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Entrevue
IXONE SÁDABA
Fotógrafa y artista, autora de “Escala 1:1”

«Hay que poner el relato sobre la mesa y no darle la espalda a Lemoiz»

Las ruinas de la central de Lemoiz, con toda su carga de memoria política e histórica, se despliegan a tamaño real en el interior de la Alhóndiga de Bilbo, a través de las proyecciones fotográficas de “1:1”, que permanecerá expuesta hasta el 27 de abril. Durante cuatro años, Ixone Sádaba ha mirado y recorrido este «melón» de nuestro pasado, para sacarlo a la luz.

(Mikel MARTÍNEZ DE TRESPUENTES | FOKU)

 

Cuántas ruinas sin cerrar en este país. Lo he pensado ante su trabajo sobre Lemoiz, que me han recordado al edificio de «Egin», sobre el que usted también ha trabajado, ¿no?

Hice una pieza que la adquirió Artium. Cuando hice mi exposición en la sala Rekalde, en 2017, en una de las piezas recuperé todos los números publicados de “Egin”, en unos palets. La idea era que la ideología tiene una forma.

Los objetos tienen memoria.

Es la recuperación de patrimonio a través del arte. También hay un proceso de enfrentarte a tu pasado, porque si no lo ves lo puedes dejar atrás, pero cuando te lo ponen delante, con esa evidencia tan grande, es como ‘¡uf!’.

A mí, me ha recordado a las manifestaciones y aquella frase de Arzalluz de que sin energía atómica no íbamos a comer más que berzas...

Luego, además, está aquella manifestación, la de las 500.000 personas, en 1976. Yo digo que aquello fue como el Burning Man; ahí nacieron hasta hijos.

Ahora llega esta exposición; en octubre, la de Marisa González, y la arquitecta Carmen Abad prepara otra. No sé si hay una confluencia de espacio-tiempo, pero Lemoiz vuelve a estar de actualidad.

Sí, y luego está Akaitze [Kamiruaga], una chica de Armintza, que ha hecho el documental [“Lemoizko Sarakoetxe. Lehenaren itzala gogoan”, sobre la romería que desapareció por la central]. No sé qué pasa, pero, en mi caso, directamente si durante la pandemia no llego a dar aquel paseo en moto, en el que pasé por la central... Tampoco fui capaz de hacer mucho más durante la cuarentena, porque estaba sola con mi hijo. Lo único que conseguí fue escribir este proyecto y, si no me llegan a haber dado la beca, igual no lo hubiera empezado, porque, ¿para qué voy a abrir este melón? Pero una vez que te la dan, tienes la responsabilidad de cumplir con ella. Son investigaciones en las que te dan una beca para un año, pero es imposible hacerlo en solo ese tiempo: porque el espacio hay que vivirlo, hay que comprenderlo, y hay que ver no solo el espacio, sino el entorno y quién lo habita. Por ejemplo, Urruti, el cabrero que ha fallecido este año, era el único que no vendió el caserío. De hecho, se escapaban las cabras por Lemoiz y, si sacabas un bocadillo, te aparecía una cabra. A Urruti iba a visitarle, pero, curiosamente, nunca le he sacado una foto.

¿Cuál es el planteamiento: hablemos de Lemoiz de una vez?

Yo no planteo directamente qué hay que hacer. Pero sí creo que si hay un trabajo de recuperación de memoria, para que cada uno, desde su experiencia, lo mire desde donde lo tenga que mirar. Por eso hay diferentes alturas [en las salas], porque cada uno tiene una experiencia propia, desde las familias que perdieron sus casas, sus tradiciones y su entorno a quien ha perdido seres queridos, y hasta los trabajadores, que también han sufrido mucho. También está el entorno no humano, porque hay violencia medioambiental allí. Este es un relato que no va a contentar a nadie, pero es ponerlo sobre la mesa y no darle la espalda a Lemoiz, sino mirar a nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro, y ver cómo nos relacionamos con el mundo.

En las imágenes se percibe el espacio como apabullante.

Ha sido un trabajo agotador, no solo por su tamaño. Son tantos edificios y tantos recovecos... y gran parte del sitio por dentro está a oscuras. Hay muchos pasillos por los que caminar para llegar a los sitios. Subes, bajas, subes, bajas... es como un laberinto.