08 NOV. 2025 BOTADURA EN ALBAOLA La nao San Juan surca las aguas de la bahía de Pasaia La réplica del ballenero vasco hundido en el siglo XVI en la costa de Canadá abandonó en los astilleros de Albaola para quedar amarrado en la dársena del puerto pasaitarra, donde seguirá su proceso de preparación. El acto de botadura contó con una nutrida presencia institucional y despertó una gran expectación a ambos lados de la bocana. Diferentes momentos del acto institucional y la posterior botadura de la nao San Juan. (Maialen ANDRÉS | FOKU y ALBAOLA) Imanol INTZIARTE {{^data.noClicksRemaining}} Pour lire cet article inscrivez-vous gratuitement ou abonnez-vous Déjà enregistré? Se connecter INSCRIVEZ-VOUS POUR LIRE {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Vous n'avez plus de clics Souscrire {{/data.noClicksRemaining}} Aún no navega, pero ya flota. El trabajo de años en el astillero Albaola de Pasai San Pedro superó ayer un nuevo hito con la botadura de la nao San Juan, una réplica del barco del mismo nombre que se hundió en el año 1565 en aguas de Labrador (Canadá), concretamente en Red Bay. El San Juan era un ballenero que partió de esta localidad guipuzcoana para no volver. Más de cuatro siglos después de irse al fondo, su pecio fue localizado en 1978 gracias a las pesquisas realizadas por la historiadora Selma Huxley. El Servicio de Arqueología Subacuática de Parks Canadá, dirigido por Robert Grenier, recuperó y catalogó una a una 3.000 piezas, lo que permitió definir con precisión el casco y las técnicas constructivas del siglo XVI, convirtiéndolo en referencia internacional para la arqueología subacuática. En 2014, Albaola abordó la construcción de la réplica tras recibir los planos, bajo la condición de que se respetaran los modos de la época. Como ha relatado en numerosas ocasiones Xabier Agote, presidente de Albaola, ha habido que recuperar oficios como la carpintería de ribera y conocimientos que se habían perdido en la memoria. MADERAS DE NAFARROA Once años después, el casco, construido con robles de Sakana, estaba completado, y había llegado la hora de lanzarlo al agua. Para que el San Juan pueda cumplir su misión restan aún los mástiles -que se harán con abetos de Irati-, el velamen, las anclas y toda la cordelería, que sumará más de cuatro kilómetros de longitud. Para ello harán falta nuevas manos hábiles en coser, fundir, forjar o tejer. La botadura arrancó con un evento institucional, que contó con la participación de numerosas autoridades e invitados. La música de Zaria Koru Eskola de Errenteria y los bertsos de Maialen Lujanbio, Aitor Mendiluze y Amets Arzallus prologaron la larga lista de intervenciones, con Jon Maia y Maitena Salinas como maestros de ceremonias. El alcalde, Teo Alberro, subrayó que hay momentos «que quedan en la memoria colectiva de un pueblo y que hablan de su personalidad», y señaló que el San Juan «es más que un barco histórico, es la memoria de nuestros pescadores, el conocimiento de nuestros artesanos, el respaldo de las instituciones y el trabajo de cientos de voluntarios». A renglón seguido subió al estrado Xabier Agote y recordó cómo un reportaje publicado por la revista ‘‘National Geographic’’ en 1985 despertó en su mente un sueño que se está haciendo realidad cuatro décadas más tarde. En su extensa lista de agradecimientos destacó la que trasladó al Gobierno canadiense, ya que «nos habéis devuelto el conocimiento, gracias a vuestro trabajo los vascos hemos aprendido que hace 500 años éramos la tecnología naval más puntera del mundo». También tomaron la palabra José Antonio Santano y Stéphane Dion en nombre de los Gobiernos español y canadiense; Pablo Jiménez (Unesco) y Stephen Augustine, del pueblo indígena Mi'kmaq, que durante el siglo XVI mantuvo relaciones comerciales con los balleneros vascos, fruto de las cuales nació una forma de comunicarse conocida como el pidgin algonquino vasco. La diputada general Eider Mendoza recordó que este año se conmemoran, asimismo, los mil años del primer testimonio escrito de Ipuscua (Gipuzkoa), mencionado en un documento de 1025. La danza tampoco faltó a la cita, con la bailarina zumaiarra Lucía Lacarra y el canadiense Matthew Goldwing interpretando ‘‘Itsasoa gara’’, tema del grupo vizcaino Ken Zazpi. Como colofón, el lehendakari Imanol Pradales recordó que a principios de aquel siglo XVI Erasmo de Rotterdam publicó una obra titulada ‘Elogio de la locura’’, una expresión que bien podría aplicarse a quienes se embarcaban en aquellos viajes transoceánicos arriesgando sus vidas para sacar adelante a sus familias. Una época marcada por nombres propios como los de Elcano y Urdaneta. «Fuimos pioneros en la navegación y en el comercio. Tal fue nuestro grado de especialización que se promulgaron leyes para evitar que potencias extranjeras contratasen artesanos vascos», remarcó. Y llegó la hora de salir al exterior para proceder a la botadura. Durante los últimos días, quien más quien menos había recordado lo ocurrido cuando una nave parecida, construida con motivo de la Exposición Universal Sevilla’92, se fue a pique a los pocos segundos. Para evitarlo, la nao San Juan tocó el agua con marea alta y 50.000 kilos de piedras en sus bodegas. IRRINTZIS Y NERVIOS Ante la mirada de las miles de personas que se dieron cita en ambos lados de la bocana, Zaria Koru Eskola entonó el célebre ‘‘Jaiki, jaiki.’’ Con Xabier Agote desde lo alto de la cubierta, Caroline Marchand, pareja del arqueólogo Robert Grenier, que no pudo desplazarse hasta Pasaia por encontrarse enfermo, bautizó el casco con sidra, la bebida más habitual en los barcos de aquella época. Centímetro a centímetro, las ruedas del soporte sobre el que se asentaba el San Juan fueron descendiendo hacia el agua, entre irrintzis, nervios y el sonido de los cuernos. Todo salió a la perfección y, después de unos veinte minutos de maniobra, el ballenero comenzó a balancearse, señal de que ya no se apoyaba sobre una superficie firme. Superada la prueba de fuego, y con mucho cuidado, un remolcador llevó el barco hasta la dársena, donde se seguirá equipando. Este proceso tardará aproximadamente 18 meses, tiempo durante el que la nave se convertirá en un museo abierto al público. En la primavera o el verano de 2027 comenzará la singladura hasta Red Bay, que durará unos sesenta días. Pero esa será otra historia. Por ahora flota, que no es poco. Restan aún por construir los mástiles, el velamen, las anclas y toda la cordelería, que sumará más de cuatro kilómetros de longitud. Caroline Marchand, pareja del arqueólogo Robert Grenier, bautizó el casco con sidra, la bebida más habitual en aquellos barcos.