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UNA GRAN MUJER (BEANPOLE)

Es hora de acordarse de las mujeres que sufrieron la guerra y sus consecuencias


El gran cine ruso tiene relevo generacional porque el joven Kantemir Balagov es discípulo del maestro Aleksandr Sokúrov, y ya con su ópera prima “Demasiado cerca” (2017) sorprendió en Cannes, dentro de la sección Un Certain Regard, llevándose el FIPRESCI de la crítica internacional, pese a que abordaba la violencia en la pequeña y semidesconocida República de Kabardia-Balkaria. Con su segundo largometraje “Una gran mujer (Beanpole)” (2019) ha vuelto al mismo festival y a la misma sección, obteniendo en esta ocasión el premio a la Mejor Dirección. Además la película ha sido seleccionada por Rusia para el Óscar de Habla No Inglesa.

“Una gran mujer (Beanpole)” (2019) sobresale por su condición pictórica, con una extraña luminosidad que retrata a sus personajes en medio de un tiempo oscuro, por más que la elección de la directora de fotografía Kseniya Sereda, que es todavía más joven que Balagov, pueda parecer fuera de lugar. No es así, al lograr un efecto inmersivo en el espectador, que se siente transportado al duro periodo de la posguerra en 1945 con una mirada renovada. El cine bélico siempre ha hablado de los hombres enviados al frente, pero rara vez se ha interesado por las mujeres que sufrieron y sobrevivieron a la guerra en pésimas condiciones.

Iya (Viktoria Mirsohnichenko), también conocida como Beanpole, trabaja de enfermera en el Leningrado que sufrió el asedio de las tropas alemanas durante 900 días, atendiendo a heridos y mutilados. Es amiga de la soldado Masha (Vasilisa Perelygina), y ambas se consideran amigas de la artillería antiaérea. Intentan reencontrarse a sí mismas en plena reconstrucción de la ciudad, pero por el camino han perdido muchas cosas. Las heridas sufridas por Masha le impiden ser madre, y el hijo que dejó al cuidado de Iya ha muerto accidentalmente.