09 NOV. 2025 DOS FORAJIDOS (RUST) Un disparo que aún resuena Gaizka IZAGIRRE HERNANI {{^data.noClicksRemaining}} Pour lire cet article inscrivez-vous gratuitement ou abonnez-vous Déjà enregistré? Se connecter INSCRIVEZ-VOUS POUR LIRE {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Vous n'avez plus de clics Souscrire {{/data.noClicksRemaining}} Resulta imposible ver “Dos forajidos (Rust)” sin que el eco de su tragedia resuene en cada plano. La película carga con un peso imposible de ignorar: durante un ensayo, el arma que Alec Baldwin manipulaba se disparó y acabó con la vida de la directora de fotografía Halyna Hutchins, hiriendo además al propio Joel Souza. Ese trasfondo trágico no solo condiciona la mirada del público, también parece haber paralizado la película. La puesta en escena avanza con miedo, evitando cualquier gesto que recuerde al suceso, como si el temor a ofender hubiera vaciado al filme de pulso y convicción. Souza intenta construir un relato clásico de redención y vínculo familiar: Harland Rust (Alec Baldwin), forajido envejecido, descubre que su nieto de 13 años (Brady Noon) ha sido condenado a la horca y parte en su rescate. A partir de ahí todo se reduce a un desfile de tópicos y personajes de cartón piedra. El guion es tan previsible que uno puede adelantarse a cada giro. Las persecuciones carecen de tensión, los diálogos confunden gravedad con grandilocuencia, y la supuesta redención jamás emociona. La fotografía -iniciada por Hutchins y completada por Bianca Cline- aporta destellos de belleza, pero aislados; el resto es música genérica, montaje torpe y ritmo letárgico. Pese al evidente esfuerzo del equipo por concluirla, “Dos forajidos (Rust)” no logra desprenderse de su contexto: es imposible juzgarla sin pensar en lo que costó hacerla. Y el resultado final, por desgracia, no justifica ese costo. En vez de cerrar una herida, la película la reabre, recordándonos constantemente que detrás de su western mortecino hay una tragedia demasiado real.