18 MAR. 2016 CRISIS POLÍTICA EN BRASIL La derecha saca músculo El autor analiza las maniobras de la oposición brasileña para desacreditar tanto la figura política de su presidenta, Dilma Rousseff, como a su Gobierno, al hilo de las recientes movilizaciones en contra de la gestión de la jefa del Estado y para reclamar al Parlamento su destitución a través de un juicio político. Luismi UHARTE Parte Hartuz Ikerketa Taldea El objetivo de la marcha era múltiple. Por un lado, presionar al Congreso para que materialice el impeachment (destitución parlamentaria), un golpe parlamentario de facto similar al que sufrió el expresidente Fernando Lugo en Paraguay. Por otro lado, pedir el encarcelamiento del anterior mandatario, Lula da Silva, por supuesto caso de corrupción, justo en el momento en que este se ha manifestado dispuesto a presentarse a las presidenciales de 2018. Finalmente, desacreditar al PT como opción de gobierno, bajo el argumento de graves casos de corrupción. Los eslóganes principales de la manifestación así lo indicaban: «¡Fora (Fuera) Dilma!», «¡Fora Lula!», «¡Fora PT!». La trama. La movilización hay que entenderla como un acto más de una obra dirigida por los poderes fácticos, en la que se articulan una parte importante de la elite empresarial (destacando la Federación de Industrias de Sao Paulo-Fiesp), el latifundio mediático (con el gigante comunicacional O Globo a la cabeza), los partidos de la derecha tradicional y sectores ultras de la judicatura y la Policía. El pretendido desenlace de la obra y fin político supremo es el regreso al poder ejecutivo de los administradores históricos del Estado (partidos oligárquicos) tras 13 años de intervalo petista inevitable. Para llegar al citado desenlace la trama debe transcurrir por diversos actos. Un acto reciente fue la detención de Lula en el marco de un operativo policial absolutamente desproporcionado y espectacular (decenas de uniformados fuertemente armados) bajo una cobertura mediática muy agresiva. El objetivo expreso era la criminalización del expresidente y fundamentalmente su neutralización como posible candidato, ya que todavía conserva un amplio apoyo ciudadano y tendría grandes posibilidades de ser reelegido. Un análisis socio-antropológico de la movilización oligárquica del pasado domingo nos permite identificar dos ejes estructurales en su puesta en escena: por un lado, un patriotismo de corte reaccionario y, por otro lado, una falsa apariencia de movimiento ciudadano. Patriotismo reaccionario. La movilización se estructuró a partir de un eje político-emocional de inspiración supuestamente patriótica. La defensa de la patria frente a los corruptos, el orgullo de ser brasileños frente al cáncer bolivariano (extranjero) que acecha, la apelación a un imaginario interclasista simbolizado en el color amarillo de la selección, en contraposición a la supuesta lucha de clases que predica el PT. Uno de los eslóganes de la manifestación sintetiza esta idea: «Nossa bandeira jamais será vermelha» («Nuestra bandera jamás será roja»). La liturgia patriótico-reaccionaria llegaba a su punto más emotivo con el canto del himno nacional, acción repetida de manera reiterada en diversas partes del recorrido. A nuestro lado, una señora rubia blanca de mediana edad, oprimiendo con su mano derecha el corazón y cantando extasiada el himno nacional fue la expresión más genuina de este espíritu. ¿Movimiento ciudadano? El otro eje vertebrador de la movilización fue la apariencia de constituir un acto impulsado por un movimiento ciudadano diverso. Aunque el decorado y el espectáculo eso pretendían, la realidad era bien distinta. La fuerte inversión en escenarios y plataformas gigantes desde las que los «movimientos» lanzaban sus proclamas contra la corrupción indicaba que solo grandes empresas podían sostener un gasto de esa magnitud. El perfil mayoritario de las gentes movilizadas (estratos medio y medio alto blancos) también evidenciaba la escasa diversidad sociológica y la ausencia de capas populares y de población negra y mulata (mayoritaria eso sí, entre los vendedores ambulantes). Los movimientos que fuimos cruzando por el camino eran una «diversa» mezcolanza de ultraliberales, conservadores y retardatorios. Los niños blancos de Açao Popular gritando desgañitados contra el PT eran la antítesis del color y el sabor de la favela. El predicador encaramado al púlpito-escenario alertaba del apocalipsis que se avecinaba: «Van a acabar con todo, con la iglesia, con la familia, con todo». El movimiento Endireita (Endereza) Brasil no necesitaba discurso: su nombre lo dice todo. Los jovencitos de Brasil Novo eran la expresión más sublime de la «nueva» política: una combinación virtuosa de ultraliberalismo y frivolidad. Su cartel estrella rezaba: «Menos impostos, mais crescimento! Menos Marx Mais Mises!». El broche final lo pusieron miembros de la Policía encaramados a una plataforma apelando a la construcción de más cárceles ante una multitud que los vitoreaba. En la Avenida Paulista, sede hace casi un siglo de los principales bancos y empresas y símbolo de la oligarquía brasileña, el domingo 13 la derecha sacó músculo. No sedujo a las clases populares, pero demostró una capacidad de movilización espectacular. Mientras tanto, el Gobierno del PT, tras los recortes aplicados en los últimos tiempos, tiene a sectores importantes de sus bases desmovilizados y desilusionados. De cualquier manera, frente a esta trama golpista, las diversas organizaciones de izquierda han hecho un esfuerzo de articulación para responder en las calles. El pasado 13 demarzo, miles depersonas, la mayoríavestidas con la camiseta de la selección de fútbol abarrotaron la Avenida Paulista de Sao Paulo. La derechainstrumentalizó los colores de la selección nacional contra lapresidenta Rousseff.