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Entrevue
Iván rodriguez - josé luis gonzalo
Psicólogos y autores del libro «El lenguaje silencioso»

«Es muy importante conocer la biología adolescente para entender sus respuestas»

Los psicólogos de Donostia Iván Rodriguez y José Luis Gonzalo, expertos en traumaterapia sistémica, acaban de publicar el libro «El lenguaje silencioso. La técnica de la caja de arena en la adolescencia», un «espacio seguro donde los adolescentes pueden dar forma a su mundo interior de manera confiable y emocionalmente regulada».

Iván Rodriguez y José Luis Gonzalo con el libro que acaban de publicar. (Gorka RUBIO | FOKU)

 

Fue la pediatra, terapeuta y pedagoga inglesa Margarett Lowenfeld quien en 1929 creó la Técnica de los Mundos, consistente en jugar con miniaturas dentro de una caja a la que le añadió arena seca y húmeda. Comprobó que se producía un alivio sintomático en los niños con los que trabajaba. Fue pionera en el uso de la dimensión sanadora del juego para superar los traumas de los niños.

Iván Rodriguez -actualmente trabaja como terapeuta en el Programa de apoyo a adolescentes Norbera de Fundación Izan de Donostia- y José Luis Gonzalo -en su consulta privada- llevan casi veinte años utilizando la caja de arena como método terapéutico.

La adolescencia es una de las etapas más temidas. ¿Pero qué es ser adolescente?

Iván Rodriguez::  La adolescencia es una etapa de cambios y oportunidades en la que los propios chicos y chicas están asustados por esos cambios; ya no son niños, pero tampoco son adultos. También asusta a los padres y madres porque muchas veces tienen dificultades para entender esta nueva etapa; a la par que añoran al niño que fue desean que sea un adulto maduro con respuestas coherentes y lógicas.

José Luis Gonzalo: Parece que ya son mayores y que necesitan menos de los adultos. Sin embargo, las investigaciones nos dicen que la presencia, la guía y seguridad de los padres es muy importante.

¿Ser adolescente hoy es más difícil en comparación con generaciones anteriores, más teniendo en cuenta las redes?

I.R.: A nivel neurofisiológico, el adolescente de hoy es muy similar al adolescente de hace dos mil años. En la adolescencia, el córtex prefrontal, el responsable de las decisiones ejecutivas que tomamos, es decir, el que nos hace pensar y tomar buenas decisiones, no está formado. Se llega a formar alrededor de los 25 años. Por tanto, pedirle a un adolescente de 15 años que tenga unas respuestas más o menos maduras, no tiene sentido; su cerebro no está preparado para dar la respuesta que el adulto quiere. Es muy importante conocer la biología adolescente para entender sus respuestas.

J.L.G.: Las redes y, sobre todo, los dispositivos móviles han perjudicado mucho. Cuando era niño solo había dos cadenas de televisión. Después de las comidas había sobremesas en las que discutías con quien tenías enfrente, es decir, con tu madre, padre, abuelos, tíos… había choque, pero también aprendizaje y comunicación. Ahora, eso no se da. Hoy en día vivimos apresuradamente. Cuando oigo que el niño se porta mal por la noche deberíamos preguntarnos si es lo hace porque, entre comillas, es un niño malo o porque quiere prolongar el juego y la conexión con sus padres, ambos aspectos fundamentales para poder desarrollar la capacidad de expresar las emociones y comprender al otro. Eso se está perdiendo y la culpa la tienen los móviles.

¿Qué frase o actitud debemos evitar con los adolescentes?

I.R.: Es muy importante estar al lado y acompañar, y no situarnos enfrente. Si estamos en un ruedo y viene el miura, ¿qué hacemos? Nos aportamos y nos vamos al burladero. Vamos a pensar que el hijo adolescente es ese miura. Hay adultos que dicen: ‘Aquí estoy yo’. No, retírate y busca el momento adecuado. Es importante, además, saber con qué conflictos tienes que poner más o menos energía. No es lo mismo que un chico de 13 años esté intentando salir de fiesta hasta las dos de la mañana o que un día no haga la cama. No se puede estar a todo porque el adolescente tiene mucha energía y desgasta al adulto. Hablamos también de la paradoja adolescente. Aunque lo que le dice al adulto es: ‘Déjame en paz, no te aguanto’; es un ‘déjame en paz, pero estate ahí’. Si tiene una base adecuada desde la niñez, cuando tenga un problema, acudirá al adulto. ¿Qué tiene que hacer éste por muy cansino que sea? Estar disponible.

¿Cómo deber ser la comunicación con el adolescente para saber de su mundo interior?

I.R.: Muchas veces ni los propios adolescentes saben cómo se sienten. Se suelen mover entre la rabia y la tristeza. Y mucha de esa tristeza suele estar enmascarada de rabia. Les pedimos que expresen cómo se sienten cuando muchas veces los adultos no somos capaces de hacerlo.

