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Entrevue
JUAN RETANA
ESCRITOR

«La reacción de la gente de Iruñea después de la intervención policial les pilló de sorpresa»

Coincidiendo con el cuarenta aniversario de los sanfermines de 1978, el escritor iruindarra narra en la novela «22 de septiembre, San Fermín» los trágicos sucesos de aquel año, de los cuales fue testigo de primera mano.


Durante aquellos sanfermines, Juan Retana era un camarero novato, que se enfrentaba nervioso al caos sanferminero tras la barra de la cafetería Roma, a solo cien metros del Gobierno Civil; además, como Germán Rodríguez, el mozo que cayó abatido por las balas de la Policía y cuyo crimen, cuarenta años después todavía sigue impune, militaba en LKI. Testigo de primera mano, por tanto, de aquellos acontecimientos, en “22 de septiembre, San Fermín”, publicada por Pamiela, Retana describe minuto a minuto aquellas fiestas arrebatadas a los pamploneses, los cuales se resarcirían en los sanfermines chiquitos de septiembre, que la ciudad todavía recuerda con emoción. Por las páginas de esta novela coral deambulan, entre otros muchos, personajes como los sociólogos Mario Gaviria y Henri Lefrebve, el propio Germán Rodríguez, o un trasunto del autor, quien años más tarde ganaría el Premio Villa de Bilbao con el polémico en su día relato “Epitafio del desalmado Alcestes Pelayo”, enviado a la hoguera por el primer edil de la villa. Desde entonces Retana ha recibido diferentes premios, como el Max Aub, el Kutxa Ciudad de San Sebastián de cuento o el Francisco Umbral de novela. Entre sus publicaciones recientes destacan obras como “Gentes de otro lugar” o “Preguntádselo a Katherina Meier, cuentos del siglo corto” (2012).

La novela se publica coincidiendo con el 40 aniversario de los sanfermines del 78. ¿Ha sido algo premeditado o una bonita casualidad?

Más casualidad que premeditación aunque en la recta final sí que decidimos hacer coincidir la presentación con el 40 aniversario. Yo he tardado mucho en escribir esta novela, que comencé a finales del 2011, y creo que esa tardanza se explica bien por las dos dedicatorias que ha tenido. Comencé dedicándose a “Zaiditu, que dentro de poco cambiará de nombre” cuando esperábamos en un proceso eterno la llegada de nuestro hijo y he acabado con una dedicatoria a mi padre, que murió hace tres años. La paternidad y la orfandad que me hicieron ralentizar la escritura permitiéndome, a cambio, presentarla en el marco del 40 aniversario.

¿La idea que sobrevuela todo el libro es que la fiesta acabara de ese modo trágico era algo planeado?

No, o al menos no era esa mi intención. Sí es cierto que en la novela, que es coral, con muchos personajes y por lo tanto muchos puntos de vista, hay quien deduce en caliente que todo estaba planeado de antemano, pero yo no he querido hacer una novela de tesis porque tengo más dudas que certezas sobre lo ocurrido en los sanfermines del 78, aunque haya utilizado las certezas para hilvanar una trama que conduce a la intervención policial de día 8. La certeza de que la tensión político-social vivida en los meses anteriores a los sanfermines fue descomunal. La certeza de que los aparatos del Estado y especialmente los represivos eran furibundamente franquistas y tenían un resquemor evidente con Navarra, que había pasado en pocos años de ser una provincia leal al alzamiento a ser una provincia traidora. La certeza de que el día ocho todas las medidas de protesta que hasta entonces habían organizado las peñas se habían desactivado. Y una intuición que es casi una certeza. Tanto si estaba planeado como si no, la reacción de la gente de Pamplona después de la intervención policial, y especialmente, desde que se conoció la muerte de Germán, les pilló de sorpresa. No estaban preparados para semejante insurrección que mantuvo un asedio al Gobierno Civil durante más de cuatro horas.

En la novela se distinguen dos partes, una primera en la que se hace una inmersión en las fiestas, y una segunda tras el momento en que estas se rompen. Respecto a la primera, en algún momento se habla de la intención de hacer una especie de «Ulises» sanferminero, aunque también es una parte que se acerca al costumbrismo. ¿Cómo abordó esa parte del libro?

