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Entrevue
Isabel Serra - Irene Zugasti
Autoras del libro «Esto no es una guerra»

«Debemos desmontar ese pretendido universalismo que ignora otra realidad»

La filósofa Isabel Serra y la periodista y politóloga Irene Zugasti acaban de publicar el libro «Esto no es una guerra. Feminismo insumiso frente al rearme y al genocidio» (Akal). Un ensayo en el que abogan por «no resignarse ante la ofensiva bélica que asola el planeta» e invitan a pensar en un mundo más justo e igualitario.

(David F. SABADELL)

«Hemos de salir del ecofascismo basado en el ‘sálvese quien pueda’». Esto es el grito que hay detrás del libro “Esto no es una guerra. Feminismo insumiso frente al rearme y al genocidio” (Akal), escrito a cuatro manos por la filósofa Isabel Serra y la periodista y politóloga Irene Zugasti.

Un ensayo mediante el cual las dos activistas hacen un alegato a no resignarse ante la ofensiva bélica que asola el planeta, urdida por las elites occidentales sobre el axioma que «la guerra es la única forma de alcanzar la paz».

Lejos de este planteamiento, que esconde la voluntad de imponer una agenda neoliberal, extractivista y autoritaria a escala global, Serra y Zugasti recuerdan que a lo largo de la historia hay experiencias fértiles -a menudo ocultadas o negadas por el relato oficial- que invitan a pensar en un mundo más justo e igualitario. «No creemos en los males menores ante la mayor de las amenazas», afirman las autoras, para quienes «desde el feminismo popular, estamos convencidas de que podemos y debemos cambiar el mundo».

El ensayista Raúl Sánchez Cedillo emplea el término «régimen de guerra» para referirse al actual contexto internacional. ¿Qué opinión les merece?

Describe a la perfección la apuesta de las élites capitalistas occidentales por la guerra. No solo mediante la reindustrialización del complejo armamentístico; también como herramienta de control y militarización de las mentes, con el fin de construir un Estado policial global basado en la tecnovigilancia, la securitización y la represión. Un esquema que la periodista Olga Rodríguez define como ‘fuerza bruta’, cuyo efecto es la voladura del derecho internacional que supuestamente debía garantizar una convivencia pacífica.

¿Esta estrategia alcanza todo el planeta?

Abarca desde el norte al sur global, como hemos comprobado recientemente en Chile, y se acelera como reacción al feminismo, que las últimas décadas se ha erigido en el gran movimiento transformador. Frente a él, las élites capitalistas entienden que la guerra es el mejor disciplinamiento para imponer un orden que, en el terreno del género, señala dónde tienen que estar los hombres y dónde hay que desplazar a las mujeres para mantener la maquinaria trituradora. En cierto modo, como apunta el filósofo italiano Bifo Berardi en su libro “Pensar desde Gaza”, dicha reacción no hace más que reflejar la crisis de las democracias liberales.

¿Qué profundidad tiene esta crisis?

Es sistémica, pues no solo se expresa en el descalabro del modelo político que surge tras la Segunda Guerra Mundial y el fascismo; también en la emergencia climática y energética, ante la cual las élites se reorganizan para quedarse con los recursos naturales disponibles, cargándose las reglas del juego democrático que ellos mismos inventaron. El genocidio en Palestina es la prueba más trágica de esta lógica depredadora, pues con la invasión de Gaza han establecido un plan de reconstrucción cuya finalidad es que empresas israelíes y americanas se enriquezcan a costa de especular con una tierra arrasada. Y lo mismo ocurre con las disputas por los minerales o las tierras raras en Ucrania. Una dinámica que la politóloga Nancy Fraser denomina ‘capitalismo caníbal’, consistente en quitar el dinero de la sanidad, la educación y el resto de los servicios públicos para destinarlo al armamento.

¿Hay un alineamiento de las élites para hacer negocio a través de la guerra?

