28 FéV. 2016 Lolita, luces y sombras Iratxe FRESNEDA Periodista y profesora de Comunicación Audiovisual Las dictaduras se caracterizan por la vigilancia de las comunicaciones, pero estas adquieren formas amables y sus efectos se sienten como caricias. Una frase del libro de Guy Debord “La sociedad del espectáculo” (1967) señala que el espectador &bs;«cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes menos comprende su propia existencia y su propio deseo». Una idea que enlazo con la dictadura de las imágenes que pertenecen a nuestros imaginarios colectivos, en los que se asumen como “naturales” los modos de contar y ver que asumimos. Nada tienen de naturales e inocuos: nos llevan a actuar y pensar de una manera dirigida. Con los años y los conflictos que surgen tras el enfrentamiento de ideas y pensamientos, me he aburrido de ver y entender el mundo de la manera en la que nos enseñaron. Echo de menos “otro” punto de vista. Entre las imágenes que repienso está la de “Lolita” de Stanley Kubrick. Cada vez que me asomaba a la “Lolita” de Vladimir Nabokov lo hacía visualizando una relación vertical, no igualitaria, olía la pederastia e imaginaba a Lolita como una niña en el infierno de los abusos sexuales. “Lolita” es una obra maestra, nos dicen y, mi modo de “ver” la novela, desde la justificación “subliminal” de la misoginia, es algo que está muy por debajo del consenso. Me puede la tendencia a desaprender lo que las dictaduras comunicacionales me han enseñado, pero debo reconocer que ese también es otro modo de ver.