Yo creo que hay tres partes. Una primera en que la tensión política le echa un pulso a la fiesta, la segunda en que la fiesta se impone y la tercera en que la fiesta se rompe. Supongo que te refieres a la segunda, que pretende ser un retrato de los sanfermines y no solo de aquellos sanfermines. Es una parte que puede acercarse al costumbrismo pero que me resulta esencial, narrativamente hablando, porque me permite anestesiar al lector, sobre todo al que no conoce la historia, con el sopor de la fiesta y de las historias personales que se van trenzando, generando en torno a ellas pequeños suspenses, para que la ruptura del día ocho le desconcierte como nos desconcertó a nosotros. Lo del “Ulises” sanferminero es un guiño en boca de un personaje más que una intención, porque la estructura de la novela me vino a la cabeza en mi enésimo intento de acabar la novela de Joyce, tras leer un capítulo en que una docena de personajes secundarios se cruzan en el centro de Dublín hilvanando narrativamente lo cotidiano.

Para retratar los sanfermines resulta muy acertado ese protagonismo coral, en tercera persona, que sin embargo se rompe con el personaje del camarero bisoño, que narra en primera persona. ¿Por qué?

Porque soy yo. Yo estaba trabajando en la cafetería Roma, en Paulino Caballero, a cien metros del Gobierno Civil y a otros tantos de donde cayó Germán. Una zona que se convirtió en el frente de Gandesa, primera línea de fuego y que estuvo en litigio durante varias horas. Podía haber elegido mimetizarme en la tercera persona con otros personajes pero en un momento dado me di cuenta de que narrarme en primera persona me permitía dar pistas de lo que acabaría pasando, pensadas sobre todo para el lector que no conociera la historia, porque yo era el único personaje que podía saber el final, el camarero bisoño convertido en narrador omnisciente.

La segunda, o tercera parte parte corresponde al momento en que la fiesta se rompe. ¿Cómo recuerda aquellos días?

Yo, en aquel tiempo, militaba en la LKI y fue de madrugada, al salir de la cafetería, que se había convertido en hospital de campaña, cuando me enteré de la muerte de Germán paseando por unas calles desoladas, con mi padre, que se había agenciado una máquina de fotos y el golpe fue descomunal. El domingo lo recuerdo por el dolor y el activismo. El lunes lo marcó el funeral, que resultó abrumador. Y el martes fue un día desconcertante, al menos hasta que nos llegó la noticia de la muerte de Joseba Barandiarán. De hecho yo por la mañana volví a incorporarme al Roma. Pero la bronca, la insurrección, la viví como espectador, eso sí, más en el escenario que en primera fila.

Otra de las ideas que se apuntan en el libro es el de la lucha entre dos legitimidades, la de la autoridad, la Policía, y la de las peñas o la ciudad, que por unos días son dueñas de Iruñea. ¿Se podía entender como una idea o una metáfora política que trasciende los propios sanfermines?

Desgraciadamente no. No creo que se pueda trasladar más allá de los sanfermines. La idea la apunta en la novela Henri Lefebvre y yo me aprovecho de ella, tanto para explicar una de las características de los sanfermines, su peculiar autogestión y dilución del concepto de autoridad, como para subrayar la apabullante presencia policial en el entorno de la plaza de toros en medio de un ambiente ya rabiosamente festivo que tanto le sorprende al sociólogo francés.

Para acabar, usted vive en Sabadell ya desde hace muchos años, ¿cómo ve los sanfermines ahora, si es que vuelve de vez en cuando a ellos?

Vuelvo muy a menudo y eso quizás me hace perder la perspectiva. En lo fundamental –la fiesta incansable que no da horas de tregua, que tiene reglas aunque no las tenga generando un caos organizado donde la creatividad anónima se generaliza– lo veo igual que hace cuarenta años. Aunque en los sanfermines lo accesorio acaba teniendo tal importancia que puede modificar lo fundamental sin que te enteres. En la novela, en la parte de pura fiesta, hay una larga descripción del encierro del día siete que en lo esencial podría servir para los encierros de hoy en día: toros y gente corriendo. Pero en lo accesorio, que acaba siendo fundamental porque es lo que me obliga a utilizar veinte páginas para describir tres minutos, es posible que no se reconozcan.