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EDITORIALA

«Niños de la mochila», un castigo que avergüenza


Las navidades que tocan a su fin son habitualmente ciclos informativos en que las noticias de tono amable se cuelan con más facilidad, aprovechando en parte que la agenda política e institucional se reduce drásticamente. Pero Euskal Herria ha sido durante años una excepción, también en esto. Esta semana se han producido efemérides que ayudan a dar perspectiva al momento actual, recordando de paso que los paréntesis para buenas noticias aquí han sido muy escasos, casi nulos, durante demasiado tiempo.

Se han cumplido, por ejemplo, diez años del atentado de ETA contra la sede central de EiTB en Bilbo, que produjo graves daños materiales aunque afortunadamente no personales, y doce años de la deflagración en la T4 de Barajas, que costó la vida a Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio y mostró que aquel proceso de negociación tampoco iba a llegar a buen puerto. Las navidades que quedaron justo entre medio tampoco estuvieron exentas de sufrimientos ni de malas noticias: si diciembre de 2007 acababa con la muerte de Nati Junco cuando acudía a visitar en prisión al novio de su hija, enero de 2008 empezaba con un detenido llamado Igor Portu en la UCI y al borde de la muerte por las torturas.

Pasada una década desde todos esos hechos, parte mínima de una secuencia que parecía interminable, Euskal Herria atraviesa hoy otra situación y puede disfrutar el periodo navideño de otra manera. Pero existe una excepción clamorosa: la de los cientos de familiares abocados a recorrer distancias enormes para ver a los suyos, este fin de semana de Reyes, el anterior de Nochevieja, el de la víspera de Nochebuena y Olentzero... El dato objetivo es que de todas las desgracias referidas, solo una podría repetirse hoy, solo esa violencia política persiste. Y por eso, esta navidad se cerrará de nuevo con una movilización fijada en el calendario mental y sentimental de decenas de miles de vascos: en este caso dos, Bilbo y Baiona, el próximo sábado 12.

Escándalo político, irresponsabilidad humana

El alejamiento sigue hoy condicionando totalmente, y además poniendo en riesgo evidente, las vidas de miles de ciudadanos vascos. Todos y todas son inocentes, pero algunos además están especialmente indefensos ante esa muestra de crueldad anacrónica y gratuita. Los «niños y niñas de la mochila», por ejemplo, padecen impotentes la situación que hoy recoge GARA: 70 menores están siendo obligados a recorrer más de mil kilómetros de distancia para poder ver a su padre o madre preso, en ocasiones tras un cristal y durante apenas 40 minutos.

Sin ir más lejos, esta semana la compañera y el hijo de dos años del preso Garikoitz Aspiazu tuvieron un accidente tras visitarlo en Arles, a 665 kilómetros de casa.

No hay explicación ni justificación posible. A estos niños y adolescentes, una política carcelaria vengativa les castiga con las consecuencias de un conflicto respecto al que ni siquiera pudieron tomar posición porque ni habían nacido. Si algún responsable de esa política fuera interpelado sobre si acaso están pretendiendo castigar a los padres a través de los hijos, seguro bajaría la cabeza.

Se analice desde el corazón o desde la cabeza, es una perversión política, un escándalo social y además una irresponsabilidad humana que hay que denunciar antes de que sea tarde, porque ¿quién asumiría una desgracia tan dolorosa y a la vez tan evitable? ¿A qué esperan para eliminar ese riesgo? ¿Hasta cuándo?

¿Quién no defiende a estos menores?

Esto ocurre en un contexto histórico en que, como concepto y práctica, los derechos de los niños y niñas han experimentado un enorme desarrollo en pocos años. Y se produce en una parte del mundo que se siente especialmente garantista e inclusiva. Por eso esta anomalía supone una excepción penosa y abre un espacio de maltrato gravísimo por venir de la Administración, cuya misión es garantizar esos derechos y no vulnerarlos.

En este tiempo y lugar no faltan entes públicos, ONGD y organismos enfocados a velar por los derechos de la infancia. Es cierto que últimamente la situación de estos «niños de la mochila» ha alcanzado notable difusión pública tras muchos años, décadas, desaparecida o desapercibida, pero eso a su vez hace muy notorios algunos silencios. Sigue habiendo muchas puertas que tocar, y probablemente demasiadas ganas de no ver. Pero este no es un problema de un colectivo concreto, es una cuestión de conciencia para toda una sociedad, un tema que no puede dejar indiferente a nadie.