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DE REOJO

Monarquía cinematográfica


La muerte de la reina Isabel II de Inglaterra a la edad de 96 años nos deja una primera convicción: dios, aunque lo parecía, no la ha salvado de su destino final. A partir del conocimiento de su fallecimiento se han puesto en marcha todos los programas de divulgación, propaganda y mitificación, para convertir en algo más esta muerte y todo lo que, en términos de sucesión y de asunción de responsabilidades políticas, se va a ir produciendo según reglamento y tradición, aunque haga setenta años que este proceso esperaba.

Desde los primeros indicios de que algo fatal se estaba produciendo en el castillo de Balmoral, se produjo una de esas reacciones en las que los medios de comunicación audiovisuales tienen toda la carga de la prueba, como es que acudieran decenas, cientos, miles de personas a las puertas del Palacio de Buckingham a depositar flores y velas. En las primera imágenes servidas por las cadenas costaba distinguir entre desconsolados monárquicos ingleses y turistas que pasaban por allí, y se hacían sus fotos de recuerdo. Y es que no hay que olvidar que esta corona, esta reina, ha tenido película y serie televisiva de amplias audiencias, por lo que es posible que quienes las vieron se crean conocer algo sobre la reina y el ahora rey Carlos III, un príncipe que accede al trono con 73 años, cosa que ni a Shakespeare se le ocurrió.

Acaban de anunciar que, hasta el fútbol, la Premier, se suspende este fin de semana. Esto es el acabose. Quieren convertirlo en un acontecimiento de masas que debe ser mucho más importante que el de Lady Di. Entramos en el bucle del papanatismo extremo.