01 SEPT. 2022 Recuerdos de la perestroika Isidro ESNAOLA La casualidad ha querido que Mijaíl Gorbachov haya muerto unos días antes de que se cumplan 35 años de mi llegada a Moscú. Ahora todo el mundo se queja de lo mal que hicieron las cosas, pero entonces el ascenso de Gorbachov a la Secretaría General del PCUS en 1985 y la perestroika fueron un extraordinario revulsivo para la izquierda. Recuerdo, por ejemplo, que en 1990 Txalaparta publicó un libro colectivo titulado “Perestroika: la revolución de las esperanzas”. Me sorprendió especialmente el caos de la vida diaria que contrastaba con el fuerte control político e ideológico del partido que se intuía, sobre todo, en los medios de comunicación. Al mes de llegar, Boris Yeltsin criticó abierta y públicamente la lentitud de los cambios en una reunión del Comité Central. Aquello era algo inaudito, la gente se quedó pasmada. Para entonces ya estaba claro que había una fuerte resistencia a las reformas. Yeltsin fue apartado del Politburó, pero aquella intervención resquebrajó definitivamente el poder del PCUS y abrió las puertas a una conversación sin límites. Un año más tarde, en la universidad, los debates en las clases entre estudiantes y profesores eran ya épicos. Algunos profesores, muchos de los que enseñaban las asignaturas más ideológicas (historia del PCUS, materialismo histórico...) se vieron completamente perdidos; todas sus referencias se derrumbaron de golpe. Svetlana Aleksiévich recogió algunos de aquellos testimonios en “Fascinados por la muerte”, un libro que desgraciadamente no está traducido. Las primeras discusiones fueron sobre la represión estalinista. Los estudiantes extranjeros comentábamos que era un ejercicio que a veces rayaba el masoquismo. Los alumnos rusos lanzaban sus despiadadas críticas con la superioridad moral de quien se sabe limpio de polvo y paja, mientras que los profesores purgaban su culpa, al menos de haber callado durante mucho tiempo. Los conversos trataron de redimirse acusando todavía con más vehemencia. Uno de los grandes debates giraba en torno a si lo ocurrido durante los 70 años de poder soviético había sido inevitable o no. Aquel año, por ejemplo, se publicó un libro colectivo “Иного не дано” (algo como “No fue dado de otra manera”) en el que aquellos que fueron considerados los ideólogos de la perestroika (Yuri Afanasiev, Aleksandr Yakovlev...) explicaban su visión sobre las reformas. La mayoría de ellos eran representantes de la generación de Gorbachov, que en su juventud vivió el deshielo de Jrushov tras el estalinismo. Entonces se publicaron por primera vez los manuscritos económicos y filosóficos de 1844 en los que aparecía un Marx más humanista y bastante alejado del determinismo histórico oficial. Fue una generación cuyos sueños de un socialismo más humano quedaron enterrados por el estancamiento que llegó con Leonid Brezhnev. Aquellos sueños de juventud de la generación de Gorbachov resurgieron con la perestroika, pero esta vez con un modelo concreto: el de la socialdemocracia liberal de los países escandinavos. A diferencia de los dirigentes chinos, que analizaron el capitalismo y sacaron conclusiones que luego aplicaron a las condiciones de su país, los dirigentes soviéticos se limitaron a intentar copiar el modelo liberal sin considerar las condiciones objetivas y subjetivas, y terminaron destruyéndolo todo. Enseguida tomaron el relevo los debates económicos. Las primeras reformas para impulsar las cooperativas y la iniciativa privada tuvieron un efecto demoledor, lo único que lograron fue que algunos avispados comenzaran a amasar inmensas fortunas. En este aspecto las teorías liberales encajaban perfectamente con el creciente radicalismo de los reformistas. Ideas simples que no necesitan mayores explicaciones: libertad de empresa, liberalización de precios, etc. Simplicidad y radicalidad en la que no había espacio para el compromiso. En ese contexto, llegó el golpe de Estado de 1991 y la posterior disolución de la URSS. Gorbachov fue acusado por todos del desastre y, como suele ocurrir, fue mucho más valorado en el exterior que en su propio país, donde muchos le consideraban un traidor. Fue una generacióncuyos sueños de unsocialismo máshumano quedaronenterrados por elestancamiento quellegó con LeonidBrezhnev.