27 OCT. 2025 RELACIONES ARMENIA-AZERBAIYÁN Armenia, Azerbaiyán y la ilusión de la paz de Trump El pasado 8 de agosto, el primer ministro armenio Nikol Pashinyan y el presidente azerbaiyano Ilham Aliyev, firmaron una declaración conjunta en Washington. Pero la paz sigue estando muy lejos en el Cáucaso. De izquierda a derecha, el presidente azerbaiyano Ilham Aliyev, Donald Trump (EEUU) y Nikol Pashinyan (Armenia) el 8 de agosto en la Casa Blanca. (Andrew CABALLERO-REYNOLDS | AFP) Gaiane YENOKIAN {{^data.noClicksRemaining}} Pour lire cet article inscrivez-vous gratuitement ou abonnez-vous Déjà enregistré? Se connecter INSCRIVEZ-VOUS POUR LIRE {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Vous n'avez plus de clics Souscrire {{/data.noClicksRemaining}} Redoble de tambores y marcha presidencial en la sala del Comedor de Estado de la Casa Blanca para recibir a Donald Trump y a sus dos invitados: el primer ministro armenio Nikol Pashinyan y el presidente azerbaiyano Ilham Aliyev. Luego es el turno de uno de esos discursos de Trump cargado de hipérboles en el que, principalmente, se congratula de haber puesto fin a un conflicto de décadas. Ocurrió el pasado 8 de agosto. En las semanas siguientes, Donald Trump seguirá felicitándose a sí mismo por el logro (aunque llegue a confundir Armenia con Albania) mientras Pashinyan les dice a los suyos que la paz ha llegado. Dos meses más tarde cuesta creerlo: las tropas azerbaiyanas siguen ocupando más de 200 kilómetros cuadrados del territorio soberano de Armenia, los prisioneros de guerra y los políticos armenios detenidos permanecen en Bakú entre torturas y juicios farsa, y Aliyev continúa violando los compromisos adoptados en Washington. La declaración que sentaba los cimientos para un acuerdo de paz y relaciones interestatales entre Armenia y Azerbaiyán sigue sin firmarse. Aliyev exige como condición previa que Armenia modifique su Constitución, algo que contradice directamente la cláusula del acuerdo que establecía la no injerencia en asuntos internos. Al mismo tiempo, en su intervención ante la 80 Asamblea General de la ONU, Pashinyan se comprometió a realizar un referéndum para adoptar una nueva Constitución si es reelegido. La declaración de Washington también incluyó un llamado conjunto a la OSCE para cerrar el Proceso de Minsk, que fue formalmente terminado el 1 de septiembre de 2025. Creado en 1992 para facilitar una resolución pacífica del conflicto de Nagorno-Karabaj, su clausura señala un nuevo consenso: la comunidad internacional acepta una resolución forzada del conflicto, normalizando la limpieza étnica y el bloqueo contra los armenios en 2023. Los líderes reafirmaron la importancia de abrir las comunicaciones «sobre la base del respeto a la soberanía, la integridad territorial y la jurisdicción». Esto incluye una «conectividad sin obstáculos entre Azerbaiyán y su República Autónoma de Najicheván a través de Armenia, con beneficios recíprocos». Para ello, Ereván colaboraría con Washington en la Ruta Trump para la Paz y Prosperidad Internacional (TRIPP), una infraestructura que debería atravesar la provincia sureña armenia de Syunik. Pashinyan admitió recientemente en Estrasburgo que «aún no existe un acuerdo concreto sobre el TRIPP». Estados Unidos lo plantea como un «arrendamiento», Azerbaiyán insiste en que quede fuera del control armenio y Pashinyan promete que se respetará la soberanía y también se permitirá el acceso a través del territorio azerbaiyano. Sin embargo, a diferencia del tramo por Armenia, no se prevé la presencia de mediadores estadounidenses ni de otro tipo en el territorio azerbaiyano. Esta asimetría expone el problema central: lo que se presenta a los armenios como un intercambio equilibrado no es más que una concesión unilateral en la práctica. La ironía escuece aún más cuando recordamos que la idea de una carretera controlada por Estados Unidos fue anunciada por primera vez