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Entrevue
EDUARDO RODRIGÁLVAREZ
ESCRITOR

«El Bilbo de ‘Cuando vengan los míos’ tenía el encanto de la mugre»

El periodista bilbaíno Eduardo Rodrigálvarez se estrena en el género de la novela, con una historia policiaca que se ubica en el Bilbo de los años 60 y en el que la trama –el descabellado plan de unos chiquiteros para asesinar a Franco– se salpica con pasajes de acertado tono literario y poético, y otros más humorísticos.


Cuando vengan los míos, publicada por Txertoa, es la primera obra literaria de un autor que, no obstante lleva años fajándose en el periodismo y dejando su impronta en cada una de las crónicas que ha escrito para medios como “El País”, “Deia” o “El Periódico de Catalunya”, o en algunos de los libros en los que ha dejado constancia de otra de sus grandes pasiones, el Athletic (“Historias de San Mamés”, “Un soviético en la Catedral”, “100 jugadores del Athletic: de William a Williams”).

La novela nos traslada al Bilbo de la década de los años 60, trazando una atinada ambientación que consigue evocar aquella época gris, incluso sus olores (a carajillo, sacristía y Varón Dandy) y un Bilbo con la ría como mugrienta espina dorsal en el que transcurren las vidas tragicómicas de los personajes (los chiquiteros anarquistas o el poli bueno y virgen, perdido y desorientado en medio de la brutalidad de las comisarías franquistas), todo ello manteniendo siempre la tensión de una buena novela de género negro.

«Cuando vengan los míos» es su primera novela, después de toda una vida escribiendo para prensa. ¿Qué es lo que le decidió a hacerlo? ¿Era una historia que siempre había llevado consigo en la cabeza?

Fueron tantos años madurando la novela antes de escribir una sola línea que corría el riesgo de agotar la idea sin ponerla en práctica. Además necesitaba medirme, saber hasta donde era capaz de llegar.

El periodismo y la literatura tienen muchos lugares comunes, pero parten de presupuestos distintos y a mí el periodismo no me dejaba tiempo para dedicarlo a la novela. Pero jamás abandoné la idea ni cambié de tema.

“Cuando vengan los míos” se tituló así desde el principio, algunos personajes sí los modifiqué, pero la novela no varió demasiado. Desde que surgió el primer chispazo nunca se movió de mi cabeza y lógicamente iba dando saltos con leves modificaciones, pero seguía sin escribir. Me daba vértigo empezar y tener que dejarlo. Tenía claro que la novela no admite parones. La novela te tiene que atrapar a ti para que luego, si es posible, atrape al lector.

La novela se ubica en una época y un lugar muy concretos. ¿Tuvo claro siempre que Bilbo iba a ser uno de los protagonistas de la historia?

Sí, sin duda ninguna, pero no por un ejemplo de bilbainismo sino porque en la época que quería que se desarrollase la novela necesitaba que fuera Bilbo, el Bilbo gris de los sesenta, el franquismo puro y duro y las huelgas obreras. Y además era un Bilbo ya conocido por mí, aunque tuviera solo seis años, y además me iba a costar menos el trabajo de campo para reubicar las actuales calles o locales a los de aquella época. La verdad es que aquel Bilbo era una foto en blanco y negro de la vida cotidiana, ahora es una postal de cien colores, más útil, más sana, más viva, menos santurrona. Pero aquel Bilbo tenía el encanto de la mugre.

Aunque se trata de una novela de género se aprecia en ella una clara voluntad de estilo, hay aciertos literarios, pasajes más poéticos, otros más humorísticos… Da la impresión de que usted se ha sentido cómodo escribiéndola y la ha llevado a su terreno…

Nunca he creído en los géneros cerrados y monolíticos, novela negra, de misterio, ciencia-ficción… Hay que afincarse en uno de esos lugares pero sin renunciar al estilo, en mi opinión. En lo que yo escribo, ya sean crónicas o novela, jamás voy a renunciar al sentido del humor ni a la poesía, espero conseguir que sea en su justa medida. No es una mala mezcla. Y en “Cuando vengan los míos” se puede combinar la novela negra más fuerte, los muertos más inesperados con, por ejemplo, una referencia poética.

Los géneros no deben tener estilo, o mejor dicho, un solo estilo. Por eso cada uno juega las cartas, nunca mejor dicho, como mejor sabe. Cuando vengan los míos tiene un punto de partida y un final previstos antes de comenzar a escribir. Todo lo demás, a veces lo sugieren los personajes que son los auténticos enredadores de la trama. A veces yo les ayudo en sus enredos para que no se despendolen demasiado.

Sí, porque el plan del asesinato de Franco a manos de unos chiquiteros parece inicialmente algo chusco, pero no tardamos en ver que debajo de él hay mucho más, que usted quería descubrirnos la tragedia o tragicomedia de sus vidas en aquella época gris.

Al final, el posible asesinato de Franco a manos de estos chiquiteros comunistas o anarquistas, con el desencanto a flor de piel, doblemente derrotados en la guerra y en la paz, esconde mucho más que un juego, un juego de alto precio. Hay tragicomedia en sus vidas, aunque lo sepan demasiado tarde.

¿Que nos puede contar del personaje de Vela, ese policía inocente y honesto, virgen en medio de toda la miseria física y moral de la época?

Anselmo Vela fue el personaje que más me costó construir. Hacerlo honesto, inocente, virgen, amante de la poesía que lee a escondidas o convertirlo en un policía más del franquismo como sus compañeros de la comisaría, a guantazos por los calabozos con los puños como único argumento en los interrogatorios. Me decidí por el primer retrato porque aportaba sorpresa, y porque seguramente, no lo sé, hubo en aquella época algunos policías que desde su afección al Régimen tenían comportamientos distintos. Pocos, eso sí. Quién sabe si ninguno…

¿Y recuperará al personaje? ¿Se animará con nuevas novelas?

Sin duda que intentaré escribir nuevas novelas. Lo único que he hecho en mi vida ha sido escribir, así que no puedo dejarlo. Una vez que supere la travesía del desierto en la que te deja sumido el último trabajo, saldré de la sequía y volveré a enfrentarme con el folio en blanco. Ya hay un par de ideas flotando en mi cabeza y, sí, en una de ellas contaría con Anselmo Vela, aunque un Anselmo que vuelve sorprendernos.