09 SEPT. 2016 CRÍTICA «Sparrows» Es difícil echar a volar sin terminar de salir del nido Mikel INSAUSTI Un año después se estrena comercialmente la película que ganó la Concha de Oro en Donostia la pasada edición. Es de esos títulos que no hacen mucho ruido por si solos, y que ha tenido la suerte de verse favorecido por el buen momento que atraviesa el cine islandés en los festivales internacionales, aunque “Sparrows” es muy distinta de “Corazón gigante” o “Rams”, que han llegado más al público de otras latitudes. El segundo largometraje de Rúnar Rúnnarson siempre va a tener una recepción más fría y limitada, por su carácter intimista y un tanto apagado. “Sparrows” es puro existencialismo adolescente, y se puede enclavar perfectamente en el cine “teen”, si bien en su vertiente más contemplativa, al reflejar una juventud vacía o echada a perder en un lugar olvidado en medio de la nada. Tiene una clara impronta autobiográfica, toda vez que el joven protagonista ya protagonizó el corto de Rúnarsson “Two Birds” (2008), del que viene a ser una prolongación en el tiempo. Continúa con las metáforas ornitológicas que identifican a su alter ego, debido a que el pajarito del cuento no es capaz de echar a volar libremente, al no poder acabar de salir del nido familiar. En realidad “Sparrows” refleja un paso atrás en la vida del muchacho, cuando se ve obligado a volver a la casa paterna de su infancia. El choque de su sensibilidad urbana de Rekiavik con el embrutecimiento rural en los apartados fiordos del noroeste de la isla será insuperable, debido al absoluto condicionamiento ambiental que supone vivir a unos 200 kilómetros de Groenlandia. La gente acostumbra allí a recurrir a las bebidas de fuerte graduación alcohólica para soportar un clima tan hostil, y su padre no es una excepción, lo que le impide la comunicación lúcida con su hijo. La situación está vista con una sensibilidad muy “emo”, casi desde dentro de una burbuja poética protegida de las inclemencias externas.