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Entrevue
DAVID LLORENTE
ESCRITOR

«Estamos en una época en la que escasean los autores comprometidos»

David Llorente posee una destacada trayectoria como dramaturgo. En 2016 se estrenó en el género negro con «Te quiero porque me das de comer», a la que siguió «Madrid: Frontera», ambas galardonadas en la Semana Negra de Gijón. Acaba de publicar «Europa», donde expande los límites del noir hacia el género fantástico para construir una devastadora fábula sobre una sociedad al borde del colapso.


“Europa” comienza por ser una historia de venganza para convertirse, progresivamente, en otra cosa, acaso en un mosaico sobre una realidad social tóxica donde cualquier iniciativa individual y colectiva para plantar cara al establishment está condenada a ser hábilmente manipulada y destruida por el poder político cuando no a alimentar la amenaza del fascismo. Se trata de una novela hiriente e incómoda que confirma a David Llorente (Madrid, 1973) como un autor singular.

Sus anteriores novelas se movían dentro de un registro de novela negra. Aquí parte de un presupuesto similar pero va llevando el relato al paroxismo hasta el punto de que «Europa» resulta una obra inclasificable. ¿No temió desconcertar al lector con esa mezcla de géneros?

Cuando empecé a escribir esta novela tenía muy claro que quería escribir algo que trascendiera los límites que imponen los géneros literarios. Está claro que “Europa” comienza por ser una novela negra al uso, pero luego el argumento avanza por unos derroteros que me exigían echar mano de elementos propios de otros géneros como la novela gótica, la ciencia ficción o la literatura social. Yo no sé si esa mezcla puede llevar a desconcierto al lector, pero tuve mucho cuidado de que este no se perdiera en los recovecos de una novela que, en cierto modo, tiene algo de extremo. De hecho, pensando en eso fui depurando y recortando páginas.

 

En todo caso el maridaje que se da entre el relato criminal y el relato fantástico en su versión distópica funciona muy bien. ¿Cree que se trata de dos géneros fronterizos?

Yo creo que hoy en día debería haber una corriente de novela social que, en la práctica, no existe y ese espacio viene a ser ocupado tanto por el género negro como por las distopías; la novela negra en su análisis del mal y la distopía porque es un tipo de relato que especula sobre nuestro futuro en tiempos de incertidumbre. Eso hace que sean dos géneros ideales para abordar temáticas sociales.

 

¿Y por qué cree que no existe esa corriente de novela social?

Porque estamos en una época en la que escasean los autores comprometidos. Cuando escribes una novela social estás obligado a tomar partido por algo, pero hoy en día es difícil tomar partido cuando resulta que estás condicionado por la necesidad de caer bien en determinados ámbitos a fin de evitar que te señalen como un personaje incómodo. Eso te lleva a cuidar mucho qué dices y qué no dices en tus novelas y a medir mucho tus palabras en aras de no perder lectores, lo cual es absurdo porque al final el lector es un ser inteligente y sabe cuando un autor escribe con honestidad.

 

El eje del relato lo constituye el conflicto entre un asesino en serie y su padre, un genocida al que intenta emular y combatir a partes iguales. ¿Se trata de una metáfora política?

La trama de la novela parte de un personaje que me parecía muy poderoso pero para el que me costaba construir un pasado, hasta que vi claro que dicho personaje tenía que ser el hijo de Max Luminaria, un asesino en serie que creé hace dos novelas. Sobre esa base fui montando el relato de alguien que pretende arrasar con todo para construir un mundo nuevo a la medida de sí mismo y fue ahí cuando percibí que eso reflejaba una idea de colapso social que podía servirme para hablar de algunas de las coyunturas que nos han conducido a ese punto de no retorno en el que nos encontramos: la corrupción política, la violencia de género, la crisis medioambiental, el trato que dispensamos a los inmigrantes, etc. Es esa situación la que hace emerger a un personaje como Max, cuya idea es que la especie humana merece la extinción.

 

Pero sobre ese personaje pesa la sombra del fascismo cuando no, más específicamente, del franquismo.

Sí, de hecho hay referencias muy claras como ese gran mausoleo proyectado por él mismo cuya magnitud da sombra y frío a toda la ciudad de Madrid. De hecho, en un momento de la novela el sarcófago donde descansa Max se abre y su fantasma baja a la ciudad a proclamar que su legado se mantiene vivo.

 

Me imagino que cuando empezó a escribir «Europa» no podía ni imaginar que su publicación coincidiría con un momento como el actual. ¿No siente que la realidad supera cualquier intento de acercarse a ella en términos apocalípticos?

Un escritor poco puede hacer en ese sentido. Únicamente escribir de manera honesta y tener la suerte de contar con unos lectores con capacidad crítica. Lo que ocurre es que la realidad resulta mucho más poliédrica que cualquier novela. Yo puedo ponerme a pensar el más disparatado de los argumentos y luego encender la tele y contemplar situaciones que ni tirando mucho de imaginación se me hubiera ocurrido que pudieran darse.

