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DE REOJO

Edad de oro


En primera instancia, la toma de posesión en el Capitolio de Donald Trump es una magnífica representación de un acto autárquico de un país tercermundista. Todo el énfasis en los gestos, el primer paseo de varios automóviles blindados por un pasillo formado por miles de uniformados pasando frío, bien pudiera simbolizarse con calor y palmeras de alguna república africana de los pasados años ochenta. La diferencia es la ostentación y la cantidad de sumisos que aplaudían, se levantaban agitados ante el discurso más decadente jamás escuchado.

Proclaman con engolamiento de ventriloquía que empieza la edad de oro y ante todo lo escupido en ese mitin desde varios púlpitos, lo que parece obvio que se viene una nueva Edad Media con IA, muchos multimillonarios haciendo coros y danzas y multiplicando sus dividendos hasta el absurdo, y unas guerras imperiales de difícil digestión histórica. Una versión troglodita de una oligarquía digital con ínfulas que tienen un poder basado en la entrega voluntaria en ocasiones y directamente sustraída sin saberlo de nuestros datos, pero que es reversible a muy corto plazo si se toma conciencia.

De lo más explícito, banal, irrelevante y falta de entidad institucional es llevar esas decenas de carpetas de paseo, de mesita en mesita, para ir firmando decretos que sirvan para el retroceso general. Ceremonias rituales degradantes. Entre el simulacro de Village People y la nueva consigna petrolera: «perforar, perforar más». Todo es tan disruptivo que parece irreal, pero vamos hacia el abismo guiados por un desequilibrado con rotuladores.