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ARCO clausura una edición plena de sobriedad y arte comprometido

La pintura, la escultura y la fotografía volvieron a dominar los stands de las galerías presentes el la Feria. Las instalaciones y las performaces perdieron peso en esta 39ª edición de ARCO, un año que, para muchos, era de transición y que, en cierto modo, ha marcado un regreso a ese arte esencial donde el compromiso de los creadores con la realidad social orienta sus búsquedas de un modo más decisivo que la reivindicación de su propia singularidad.


Hablar de arte comprometido se antoja, a estas alturas, una tautología. El compromiso está en la esencia misma del proceso de creación artística. La necesidad de los creadores por ir definiendo su propuesta, por hacerse oir, ya implica un gesto de desafío. El debate debería estar focalizado en las formas elegidas para plasmar ese compromiso. A tenor de lo visto en esta edición de ARCO, bien puede decirse que vivimos tiempos de emergencia social y que esa futilidad con la que a menudo el artista tiende a perderse en los ecos de su propia voz se desvanece frente al peso de una coyuntura social que nos supera. La mejor performance de este año fueron las mascarillas que, en las jornadas en las que la feria permaneció abierta al público, portaban una cantidad significativa de visitantes en plena sicosis por la propagación del dichoso “coronavirus”. Fuera de ahí, el arte performativo estuvo prácticamente desterrado de catálogo en una edición donde las formas más clásicas de expresión artística (pintura, escultura y fotografía) en sus diferentes técnicas tuvieron mayor protagonismo que en ediciones pasadas.

Quizá porque se está volviendo a un arte esencial en forma y contenido. Buena prueba de ello fueron las múltiples obras que se vieron en ARCO donde los artistas, lejos de impulsar intervención alguna en el espacio público, prefirieron erigirse en simples testigos de las acciones de protesta que acontecen en él y documentarlas. Buen ejemplo de ello es la obra “Primera línea” de Fernando Prats, que pudo verse en el espacio de la galería Joan Prats de Barcelona: un vídeo donde se recogen las protestas acontecidas en Santiago de Chile el pasado año y dos banderas del país sobre las cuáles se leían, escritos con aerosol, algunos de los lemas que se dejaron oír aquellos días, como la proclama feminista: “El violador eres tú”. Otro ejemplo, “El capital te culea”, una imagen de la mexicana Teresa Morgolles que capta este lema sobre la fachada de un cine abandonado y otro más “El ex hospital de San Giovanni en Trieste”, un díptico fotográfico de la vallisoletana Dora García donde se recogen los grafitis que adornan este antiguo centro médico italiano con un mensaje nada ambiguo en primer término: “La verità è rivoluzionaria”.

 

Memoria histórica

Otro modo de comprometerse con la realidad en estos tiempos de peligroso revisionismo es apelar a la memoria histórica. En una edición huérfana de obras polémicas, la que más comentarios suscitó fue el cuadro “Franco no fue tan malo como dicen” de Riiko Sakkinen, autor finlandés afincado en el Estado español. Una obra abiertamente irónica donde junto a un retrato del dictador se enumeran sus presuntos logros sociales, una retahíla de tópicos y falsedades a los que apela la ultraderecha para blanquear la reputación del sátrapa. Según Sakkinen, la idea de ejecutar esta obra, que pudo verse en el stand de la galería Forsblom, le vino dada por su hijo que en cierta ocasión le comentó haber oído en el colegio la frase que da título al cuadro, que convierte a Franco en una suerte de icono pop. Este intento por apelar a formatos populares para reflexionar sobre nuestro legado también estaba en los neones del artista suizo Uriel Orlow que, inspirándose en el genocidio armenio, buscó deslumbrar a los visitantes con dos frases para la reflexión: “La historia es el futuro. El futuro es la Historia”, una obra que exhibió la galería parisina Mor Charpentier. En el stand de la turinesa Giorgio Persano también lucían unos neones, obra del chileno Alfredo Jaar, en los cuales se revindicaba la figura del fundador del PCI Antonio Gramsci con un mensaje claro: “Antonio Gramsci ritorna!”, otro modo de hacer memoria histórica para intentar dar forma a nuestro futuro.

También conviene mirar al pasado para confrontarnos con un fenómeno como el de la cosificación de la mujer que, lejos de ser un asunto vinculado al momento actual, ya fue diseccionado en su día por artistas veteranas como la estadounidense Kiki Smith (en el stand de Lelong pudieron verse varias obras suyas en distintos soportes donde se cuestiona el estigma en la representación del cuerpo femenino) o la alemana Annegret Soltau, cuya obra fue exhibida en ARCO por la galería Anita Becker de Berlín.

El modo en que nos relacionamos con nuestro entorno también inspiró muchas de las obras exhibidas en la feria, cuestionando el carácter absurdo que subyace en esa idea de progreso vinculada a la conquista del espacio físico: la insostenibilidad de las grandes aglomeraciones urbanas late en una obra como “Madrid”, de Isidro Blasco, una creación a medio camino entre la maqueta y el pop-up, mientras que el argentino Leandro Erlich mostraba el carácter efímero de ese ideal de desarrollo con una gran escultura que recrea un atasco automovilístico utilizando materiales naturales: arena de playa, agua y sal. El arte vasco con esa veta telúrica, que parece definir la búsqueda de nuestros creadores, no fue ajeno a este argumento, como lo prueba “Archipiélago”, la última obra de Maider López: «Es un proyecto que realicé hace unos meses en Suecia que muestra la relación de las personas con la naturaleza. Localicé una serie de islotes separados por agua y en cada uno de ellos aislé a un individuo con la idea de retratar la imposibilidad de un contacto físico entre ellos, si bien de esa imposibilidad emergen relaciones. En el fondo también es un retrato de cómo la subida del nivel del mar y otras catástrofes naturales que estamos provocando tienden a aislarnos cada vez más», nos explicó la artista donostiarra frente a esta serie de fotografías expuestas en el stand de Espacio Mínimo. La galería madrileña también acogió una de las últimas series de esculturas del gasteiztarra Juan Luís Moraza, los llamados “tripalium”: «He querido reflexionar sobre ese mandato social que nos obliga a ser productivos y laboriosos hasta en el ocio. Estamos continuamente preparándonos y compitiendo ya sea en el amor o en la amistad. Por eso, en estas últimas esculturas he querido inspirarme en la raíz etimológica de la palabra ‘trabajo’, que viene del griego ‘tripalium’, que era un yugo hecho con tres palos que servía como instrumento de tortura. Y dado que la palabra trípode también viene de ahí, en estas obras he querido vincular ambos conceptos y hablar de la capitalización productiva».