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ARCO 2016

ARCO PECA DE AUTOCOMPLACENCIA EN LA BÚSQUEDA DE UN NUEVO IMPULSO

CONCLUYE UNA EDICIÓN DE TRANSICIÓN DONDE LOS RESPONSABLES DE LA FERIA HAN PREFERIDO MIRARSE EL OMBLIGO EN LUGAR DE AVANZAR EN LA NECESARIA REDEFINICIÓN DEL PROPIO PROYECTO.


Cualquier gran evento cultural con proyección internacional de cuantos se celebran en el Estado español parece quedar condenado a enfrentarse siempre a la misma disyuntiva: decidir si trae más cuenta ser cola de león o cabeza de ratón. Ocurre con frecuencia que instalados en el confort que procura el autoengaño solemos elegir ser lo segundo mientras nos creemos lo primero. ARCO nunca ha llegado a ser una referencia indiscutible para los grandes nombres del coleccionismo internacional. Durante años mantuvo su “punch” gracias al empuje del comprador local: de un lado las colecciones públicas de museos, centros de arte e instituciones, muchas de cuyas adquisiciones solían cerrarse en esta feria; de otro, el coleccionista privado, el cuál a su vez puede dividirse en dos tipologías: el gran coleccionista (aquel que en un evento como ARCO puede llegar a gastarse entre 20.000 y 100.000 euros) y el pequeño coleccionista, un perfil que se corresponde con profesionales liberales (médicos, arquitectos, abogados) de clase media-alta que, afectados por la crisis, han priorizado sus inversiones y no gastan en arte lo que gastaban antaño.

De este modo, los galeristas han ido perdiendo un tipo de cliente fiel que les sostenía económicamente, aunque en ARCO se daba la paradoja (a tenor de lo que cobra la feria a las galerías presentes por cada metro cuadrado de stand) de que la inversión de este tipo de clientes, si bien se antojaba necesaria, no alcanzaba para cubrir gastos: «Una vez le dije a un artista que ni vendiendo todos los cuadros que de él exponía me iba a alcanzar para pagar la pared de la que estaban colgados», comenta con sorna Juan Ignacio García Velilla, de Altxerri. Y decimos que es paradoja porque, si bien entre las funciones de una feria está la de dar proyección a los artistas emergentes, pocos galeristas son los que pueden permitirse el lujo de apostar por ellos si de lo que se trata es de hacer grandes ventas que justifiquen la inversión que les supone estar en ARCO.

 

Una ocasión perdida

Presa de esta y de otras contradicciones y habiéndose visto resentida por la caída del volumen de negocio que trajo consigo la crisis (que no solo frenó en sus adquisiciones al coleccionista de clase media-alta sino también a las propias administraciones), ARCO lleva unos años tratando de redefinir su propio proyecto en aras de ser una feria que resulte atractiva para los grandes nombres del coleccionismo internacional. De ahí su apuesta por dar cabida a un número de galerías que se mantengan estable (221 de 27 países este año), primando lo cualitativo sobre lo cuantitativo. De ahí también, el hecho de dedicar el 20% de su presupuesto a invitar a la feria a 250 coleccionistas de 33 países y a 150 directores de instituciones y comisarios de bienales, un esfuerzo agradecido por los galeristas. Para evitar la dispersión del visitante y ayudarle a centrar su interés (impulsando con ello sus adquisiciones) se ha potenciado el número de galerías consagradas a exhibir con carácter exclusivo la obra de uno o dos artistas. Todas estas iniciativas, impulsadas en las últimas ediciones, se han visto complementadas este año con la suspensión del programa “País invitado” (según muchos una iniciativa obsoleta) siendo sustituido por otro llamado “Imaginando otros futuros” que, con motivo del 35 aniversario de la feria, ha convocado a algunas de las galerías más prestigiosas del mundo con la idea de poner en diálogo a artistas de distintas generaciones.

Sin embargo, todas estas acciones más otras muchas encaminadas a fortalecer los compromisos de compra y a dotar a ARCO de un peso internacional, han procurado una feria extrañamente anodina con una clara tendencia a la dispersión. Por mucho que sus responsables publicitasen que la edición de este año sería «excepcional e irrepetible», desde fuera la sensación que prevalece es que ARCO ha consagrado sus energías a celebrarse, a festejarse a sí misma, en lugar de centrar sus esfuerzos en la redefinición del propio proyecto. 

 

Cuestiones de identidad

Con todo, no deja de ser curioso que en una edición gris aunque plagada de actividades (como la presentación de los proyectos de arte contemporáneo del programa Donostia 2016 por parte de los equipos directivos de Tabakalera y el Instituto Etxepare), las obras más interesantes de entre las expuestas fueran precisamente las que entraban en diálogo con el concepto de “identidad”, el mismo que marca, hoy por hoy, la hoja de ruta de ARCO. La identidad, eso sí, asumida desde muchos puntos de vista. Si hablamos de identidad nacional pocas obras tan rotundas como “Apátrida por voluntad propia. Sobre la prisión de lo posible”, de la catalana Nuria Güell, exhibida en la galería ADN. En ella, la artista documenta su propia solicitud de renunciar a la nacionalidad española sin voluntad por adquirir ninguna otra, mostrando la vulnerabilidad del individuo ante la maquinaria burocrática. También el donostiarra Sergio Prego juega con la identidad nacional en “Sequence Ikurriña”, donde explora los pabellones de la bandera vasca como si se tratara de una pajarita de papel de pliegues infinitos.

Las derivas del colonialismo en la confección de una identidad impostada están en el centro de la obra de muchos creadores latinoamericanos como el colombiano Marcos López, quien en su “Suite bolivariana” (exhibida en la galería El Museo) asume el legado de los muralistas mexicanos para mostrar la penetración cultural estadounidense en Latinoamérica a través de una imagen que remite al famoso alzamiento de bandera en Iwo Jima y de ciudadanos colombianos portando camisetas de franquicias de la NBA ante un fondo donde Hugo Cháves, Evo Morales o el Ché emergen como simples iconos inanimados pintados en la pared y Juan Domingo Perón y su esposa Evita como improbables flotadores. El argentino Lux Linder también apela a las nuevas formas de colonialismo en su serie “Activación de las membranas mágico-políticas”, un story board sobre los sueños de los argentinos que emigran a Europa y que se reducen a improbables fantasías por triunfar en el mundo del fútbol o por conseguir un automóvil último modelo.

La galería Beta Pictoris de Birmingham, Alabama, expuso el trabajo de dos artistas cuyas obras, de gran fuerza expresiva, también entraban en diálogo con el concepto de identidad. De un lado la joven de origen persa Tavarat Telepasand apela a la irreverencia para reflexionar sobre la imposibilidad de reconciliar sujeto y objeto en la representación de la mujer islámica en obras como “West Toxicated” o “Selfish for Muslims”. De otro, Travis Somerville toma “La balsa de Medusa” de Gericault como inspiración para toda una serie de obras donde expone las tensiones raciales sobre las que se ha venido forjando la historia de EEUU. La exaltación de la violencia como forja patriótica también está en los dibujos que conforman la serie “Héroes mil” del colombiano Juan Fernando Herrán.

Mientras, Eugenio Merino, en la galería ADN, ofrecía una doble reflexión sobre identidad política e identidad económica en “El muro” (un conjunto de ladrillos que simulan ser tomos de diversos textos constitucionales) y en “El otoño del capitalismo” (una serie de hojas caídas grabadas como dólares). Motivo este que también estuvo presente en la bandera tejida con billetes con la efigie de George Washington que el brasileño Lourival Cuquinha expuso en la galería Baró de Sao Paulo.