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PROCESO DE PAZ ENTRE EL GOBIERNO Y LAS FARC-EP (I)

«QUIEN FUERA MI OBJETIVO MILITAR EN EL CAUCA, ESTÁ AHORA SENTADO A MI LADO»

OSVALDO MENDOZA, CONOCIDO COMO PACHO QUINTO EN LAS FILAS DE LAS FARC-EP, Y LEONARD YAMID INFANTE LEÓN, CORONEL RETIRADO, COMBATIERON EN EL MISMO ÁREA, EL UNO CONTRA EL OTRO. AHORA, COMPARTEN MESA Y UN MISMO OBJETIVO, HACER PEDAGOGÍA DE LA PAZ Y DEL PROCESO. AMBOS HAN PARTICIPADO EN DONOSTIA Y BILBO EN LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO «HACIA LA RECONCILIACIÓN. UNA MIRADA COMPARTIDA ENTRE EL PAÍS VASCO Y COLOMBIA», UN TRABAJO CORAL DE LA UNIVERSIDAD JAVERIANA DE CALI (COLOMBIA) Y LA UNIVERSIDAD DE DEUSTO.


«Es la primera vez que estoy sentado con un excoronel del Ejército colombiano y un excomandante de las FARC-EP que en tiempos de guerra tenía 350 hombres y mujeres a su cargo. No es un hecho normal. Si entre todos logramos llegar a la reconciliación y al perdón y a la justicia y equidad social, habrá valido la pena haber vivido», asegura Henry Acosta, uno de los artífices del proceso de diálogo entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC-EP y facilitador del mismo, y autor del libro «El hombre clave. El secreto mejor guardado del proceso de paz de Colombia».

Ha dedicado dos décadas a la búsqueda de la paz. Antes de que Santos jurara su cargo como presidente, Acosta le envió una carta manuscrita emplazándole a iniciar un «una negociación política del conflicto armado con equidad y justicia social, porque la alternativa es el desangre y la pobreza arraigándose en nuestra patria».

A su lado, Osvaldo Mendoza, alias Pacho Quinto, quien ingresó en las FARC-EP a la edad de 13 años. Con el grado de comandante, tuvo bajo sus órdenes a 350 hombres y mujeres en el Frente Franco Benavides. Contra él combatió Leonard Yamid Infante León, coronel retirado del Ejército y actualmente asesor estratégico de riesgos para la industria palmera.

A la pregunta de qué diagnóstico hacen de la situación actual, Acosta responde en tono pesimista. «Lo que se firmó en noviembre de 2016 fue la terminación del conflicto armado entre la insurgencia de las FARC-EP y el Estado, no fue la paz. Se ha avanzado muy poco. La última vez que hablé con el expresidente Santos en junio de 2018, me dijo que no le iba a apostar a la reincorporación colectiva. La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) poco a poco se va desmejorando y los temas de drogas ilícitas también se van complicando. Lamentablemente, la cosa no va bien. Siendo muy benévolos, diría que el Acuerdo Final, de 380 páginas, se ha cumplido en un 25-30%», señala.

Mendoza es el responsable del antiguo Espacio Territorial de Capacitación y Territorial (ETCR) conocido como La Elvira, en el departamento del Cauca, donde estructuras de las FARC-EP hicieron dejación de armas. «Yo soy un poco más pesimista que Henry. Yo digo que hemos avanzando menos del 20% porque en lo único que hay algunos avances es en materia de reincorporación económica. Pero estos avances no se han dado de la misma manera en todos los ex ETCR, que eran 23», subraya.

«Pedimos garantías»

Para este excombatiente, el «mayor avance» fue «parar el derramamiento de sangre entre la fuerza pública y el movimiento insurgente al que yo pertenecí. Eso fue un avance grandísimo. Pero, se ha avanzado muy poco en la implementación. Lo que pedimos al Gobierno son garantías de seguridad física y jurídica, que nos dejen hacer política. No queremos más. Estuvimos en armas 53 años y prácticamente solo con nuestro esfuerzo y el apoyo de las comunidades sostuvimos una guerrilla con 12.000 integrantes. Asimismo, podemos levantarnos de la nada, simplemente lo que queremos es que nos dejen hacer política».

«El tema de la seguridad es muy complejo y no solo para nosotros, sino también para los líderes de organizaciones sociales y de derechos humanos. Cada día aumentan los asesinatos. En estos momentos hay una ola de asesinatos contra los indígenas. Esto va a ponerse peor», pronostica.

Pese a este oscuro panorama, Mendoza incide en que las esperanzas de los excombatientes están puestas en los acuerdos. «Mi compromiso sigue intacto y el camino no es tomar las armas nuevamente».

Con Leonard Yamid Infante León en la silla contigua, afirma que «estar juntos en un mismo espacio para que el acuerdo no se acabe y buscar soluciones es algo muy importante».

