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La pandemia, el verano y la falta de emoción amenazan la participación


¿Va a bajar la participación? Y si lo hace, ¿cuánto? Es la pregunta que trae de cabeza a los cocineros electorales de los partidos. Es uno de los parámetros más difíciles de calcular, pero las previsiones que cada partido hace condicionan la dirección que se imprime a una campaña. Si uno cree que la participación va a la baja, centra sus esfuerzos en garantizar que sus fieles –o al menos quienes le hayan votado alguna vez– acudan a las urnas; si por el contrario prevén que la participación va al alza y se incorporan nuevos votantes, la estrategia será diferente.

Para la cita del próximo domingo nadie pone la mano en el fuego, pero es difícil encontrar a un analista que defienda que la participación vaya a crecer. Si finalmente baja, lo difícil va a ser determinar por qué, puesto que hay al menos tres elementos que invitan a pensar en una menor asistencia a las urnas.

El primero es el coronavirus, la pandemia y los temores que aún nos acompañan, a algunos más que a otros. Observar qué ha pasado en países vecinos que han celebrado elecciones últimamente puede dar algunas pistas. Como se ve en la tabla anexa, en casi todos ha bajado notablemente –especialmente en el Estado francés–, salvo en Polonia, donde ha subido 15 puntos. Hay para todos los gustos, pero la tendencia es clara.

Otro elemento que puede incidir es la fecha: 12 de julio, verano. Siempre son días complejos en los que cuesta más acercarse a las urnas. Por último, la aparente poca emoción de las elecciones –las encuestas nos han machacado en este sentido– puede desanimar a quienes permanezcan en la duda.

El voto por correo

¿En qué podemos fijarnos para saber qué puede ocurrir? Además de los resultados en otros lugares, los únicos datos reales que tenemos son los de las solicitudes del voto por correo, que efectivamente ha crecido notablemente respecto a otras citas con el Parlamento de Gasteiz. Sin embargo, las 125.255 solicitudes registradas no son muchísimas más que las 107.710 que se realizaron en las estatales del 28 de abril de 2019. No es casualidad: aquellos comicios coincidieron con puente y en Gasteiz, con San Prudencio. Resulta arriesgado deducir un aumento de la participación a partir del crecimiento del voto por correo. Si tenemos en cuenta que son dos los elementos que empujaban en esta ocasión a ese voto –vacaciones y coronavirus–, quizá el alza no sea tan destacable. Imposible saberlo hoy.

Las encuestas

Hasta aquí los números reales. Las herramientas de evaluación a partir de ahora son encuestas, con todos los riesgos y las incertezas que conllevan, tal y como recuerda Asier Etxenike. Hasta ahora, la mayoría deja entrever una participación algo más baja o muy similar al 60,02% de hace cuatro años. El último EiTBFocus, por ejemplo, señala una participación asegurada del 55%, con un 15% en la duda.

El CIS sitúa esa participación asegurada en el 60,2%, pero cabe recordar que hace cuatro años auguraba un 72%. De hecho, en el mismo CIS, el 66,2% de los encuestados dice que sigue la campaña con poco o con ningún interés, diez puntos más que hace cuatro años.

En la misma línea, y aunque la baja audiencia de ETB1 merece otros análisis, cabe señalar que el debate del jueves fue seguido, de media, por 8.000 personas. Hace cuatro años, lo estuvieron siguiendo, de principio a fin, 34.000 personas.

¿Abstención asimétrica?

Hay razones para pensar, por lo tanto, que, aunque las encuestas no lo señalan claramente, la participación puede ir a la baja. Ya veremos cuánto. La siguiente pregunta, en cualquier caso, es a quién puede beneficiar ese descenso. Sin bola de cristal y sin encuestas que prevean esa bajada de la participación, la respuesta es: depende. Pero cabe señalar, de entrada, que una alta abstención beneficia a priori a los partidos con una base electoral más movilizada y más fidelizada. Son PNV y EH Bildu.

Queda otra pregunta pendiente, de respuesta prácticamente imposible, pues depende de la influencia que pueda tener o no el contexto de alarma sanitaria. Es decir, depende de algo tan íntimo y tan difícil de medir como el miedo. De algo tan volátil como el estado con el que se levante mucha gente el domingo electoral, influenciada por lo que haya leído, visto u oído en los días previos.

Si este elemento incidiese finalmente en la participación, cabe preguntarse seriamente si lo haría en toda la población por igual. Hay indicios para pensar que puede variar según las franjas de edad. Por ejemplo, la encuesta de Lehendakaritza sobre el coronavirus publicada en mayo apuntaba que el miedo a contagiarse era del 15% entre los jóvenes y del 38% entre los más mayores. Cabe pensar que, si el miedo influye en algo, lo puede hacer en mayor medida entre los votantes más veteranos.

¿Y a quién votan? Básicamente al PNV y al PSE. Según el sociómetro de Lehendakaritza de marzo –previo al confinamiento–, el 33% de los mayores de 65 años vota al PNV y el 11% al PSE–. Por contra, entre los 18 y los 29 años se imponen EH Bildu, con el 27,3% y Podemos, con 13,2%. PNV y PSE cimentan su mayoría en el voto de los más mayores, que son además quienes más acuden a las urnas en circunstancias normales.

De aquí se extrae una hipótesis según la cual una abstención vinculada al miedo al coronavirus podría afectar en mayor medida a los dos partidos de gobierno. ¿Suficiente como para alterar los resultados más o menos previstos? Francamente complicado, teniendo en cuenta que hay otros elementos –como el verano y la poca emoción que genera la contienda– que pueden afectar más al voto de los más jóvenes. Que nadie se engañe, son hipótesis que tendrán que pasar el filtro de la realidad el próximo domingo.