11 MAR. 2017 Esas víctimas despreciables Amparo LASHERAS Periodista Astutos como serpientes y sencillos como palomas (Mateo 10-16)». Este versículo, compendio de la hipocresía en el comportamiento eclesiástico, fue el consejo del Arzobispo de Iruñea a los sacerdotes pederastas de su diócesis para no que no les pillen in fraganti, ni sean presas de chantaje, si mantienen relaciones sexuales con menores, atrapados en el mundo de la exclusión y la marginación. Al parecer lo único que le importa al Arzobispado es que sus párrocos, en sus furtivas correrías sexuales, se comporten con sagacidad y se muevan con tiento, guardando las apariencias que corresponden a su respetable condición social. Su posible culpabilidad en un delito de corrupción de menores no cuenta. Al fin y al cabo, en estas situaciones, al adolescente, oscuro objeto de deseo, si es pobre, se le suele considerar una mercancía sexual, una vida sin derechos, una más de las muchas que se destrozan todos los días en sacristías y parroquias o en el submundo del comercio y la explotación sexual. A los sacerdotes de Iruñea, adultos y chantajeados por una banda de delincuentes también adultos, les ocurre lo que a los timados con el tocomocho. La codicia en unos y la falta de escrúpulos en el caso de los clérigos les termina convirtiendo en víctimas idóneas y depreciables de delitos muy habituales en los ambientes del «hampa», como se diría en Hollywood.