07 JAN. 2017 La credibilidad como moneda de cambio electoral Dabid LAZKANOITURBURU No seré yo quien vaya a creer a pies juntillas a la CIA, el FBI y el resto de la cohorte de los servicios de Inteligencia de EEUU. Y menos cuando si damos por buenas las denuncias contra el ciberespionaje a cuenta de los rusos, su propia credibilidad para evitarlo, o para mitigar sus efectos –que es para lo que les pagan –, ha quedado a la altura del barro. Dicho esto, me niego a caerme del guindo y a aplicar esa máxima que rechaza, por principio, todas las acusaciones que tienen como destinataria a la «¿santa?» Rusia. Hace tiempo renuncié a intentar entender las razones por las que algunos dedican tanto esfuerzos en exculpar a todo lo que no tenga etiqueta Made in USA. Y es que, además, y puestos a elucubrar, lo que a mí me parecería extraño es que Rusia no hubiera utilizado todos los medios a su alcance para buscar la victoria de Trump, quien en campaña y una vez elegido no ha dudado en elogiar a Putin y, sobre todo, en intentar cerrar el paso a Hillary Clinton a la Casa Blanca. ¿O es que nos creemos que Putin ha olvidado los llamamientos de la entonces secretaria de Estado de EEUU a la oposición rusa a que saliera a la calle en el marco de las protestas en Moscú y San Petersburgo tras las polémicas elecciones parlamentarias de diciembre de 2011? Seguro que Rusia también recuerda la injerencia de EEUU y sus aliados europeos en las llamadas revoluciones de colores en el espacio postsoviético, la última de ellas en el Maidan ucraniano (2013-14). Que conste que, valga la redundancia, rememorar todo esto es una constatación, nunca una justificación del proceder de unos o de otros –eso que lo hagan otros–. Es evidente que la respuesta iracunda de la Administración Obama y, en general, del establishment estadounidense, recuerda a la del mal perdedor. Pero, por la misma regla de tres, que Trump haga suyas las palabras de Putin y de Assange huele a un intento de reivindicar la limpieza de su victoria. Cuando nadie hasta el momento, ni la CIA ni sobre todo los análisis de aquellas elecciones han podido demostrar que Rusia influyó decisivamente en su resultado. ¿O va a ser que sí?