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Entrevue
Eunice Romero Rivera
Directora de Migraciones, Refugio y Antirracismo de la Generalitat

«Las naciones sin Estado podemos ser mucho más inclusivas»

Nació en la Ciudad de México. Se licenció en Ciencias Políticas y migró a Barcelona para ver cómo era una nación sin estado. Ha investigado sobre identidad, construcción nacional e inmigración. Es directora de Migraciones, Refugio y Antirracismo en el departamento de Igualdad de la Generalitat.

Eunice Romero Rivera. (Idoia ZABALETA | FOKU)

Aunque en la primera parte de esta serie sobre las lenguas minorizadas en las ciudades el sociólogo Xabier Aierdi nos asegurara que en este tema  Catalunya no es nuestro referente, hemos querido conocer de la mano de Eunice Romero Rivera la realidad de este país como complemento o contraste con Euskal Herria. Ha sido una de esas entrevistas que abren ventanas y nos llevan a deconstruir ideas que no teníamos ni inspeccionadas.

La directora general de Migraciones, Refugio y Antirracismo de la Generalitat ha empezado así: «Muchas veces ponemos el foco en la lengua como si fuera una entidad independiente de las personas que la hablan, pero conviene pensar en las hablantes como punto de partida y que todas las intervenciones y políticas se hagan poniendo en el centro a estas personas».

Visión multidimensional

«Nos preocupamos de todas las características de la persona, de las situaciones que está viviendo, cómo se siente... Aquí empieza a ser relevante cómo se vincula el sentido de pertenencia con la cuestión lingüística. Tanto en Catalunya como en Euskal Herria hay una relación fuerte, pero en Catalunya no hay unos límites claros en los que la pertenencia se marque exclusivamente con las catalanohablantes, sino que algunas personas pueden ser hablantes del castellano y sentirse parte de esta sociedad catalana y de este mismo ‘nosotros’».

En su opinión, esto ha sido bastante saludable en la construcción constante de la nación. «Es interesante que la lengua sea uno más de los otros elementos que generan ese sentido de pertenencia». En ese sentido, defiende que «las políticas lingüísticas deben reconocer el patrimonio multilingüe».

Vinculación emocional

«Todos los estudios de sociolingüística demuestran que las personas somos hablantes muchas veces de manera intermitente de diferentes lenguas y eso hace que a veces sea un error considerar a una persona hablante de una lengua u otra», apunta. «Se da una foto fija de algo que es mucho más flexible y móvil como son las prácticas lingüísticas entre diferentes personas y que se reproducen o se producen teniendo en cuenta una serie de coordenadas también jerárquicas que tienen que ver con cuál es la lengua legítima para hablar en cada momento o contexto».

Según la investigadora, abrir esta ventana a entender que las personas somos hablantes potencialmente de muchas lenguas es importante para comprender «cómo puede llegar a ser la lengua un elemento de cohesión o de sentido de pertenencia. Para esto, es vital qué vínculo afectivo se crea con esta lengua».

Eunice Romero Rivera. (Idoia ZABALETA/FOKU)


Diversas luchas agrupadas

Romero recuerda cómo en el momento de las migraciones del Estado español hacia Catalunya el catalán funcionó como elemento cohesionador. Tanto que en las periferias urbanas de Santa Coloma se pidió el derecho de las personas no catalanohablantes a aprender el catalán en las mismas condiciones del resto de catalanas.

«Este es el modelo de inmersión lingüística, que está operativo, amenazado constantemente por una política monolingüe del Estado. Esta reivindicación que se llegó a hacer de diferentes clases y personas, muchas de ellas no catalanohablantes, fue muy importante porque el elemento simbólico de la lengua era de dignidad, progreso social, libertad, contestación a un régimen que se había ensañado contra el catalán. Al mismo tiempo se agrupaban diversas luchas en este símbolo que era la lengua haciendo por ejemplo que muchas personas no hablantes del catalán pudieran quererlo».

«Esto es muy interesante porque a veces perdemos el hilo de lo que queríamos hacer. La política lingüística que hacemos en relación con las migraciones pasa necesariamente por saber cuál es el momento de disponibilidad afectiva de esa persona, cuáles son sus condiciones de vida y cómo puede estar en su paisaje afectivo también la lengua catalana. Es fundamental que el catalán esté siempre y en todas partes pero no necesariamente de manera exclusiva».