por el embajador estadounidense en Turquía, Thomas Barrack, quien calificó la situación como una «pelea por una carretera de 32 kilómetros que Estados Unidos tomaría bajo su control». El territorio soberano de Armenia no era más que una carta para negociar, y con Washington irrumpiendo como salvador. El acuerdo también establecía que las partes reconocen y respetan la soberanía y la integridad territorial y se comprometen a combatir la intolerancia y el odio. Pocos días después de Washington, Aliyev describía a los armenios como una «sociedad enferma» para recordar que «la historia sangrienta nunca debe borrarse». También habló de tener un ejército más fuerte y preparado para la guerra. Mientras tanto, el Gobierno armenio recortó su presupuesto militar en un 15% y también la duración del servicio militar obligatorio. «Hay paz», dicen. MIENTRAS ALIYEV INSISTE EN QUE EL CONFLICTO DE NAGORNO-KARABAJ ESTÁ RESUELTO, llama abiertamente al «regreso» a lo que Bakú llama «Azerbaiyán Occidental», un término artificial que abarca todo el territorio armenio. No es simple retórica: bajo auspicio estatal, la llamada «Comunidad de Azerbaiyán Occidental» ya registra a personas para ese «retorno». Por su parte, el Gobierno armenio silencia las voces de los armenios desplazados por la fuerza entre 2020 y 2023, tratando la protección de sus derechos como una «grave amenaza para la agenda de paz». Existe, eso sí, la posibilidad de que Aliyev modere su retórica agresiva a medida que se acercan las elecciones parlamentarias armenias de 2026, ayudando a Pashinyan a promover la propaganda de una paz ilusoria. En nombre de la «paz», la propaganda de Pashinyan también ataca los valores nacionales, las mismas bases que permitieron a una de las naciones más antiguas del mundo llegar al siglo XXI. El Gobierno interfiere en la Iglesia, con Pashinyan declarando repetidamente la necesidad de reemplazar al catolicós (cabeza de la Iglesia armenia) y ejerciendo influencia indirecta sobre procesos judiciales contra tres arzobispos. Se promueve una nueva ideología: renunciar al Monte Ararat, sagrado para los armenios y el mundo cristiano; revisar los libros de texto de historia; desvalorizar la lucha por la autodeterminación de Nagorno-Karabaj en los años 90; minimizar el reconocimiento del Genocidio Armenio... EN ESTA REALIDAD DE VERDADES DISTORSIONADAS, la oposición armenia sufre de desunión y falta de líderes creíbles. A pesar del colapso de la popularidad de Pashinyan, el resultado de las elecciones del año que viene sigue siendo una incógnita. Una táctica probable del partido en el poder será desplegar partidos «satélite» para fragmentar el voto y bloquear una alternativa fuerte. Recientemente, el bloque opositor inició audiencias para unir fuerzas en torno a un juicio político, pero su éxito es poco probable ya que depende de deserciones dentro del partido gobernante. Mientras Armenia cede, los planes expansionistas de su vecino no han cambiado. El propio Gobierno armenio se ha convertido en facilitador de las agendas azerbaiyanas, convirtiendo falsas ambiciones en fichas de negociación. Sin embargo, una paz verdadera en la región no se logrará normalizando crímenes ni ofreciendo concesiones a costa de la dignidad. Las elecciones venideras revelarán si Armenia está preparada para mantenerse como un Estado soberano o aceptar el rol de peón en los planes de potencias extranjeras. Y es probable que solo después de esas elecciones, la llamada «agenda de paz» continúe su curso actual o tome un rumbo completamente nuevo. Sin embargo, a diferencia del tramo por Armenia, no se prevé la presencia de mediadores estadounidenses ni de otro tipo en el territorio azerbaiyano. Esta asimetría expone el problema central En nombre de la «paz», la propaganda de Pashinyan también ataca los valores nacionales, las mismas bases que permitieron a una de las naciones más antiguas del mundo llegar al siglo XXI