J.L.G.: Es importante que no nos olvidemos de nuestra propia adolescencia. Sería muy interesante trabajar con los padres y madres sus propias adolescencias para ver cómo se acercan a sus hijos y qué repiten de sus modelos parentales. Con el adolescente tienes que hacer alianzas y hacerle ver que le entiendes. Lo que pasa es que muchas veces no tenemos esa paciencia; vamos urgidos por la prisa o por el deseo de saber y les acogotamos. Hay que recordar que la adolescencia conlleva ser celoso de tu intimidad y querer estar solo. Hay que saber aprovechar cuando el adolescente quiere comunicar y saber que lo va a hacer en el momento en que menos te lo esperes. A lo mejor estás fregando o poniendo la mesa y te empieza a hablar. Tienes que estar ahí, callado y sin lanzar la metralleta diciendo cosas como ‘no me parece bien’. Más que echar mano del autoritarismo, debemos tratar de ayudarles a que reflexionen y que a través de nuestras preguntas se den cuenta de las consecuencias. En ocasiones tampoco les dejamos asumir cierto riesgo y les protegemos en exceso.

¿Nos falta formación tanto a padres y madres, profesorado… a la hora de poder entender al adolescente, sobre todo, a aquel que presenta un comportamiento disruptivo?

J.L.G.: Sí. Nos falta preguntarnos qué le está pasando por dentro. Vamos a la conducta y, enseguida, a la consecuencia, que bien suele ser la bronca, la expulsión, ignorarlo… pero casi nunca le decimos: ‘Siéntate, vamos a olvidarnos del comportamiento-problema y hablemos sobre cómo estás’. En algunos centros ya han empezado a implantar tutorías afectivas. Han visto que interesarse por la vida personal de los adolescentes y sus vínculos reduce los comportamientos negativistas, de desobediencia y de agresividad.

¿Es conveniente trabajar antes con sus figuras de apego?

I.R.: A los chicos y chicas de entre 13 y 17 años con los que trabajo en Fundación Izan Norbera siempre les digo que ellos tendrán que mejorar, pero que sus padres también. J.L.G.: Es imprescindible y obligatorio. En consulta no trato a niños y adolescentes si no hay un compromiso por parte de las familias de participar; no se puede señalar solo al niño o adolescente como responsable de todo.

Llegamos a la caja de arena como modo de trabajo terapéutico. ¿En qué consiste?

J.L.G.: Esta técnica busca ayudar a adultos y adolescentes a trabajar heridas traumáticas a las que a veces es muy complicado acceder a través de la palabra, porque esta puede activar recuerdos traumáticos y desbordar a la persona. La caja de arena permite mantener una distancia suficiente sobre la experiencia traumática y elaborarla con mucho menos dolor. Esta técnica, que sobre todo se ha desarrollado en Japón y EEUU, comenzó en 1929 con la pediatra y pedagoga inglesa Margarett Lowenfeld. En su clínica en Londres observó que los niños cogían de forma natural las miniaturas que tenía en la estantería de la consulta y las colocaban en una caja y jugaban a hacer mundos. En ese juego hablaban, interactuaban. Vio que esos niños mejoraban de sus síntomas. Es la única terapia psicológica inventada por los niños.

Se trata de que el niño o el adolescente cuente a través de esos mundos en la arena lo que internamente tiene y que le es muy difícil verbalizar. Eligen de la estantería las miniaturas que les atraen, no hay ninguna regla. Tienen total libertad para hacer lo que deseen. Decía Dorah Kalff que solo puedes crear si eres completamente libre. Para Carl Gustav Jung, fundador de la escuela de psicología analítica, la arena es un elemento tierra que te entronca con el origen, te arraiga y te relaja. Colocan la miniaturas sobre la arena y hacen lo que deseen. Y cuando lo han hecho, se observa siempre en silencio. Poco a poco el paciente irá poniendo en marcha el hemisferio del lenguaje e irá encontrando, si quiere, un relato a lo que ahí está pasando. Si no encuentra un relato porque no le vienen las palabras, no pasa nada. Posteriormente, se puede volver a revisar y a sacar más narraciones. Incluso si el paciente quiere profundizar, se puede ver qué tiene que ver la caja de arena con su vida personal. En eso consiste y esto funciona.

¿Cómo se construye la confianza entre terapeuta y paciente en consulta?

I.R.: A mí me sirve desculpabilizarles. Casi todos los que vienen se sienten culpables y están sufriendo. Entender y validar ese sufrimiento y hacerles ver que no son malos, sino que están sufriendo es importante. Es mirarles de otra manera.

J.L.G.: Los másteres te preparan en conocimientos teóricos, pero las habilidades para establecer una relación de confianza depende de cada uno de nosotros. El propio profesional tiene que hacer un trabajo personal porque esas habilidades de relación son las más importantes para ir construyendo un vínculo sólido. Eso no se consigue de la noche a la mañana. Requiere de mucho conocimiento personal y experiencia de casos. Hay otra seguridad, que es la externa. Siempre valoramos cómo está el entorno familiar y el contexto psicosocial, porque si no tiene un control parental adecuado o tiene un conflicto muy serio con sus propios padres o está en una dinámica de descontrol o, no digamos, si en su domicilio está viviendo situaciones de abuso, maltrato, abandono o negligencias afectivas, no va a haber seguridad en ese adolescente para hacer una psicoterapia. Tengo que trabajar con esos padres y ese entorno. Tengo que ayudarle primero a que esté bien con ellos y luego ya entraremos en la terapia individual con la caja.