07 JUIN 2015 CRÍTICA «Nuestro último verano en Escocia» Los adultos reflejados en el espejo crítico de los menores Mikel INSAUSTI Parece que no se enteran, pero los menores se quedan con todo. Nadie mejor que ellos para conocer las debilidades de los mayores, aunque en el cine por lo general no se suelen salir de su papel inocente y de relleno dentro del retrato familiar. En “Nuestro último verano en Escocia” eso cambia, y el gancho de esta exitosa comedia intergeneracional reside en la utilización del punto de vista de los niños y niñas para juzgar a los adultos como los seres contradictorios e irresponsables que somos. Pero todos llevamos con nosotros el niño que fuimos, y a medida que nos vamos haciendo más viejos pugna por volver a salir dese el más profundo interior. Por dicho motivo se produce una conexión muy especial entre la niñez y la vejez, entre abuelos y nietos, incluso saltándose la generación intermedia de los padres, que son los que dan las órdenes y con los que surgen las peleas o discusiones diarias. La ópera prima conjunta de Andy Hamilton y Guy Jenkin lo refleja de maravilla, gracias a que cuentan con el gran actor escocés Billy Connolly para encarnar la figura del abuelo excéntrico que goza de una total libertad, como jubilado que es, de la que no disponen unos hijos enfrascados de lleno en la tan complicada conciliación de la vida laboral y la familiar. La química que establece con los pequeños Emilia Jones, Bobby Smallbridge y Harriet Thurnbull no puede ser más satisfactoria en su desbordante carga imaginativa y sentido del humor más espontáneo. La jornada playera lo ilustra tan bien, que se acaba convirtiendo en la secuencia estrella de la película. Hay también un encuentro entre abuelo y nietos existencial, porque mientras los padres trabajan por el futuro, los críos bastante tienen con intentar comprender el mistero del nacimiento y la muerte, resumido en el funeral vikingo. Lástima que el final se alargue demasiado con tantos violines.