«Quien fuera mi objetivo militar en el norte del Cauca está en estos momentos sentado a mi lado. Si bien lo distinguía por informaciones de inteligencia y por fotografías, hasta hace cuatro días no lo tuve enfrente y pude estrecharle la mano», manifiesta Infante.

Concuerda con Acosta y Mendoza en la «complejidad» del proceso en Colombia y en que «si bien se llegó a un acuerdo con el actor armado más importante, desafortunadamente el negocio del narcotráfico, de la minería ilegal y elementos que carecen de ideología promovieron que otros grupos que no estaban en el proceso de acercamiento con el Estado empeza- ron a migrar hacia las zonas que dejaron las FARC».

«Si más de 12.000 hombres y mujeres que fueron combatientes de las FARC-EP no se reincorporan social y económicamente, pasa lo que me preguntaban los combatientes en las zonas veredales en el momento en el que se estaban reincorporando: ‘señor, ¿de qué vamos a vivir, nos van a matar, nos van a meter en la cárcel?’ Cada día estamos más cerca de responder afirmativamente a esas tres interrogantes. Una de las tres cosas va a pasar o, de pronto, las tres», vaticina Acosta.

«La reincorporación es absolutamente necesaria. Pero, Estados Unidos y Canadá no la están apoyando, porque todavía consideran a las FARC una organización terrorista pese a haber firmado el acuerdo de paz. Y lo que la UE está apoyando es proyectos de desarrollo rural –si en ellos hay excombatientes, bienvenidos–. La cosa está muy complicada», lamenta.

Ante la pregunta de cómo pasar página pese a todas las dificultades y motivar a los excombatientes, Mendoza responde con un «nada fácil».

«En la fase previa a la dejación de armas, me paraba en un salón y soltaba un discurso. Para enero de 2016, la zona donde nos íbamos a concentrar debía estar lista. Cuando llegamos allá con el camarada Pablo Catatumbo –negociador plenipotenciario en la mesa de La Habana–, no se había hecho ni la primera explanación. No había nada. Se tardó más de ocho meses. Pero durante este intervalo de tiempo ya se había hecho la dejación de armas. Nuestros discursos previos no se cumplieron. El mismo día que estábamos dejando las armas, una compañera guerrillera me preguntó si nos iban a cumplir porque la única garantía que teníamos eran las armas», recuerda.

«Siempre nos levantamos»

Reconoce que ya sin armas se sentían como «si estuviéramos desnudos. Sin armas se acaba la disciplina militar y empezó haber desesperación porque dentro de los campamentos estábamos a merced de cualquier cosa. Escuchábamos un avión y pensábamos lo peor, porque no hacía ni un año que había parado la confrontación armada, que entre 2012 y mediados de 2015 alcanzó una alta intensidad; los combates duraban hasta tres meses y eran diarios. Nos tocó cambiar el discurso que habíamos manejado hasta ese momento: Yo les decía, se comprobó que las fuerzas militares no nos pueden derrotar ni nosotros tampoco, ya tomamos un compromiso y vamos para adelante. Está ganando el pueblo, el mundo. Y eso en sí ya es una ganancia». «La guerra no fue fácil, pero siempre nos levantamos. Sabemos que la paz es aún más difícil, pero también aún más importante», resalta. Para él, «lo más difícil» ha sido «la desmovilización mental» y cambiar «el chip de comandante».

Sobre este aspecto, Acosta remarca lo siguiente: «La desmovilización mental de alguien que estuvo en armas es muy complicada. Osvaldo hace rato que ya no es comandante, pero en las zonas le siguen llamando comandante. Lo mismo ocurre con los militares. Leonardo es un coronel retirado pero él se presenta como coronel. Eso pesa enormemente. Y nosotros, los que estamos en la vida civil, tenemos que desmovilizarnos mentalmente y empezar a mirarlos como ciudadanos».

«Yo estuve en el periodo en que el conflicto fue más intenso. La más maravilloso es que salieron 16.000 armas de un conflicto. Eso es una ganancia extraordinaria para un país. La desmovilización mental parte de entender que uno fue actor en un momento, tiempo y circunstancia y que hoy somos personas, seres humanos, buscando un bien común», concluye el excoronel del Ejército.

«Si bien la búsqueda de la paz es un anhelo general, ¿quién más que un soldado quiere la paz? Porque somos nosotros quienes nos enfrentamos en armas. En Colombia pasa como si esto fuera un partido de fútbol; hay alguien en las tribunas mirando cómo dos se enfrentan y hay gente que está fuera del estadio bailando, divirtiéndose y no le interesa el fútbol. Ese es un símil del conflicto colombiano. ¿Qué hubiera pasado si Osvaldo y yo nos hubiéramos matado? Pues que el conflicto hubiera seguido. Busquemos consensos, formas de encuentro y convencimiento para quienes todavía tienen la visión de acabar con el otro. No acabemos con el otro; crezcamos, desarrollemos, impulsemos y mejoremos», destaca como broche final de su intervención.