Ritos funerarios para la flor de la vida
[Crítica: 'Verano del 85']
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La acción de esta historia, como bien indica el propio título, transcurre durante el verano del año 1985; el lugar es un pueblo costero de la costa de Normandía. El protagonista se llama Alexis, pero él está empeñado en responder solo al nombre de Alex. Está, efectivamente, en esa edad. En ese momento en que lleva tanta energía dentro del cuerpo, que no sabe muy bien cómo gestionarla. A veces parece que va a estallar, y que con dicha explosión, va a arrasar con todo el mundo que le ha visto crecer.
Y por si todavía quedan dudas, confirmar que nos movemos por los siempre inestables territorios del coming age, de ese cine que pretende captar la mirada, el temperamento y las emociones -volcánicas- a flor de piel; de todos los elementos, potencialmente inflamables, que inevitablemente marcan la adolescencia. En esa etapa vital, ya se sabe, las leyes de la biología entran en una fase de inestabilidad que, juntadas con ciertos mecanismos sociales, pueden hacer que la mezcla propuesta estalle en mil pedazos.
Entra en escena David, un híper-carismático chaval que rescata a Alex de una muerte casi segura. Pero prohibido hacerse ilusiones, el protagonista de esta historia mira a cámara y su voz en off suelta la bomba: David va a morir. A todo esto, el futuro difunto ha presentado sus credenciales sacándose del bolsillo una navaja… que en realidad es un peine que pone orden en su rebelde cabellera. Es la belleza de la muerte; la atracción que sentimos hacia lo funesto. Mientras, Alex (antes Alexis) siente que tiene que sacar una confesión: vive obsesionado con los ritos funerarios.
Porque a veces la vida nos manda señales con una obviedad que asusta: el destino, está claro, es este relato creado por nosotros mismos… y en el que algunos deciden encerrarse. François Ozon, ganador de la Concha de Oro en 2012 con la estupenda y sugerente “En la casa”, propone un regreso (¿nostálgico?) a la década de los 80 con un mecanismo narrativo familiar: un alumno de instituto ha conectado de manera especial con un profesor que le anima a sentarse y a poner orden en su caos vital a través de la escritura.
Prácticamente todo lo que vemos de este “Verano del 85” es lo que nos cuenta una serie de redacciones que, como cabía esperar, se mueve entre la crónica fidedigna y la fantasía más desbocada. La efervescencia veraniega tiene esto, que lo mismo pide a cambio un compromiso irrevocable… como se marcha dando un sonoro portazo, sin antes haber dicho adiós. Con este desenfreno se mueve la relación entre Alex y David; basculando constantemente entre la amistad y el amor, dos extremos (o compañeros de baile) que, como ya se ha dicho, lo mismo se toman con ligereza experimental o con la firme voluntad de afianzar, a la larga, un recuerdo que va a durar para toda la vida.
Aunque tendiera a cargar el peso más hacia la segunda opción, en esta misma tesitura se movía Luca Guadagnino (presidente del jurado este año en Zinemaldia, detalle importante de cara a la Competición) en la celebrada “Call Me By Your Name”. Y como en aquella delicia de película, François Ozon opta por no definir a sus protagonistas (ni a condicionar la trama) a través de la homosexualidad. Como en aquella ocasión, de lo que se trata aquí es de abordar un tema universal: la juventud, ese maravilloso impasse en el que todo el mundo ha fichado.
Lo que pasa es que de la mano de Ozon, cineasta juguetón por excelencia, del que siempre se deben esperar salidas de tono, «la joie de vivre» se funde con la de morir. Se podría entender todo mejor echando mano de la dualidad tópica de eros y thanatos, y sí, entre estas dos pulsiones queda encapsulada buena parte de la esencia de este film. O sea, que están las composiciones de Rod Stewart y The Cure; el solapamiento entre la música de foso y la de pantalla, concreción de un estallido vitalista… que no obstante tiene la mirada siempre puesta en esa lápida cuyo nombre nos va a partir el corazón.
Más allá de esto queda la solvente ejecución cinematográfica de un François Ozon que seguramente haya entrado en su particular período de plenitud artística. La ambientación ochentera, concretada exquisitamente en el tratamiento de la textura granulada de la imagen, en la dirección de actores y, por supuesto, en la cuidada escenografía, nos habla en conjunto de un cineasta que, sin renunciar del todo a su identitaria faceta más lúdica, se ha asentado en un control de aptitudes que le ha llevado a conquistar una cima teóricamente inalcanzable. Esto es, aprovechar la madurez para hablarnos de esa añorada inmadurez.