30 AOûT 2018 FESTIVAL DE CINE DE VENECIA Huida hacia la Luna Victor ESQUIROL Dos años después, volvemos a estar en ese punto. En el mismo en el que nos encontrábamos, por cierto, cuatro años atrás. La historia se repite, no hay duda. En 2014, recordemos, un tal Damien Chazelle se decidió a abrir el 30º Festival de Sundance con su segunda película, la brutal “Whiplash”, y nos dejó temblando durante el resto de certamen. En 2016 la criatura reapareció en Venecia, dando el pistoletazo de salida de aquella 73ª edición con la magia musical de “La La Land”, y no paramos de mover el esqueleto durante las dos siguientes semanas. Ahora, en 2018, el hombre se volvió a encargar de romper el hielo. Empezó la 75ª Mostra por todo lo alto. En la estratosfera. Se abrieron las puertas de la Sala Darsena (la más bonita del mundo) y alguien gritó “¡Ignición!”, y así arrancó el espectáculo. “First Man (El primer hombre)”, una de las cintas a priori más oscarizables de la temporada, se presentó mundialmente en la ciudad de los canales. Al final de la proyección, un escenario inesperado. Los vítores y ovaciones a los que nos había acostumbrado Mr. Chazelle se convirtieron en poco más que un puñado de aplausos discretos. Decepción, es así. Este biopic dedicado a Neil Armstrong, con Ryan Gosling y Claire Foy encabezando el reparto, desconcertó (sobre todo esto) a la parroquia «chazelliana», entre la que me incluyo. Esta es, conviene saberlo, la primera película de este joven autor en la que el guion no está firmado por él, y se nota. Durante las más de dos horas de metraje, la experiencia remitió demasiado a las angustias de quien se ha perdido e intenta desesperadamente volver a casa. Cuando Chazelle consigue llevar este texto que no es suyo hacia lugares que sí le pertenecen, entonces es cuando la película nos hace creer que se elevará. La conquista de la Luna, ese momento estelar de la humanidad, se salda en huida. Hacia la inmortalidad, claro, pero también (y sobre todo) en escapada de uno mismo. La primera película de esta Mostra nos habló, efectivamente, de ese primer paso... y de, sorpresa, el miedo más vertiginoso: el de enfrentarse a los conflictos humanos. Arriesgado ejercicio de introspección en el espacio exterior, apoyado en una apuesta formal aún más arriesgada (y por ello, admirable). La fobia ahora concierne a los planos generales: Chazelle se encierra y nos encierra en una cabina que parece que va a ceder en cualquier momento. Todo se tambalea; todo vibra... pero no de aquella manera tan electrizante. Sí lo hace con el temor constante al desmorone, fruto este de las dudas de quien se debate entre lo convencional del pequeño paso, o lo sublime del gran salto. Y de la Luna pasamos a hundirnos en la tierra. Venecia ya tiene esto. La Sección Giornate degli Autori abrió con otro nombre de peso. El camboyano Rithy Panh volvió a regalarnos una valiosísima pieza documental sobre cómo las heridas históricas pueden llegar a calar en la geografía (humana). Su “Graves Without a Name” volvió a invocar la memoria para exorcizar así los fantasmas de un pasado que nunca debe darse por enterrado. Del que, desde luego, no se debe huir.