistas, nos legó esta respuesta «la muerte siempre me preocupó y todavía me preocupa, pero hoy, de una forma mucho más simple, como una especie de saudade de la vida».