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CRÍTICA «La espina de Dios»

El cine de estampita vuelve por Semana Santa


No es fácil hablar sobre una película que parece salida del túnel del tiempo, y que involuciona hacia el cine de estampita que se solía estrenar por Semana Santa durante el franquismo. Si el inclasificable cinéfilo nostálgico Óscar Parra de Carrizosa hizo una clara confesión ultracatólica con su anterior “Bajo un manto de estrellas”, película consagrada al martirio de los dominicos de Almagro en la Guerra del 36, en “La espina de Dios” ya no hace campaña a favor de las beatificaciones, yéndose directamente a una lectura canónica del Evangelio, con el aire de una misa preconciliar.

La película dura dos horas y media, por lo que se hace tan larga como las cataquesis de la niñez, si bien desde el punto de vista cinematográfico resulta curiosa y desconcertante en más de un aspecto. El actor Sergio Raboso, que interpreta al Mesías, se sale de la limitada representación religiosa con una interpretación hipnótica, como si estuviera en trance y viviera las parábolas que relata en una dimensión más elevada. La iconografía que proyecta, con esos deslumbrantes ojos azules, remite a “Jesús de Nazaret” (1977) de Franco Zeffirelli. Sin embargo, se ve traicionado, cual Judas, por una mala escinificación de su calvario y muerte en la cruz, con imágenes ralentizadas que tratan de imitar en vano a “La pasión de Cristo” (2004) de Mel Gibson.

El paisajismo pictórico está bastante logrado en los exteriores de olivares toledanos, mientras que los interiores buscan inspiración en la austeridad formal de “El evangelio según San Mateo” (1964) de Pier Paolo Pasolini y “Los hechos de los apóstoles” (1969) de Roberto Rossellini. Y aunque hay interés por recoger el habla coloquial del medio rural, a las escenas de grupo les falta la autenticidad antropológica captada en sus retratos humanos por los dos maestros del cine italiano citados como referencia.