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EL VENGADOR TÓXICO

Cuando la serie B se convierte en blockbuster


Si pensaban que los superhéroes solo podían ser elegantes, carismáticos y capaces de salvar el mundo sin mancharse la camiseta, “El Vengador Tóxico” llega como un balde de basura radiactiva directo a la cara. Ha llegado la nueva versión del clásico de culto de 1984, un hito del cine “cutre”. La historia gira en torno a Winston, un conserje con problemas de autoestima que, tras caer en un pozo de residuos tóxicos mientras intenta evitar un robo, se transforma en una criatura monstruosa con sed de justicia. Peter Dinklage encabeza el reparto.

La historia es tan sofisticada como un chicle pegado bajo la mesa: un tipo entra en contacto con desechos tóxicos, se transforma en un monstruo repugnante y se dedica a repartir justicia con la sutileza de un martillo pilón. Punto, no hay más. Eso sí, cada explosión de vísceras y cada mutación grotesca es un recordatorio de que el cine puede ser absurdo y descaradamente divertido sin pedir perdón.

Abandona la serie B y adopta un enfoque mucho más comercial; cinematográficamente, luce más pulida, resulta más agradable a la vista, la labor actoral es notablemente superior y, en general, todo aparenta ser objetivamente “mejor”. Sin embargo, en ese “perfeccionismo” radica su principal problema.

La versión original poseía un encanto torpemente encantador: su cutrez era casi un personaje más y uno de los rasgos que la hacía irresistible.

En cambio, este remake con sello hollywoodense, diseñado para seducir a nuevas audiencias, se empeña en dejar al descubierto lo rancia y previsible que resulta la maquinaria cinematográfica actual, esa receta de superhéroes al estilo Marvel.