 

La novela está llena de referencias a situaciones que forman parte de la agenda mediática: la presencia del fascismo en el parlamento, el juicio a la manada o el blanqueamiento del franquismo por parte de la clase política. ¿Por qué forzó esas conexiones con la actualidad?

Por un afán de ser coherente conmigo mismo. Yo no me pongo delante de un folio en blanco pensando a ver qué escribo, sino que, de repente, percibo algo que me hace daño, que me inquieta, que me duele y es ese malestar el que me hace ponerme a escribir. A través de mis novelas quiero compartir con el lector esas sensaciones y es por eso por lo que me veo impelido a tocar todos aquellos temas que están en la génesis de ese malestar. Yo no puedo, ni quiero, escribir sobre cosas que me dejan indiferente.

 

En un momento de la novela hay una expectativa de que triunfe una revolución social, pero al final las cosas cambian para que todo siga igual.

Escribir literatura social, aunque sea bajo la égida de la novela negra, te obliga a ser congruente con la realidad. Yo no puedo hacer que triunfe el bien y mucho menos identificar el bien con las fuerzas del orden. Igual en otros países la figura del policía justiciero funciona pero, ¿aquí? ¿con las cloacas a pleno rendimiento? Y tampoco me puedo permitir vender falsas esperanzas sobre la fuerza de la colectividad para levantarse y plantar cara al poder porque las cosas no son así de fáciles. En un momento dado puedes salirte del redil, pero una vez que salgas te van a volver a meter dentro.

 

¿No hay motivos de esperanza?

La esperanza no está en pensar que hay un futuro donde triunfarán la justicia y la verdad, eso, viendo como están las cosas ahora mismo, se antoja una utopía. La esperanza está en constatar que la gente es capaz de pelear, de luchar, y eso ya resulta un motivo de optimismo. Aunque soy de naturaleza pesimista, a veces pienso que si somos capaces de resistir y de no perder la cara a la maquinaria a la que nos enfrentamos, siempre podremos obtener alguna pequeña victoria en la defensa de nuestros derechos.

 

¿Cree que en esa lucha el pasado nos condena tal y como parece indicar en el libro?

Lo que creo es que es muy difícil despojarnos de nuestra identidad y los que siempre hemos estado abajo, en el pozo, resulta bastante improbable que lleguemos a salir de él, pero tenemos que seguir luchando por poder asomar la cabeza algún día.

 

Quizá por eso hay un empeño tan grande por tener a la gente desencantada y desmovilizada.

Totalmente, y eso se percibe muy bien en el desprecio hacia la cultura. Son alarmantes los indicadores que muestran cómo, cada vez, son menos personas las que leen un libro, pero eso al poder político le resulta irrelevante, es más, le beneficia, porque un lector perdido es una conciencia crítica eliminada.

 

¿Qué papel cree que juega la tecnología en todo este proceso? En su novela hay una reflexión muy poderosa sobre cómo aquellos que tienen la tecnología tienen el poder.

Actualmente existen ya muchos avances tecnológicos, científicos y médicos que están planteando situaciones revolucionarias y que, por motivos morales o éticos, apenas trascienden a la opinión pública. Yo lo que hago en esta novela es dar por extendidas muchas de esas prácticas, que tienen que ver con trasplantes, injertos para crear híbridos entre el ser humano y la robótica y técnicas de regeneración celular, y especular qué pasaría si quienes hoy detentan el poder contaran con todas esas herramientas a la hora de determinar el destino de los ciudadanos. Y eso no es ciencia ficción. No hay nada de fantástico en mostrar la tecnología como un instrumento de dominación.

 

Sin embargo, muchos ciudadanos defienden la expansión tecnológica como un camino hacia la democratización del conocimiento.

Si no tienes acceso a la información es malo, pero peor aún es tener acceso a miles de fuentes de información distintas sin poseer las herramientas necesarias para discriminar. Yo soy profesor y en mis alumnos veo no ya un desconocimiento muy extendido sobre ciertas cosas, sino que la mayoría de ellos viven inmersos en el caos. Oyen y leen miles de cosas pero son incapaces de diferenciar lo que les sirve de lo que no, entre otras cosas porque son personas que no han cogido un libro en su vida y eso te deja la cabeza muy pequeña y el cerebro muy cerrado y, como tal, eres más susceptible de ser manipulado.

 

Pero, tal y como muestra en su novela, esos procesos cuentan, muchas veces, con nuestra propia aquiescencia. ¿Por qué nos dejamos manipular tan fácilmente?

Porque no somos conscientes de ello o quizá sí pero pensamos que es lo natural, porque además aquel que es crítico y destaca por serlo enseguida es machacado por sus pares. Eso es algo que también veo en mis alumnos: el chaval al que le gusta leer lo esconde en aras de no convertirse en un apestado. La cultura está bajo sospecha y la ignorancia se exhibe sin pudor y hasta de manera arrogante.