Unión entre diferentes

«Está insuflado el pensamiento de Estado: una lengua, una cultura, una nación. Pero no es así. Sabemos que en cada nación, con Estado o sin Estado, hay una diversidad de ejes que traban solidaridades entre las diferentes personas. Hacen sentirse parte del mismo colectivo a diferentes personas. Eso es lo que nos interesa a nivel de cohesión social para tener sociedades más democráticas, dinámicas y sobre todo más igualitarias», reivindica.

«Si ponemos el foco en los hablantes y en todas las dimensiones de su vida, vemos el género de las personas, la racialización y el racismo que sobrevivimos todas las personas que somos inmigradas y racializadas, algunas racializadas y no inmigradas como las gitanas, a través de un montón de procesos y circunstancias que no necesariamente están vinculadas a la cuestión lingüística pero que tienen un impacto sobre ella».

La directora de Migraciones, Refugio y Antirracismo indica que hay que considerar todas estas dimensiones cuando nos hacemos la pregunta de por qué se oye más o menos una lengua minorizada. «No podemos inmediatamente inferir que el hecho de que haya más lenguas pone en riesgo su salud. Aquí se generan un montón de confusiones, que se aprovechan a nivel ideológico para llevar a cabo una agenda lingüicida como puede ser la del Estado español en muchos momentos».

«Desde mi punto de vista, las naciones sin estado tenemos una oportunidad enorme para ser mucho más inclusivas y gestionar con mucha más flexibilidad cómo llegamos a generar este sentido de pertenencia sin esta barrera de un documento como puede ser el pasaporte», subraya.

«Damos por hecho que las lenguas casi tienen que competir por los hablantes cuando puede haber una relación afectiva con la lengua independientemente de que se hable o no. A veces el hecho de que se hable no significa que se esté vinculado con esa lengua».

Políticas de respeto

Sostiene que hay que hacer unas políticas que impliquen respeto y dignidad. «Para que una persona se sienta parte de algo es muy importante la dignidad, los derechos de igualdad, estar preocupadas por el derecho de todas, la representación, la reparación de procesos coloniales...».

Considera importante que haya marcos que permitan la posibilidad de que exista en los ambientes sociales el uso de la lengua catalana ya que «hay brechas que tienen que ver con la clase social».

«Claro que no conocer en absoluto una lengua hace que no puedas formar parte de un consumo cultural y produce los imaginarios de este ‘nosotros’, por lo que no queremos que la lengua sea un motivo de segregación. Por eso nos interesa, por ejemplo, que en la escuela se pueda garantizar el aprendizaje del catalán».

Hiper responsabilización

«El catalán siempre ha tenido mucha más demanda de aprendizaje por parte de personas inmigrantes que oferta. Es terrible», destaca.

«Como sociedad, tenemos que ser capaces de proveer los medios suficientes para que la gente que llega se pueda sentir parte. Esto es obligación del Estado y, en cambio, se desplaza la responsabilidad moralizando al otro y vigilándolo».

«Hace 20 años que vivo en Catalunya y una de las primeras reflexiones que hice cuando llegué fue la hiper responsabilización que teníamos las personas migradas para la supervivencia o no de la lengua cuando no es nuestra responsabilidad. Lo único que hacemos es responder a unos entornos que se comportan lingüísticamente de una manera o de otra. No soy ninguna maravilla por ser catalanoparlante desde los tres meses que vivía en Catalunya sino que llegué a un entorno donde se hablaba catalán», cuenta.

Agrega que otra cosa que perdemos de vista es que las personas que emigran no empiezan a existir en el momento en que cruzan la frontera,  antes ya tenían una vida. «Eso implica que tenemos un montón de patrimonio poco movilizado y reconocido. Muchas son hablantes de diversas lenguas, con lo cual la lengua no supone para ellas un problema tan grande, y podrían conectar desde allí si hay un planteamiento que las dibuja como personas completas y no solo como bocas que tienen que reproducir unos sonidos en una lengua que nosotros queremos que se hable».

Su recomendación es «que veamos toda la complejidad de las hablantes y que reconozcamos en la otra una posibilidad de alianza».