Un ejemplo es Blackrock, el fondo buitre estadounidense que tiene un parque de viviendas en el Estado español con el que especula e impide a la clase inquilina pagar una habitación donde vivir. Pues bien, durante la guerra de Ucrania ha firmado acuerdos con los respectivos Gobiernos para participar de la reconstrucción. Y lo mismo ocurre con otras compañías, que mientras invierten en armamento, intentan sacar tajada de la reconstrucción en varios sitios devastados por la guerra. Podemos citar las españolas Navante, Indra, Airbus u OHL, sospechosas habituales de la corrupción y herederas de la élite franquista.

¿Para sustentar esta dinámica neocolonial, se recurre a la narrativa según la cual la guerra es la única salida para lograr la paz?

Se utiliza la supuesta amenaza de Rusia o la competencia económica que supone China para mentalizar a la población de que es necesaria, obviando que allí donde se ha apostado por la industria armamentística, los impactos han sido terribles.

¿En qué se ha notado especialmente?

Se ha destruido el ecosistema y aquella vida productiva y reproductiva que permite sostenernos, con el agravante de que nos quieren convencer de que, si deseamos vivir tranquilos y seguros, algunas vidas molestan; en definitiva, que las personas ahogadas en el Mediterráneo valen menos que un colono sionista o que los chicos reclutados por la fuerza en Ucrania valen menos que las del ‘jardín europeo’, que decía Josep Borrell. De esta forma se atiza la confrontación entre los sectores populares a la vez que se llama a combatir a los ‘bárbaros’.

¿Los «bárbaros» son los que hay que «sacrificar» para preservar la paz?

Es la lógica de la deshumanización, según la cual, únicamente tienen derechos los hombres blancos, heteros, con dinero y amigos de multimillonarios, mientras que el resto -ya sean los palestinos, los negros o los racializados- no son dignos porque, como dicen las autoridades israelíes, son animales y, por tanto, se puede prescindir de ellos.

En el libro, acusan a la socialdemocracia europea de haber contribuido a esa agenda criminal. ¿En qué sentido?

Ha defendido los planes de ajuste y las partidas para incrementar el gasto militar, apuntalando esa narrativa que ridiculiza la paz. Del mismo modo que, respaldando a Frontex y el nuevo reglamento de deportación, vulnera abiertamente los derechos humanos. Incluso el tratado Global Gateway, que la Comisión Europea adoptó en 2021 para arbitrar la política de cooperación, se ha desviado de su objetivo para dedicarse a extraer recursos naturales.

¿Hasta qué punto, en esta perspectiva, la figura de la mujer se incorpora como una pieza clave?

Sin duda, para el ‘régimen de la guerra’ resulta muy atractivo otorgarle una imagen esencialista que solo ofrece luz y paz. Es aquí donde aparecen esas mujeres conservadoras o socialiberales, como Ursual von der Leyen o Margarita Robles, que legitiman ese discurso belicista sobre la falsa idea de que el empoderamiento femenino pasa por tener liderazgos autoritarios que decidan sobre temas claves. También Israel recurre a sus mujeres soldados para dar a entender que el genocidio puede tener un rostro humano. Así es como, cooptándola y vaciándole de su contenido rebelde, popular y de clase, la mujer se convierte en una herramienta útil para sostener el sistema.

¿Esto supone una amenaza para el feminismo transformador?

Ya lo criticaba a principios del siglo XX Rosa Luxemburgo, asesinada por oponerse a los créditos de guerra. Y más tarde las feministas radicales de los años 70 cuando recordaban que, si lo personal es político, lo internacional también lo es, pues a cambio de pactar con Donald Trump la compra de armas y de gas natural licuado, la Unión Europea vacía las arcas públicas que han de permitirnos tener un centro de salud por la tarde, llevar al crío en una escuela infantil o pagar la matrícula de la universidad. No solo esto. En lugar de denunciar el genocidio que asola Palestina, ese feminismo liberal y burgués se ha centrado únicamente a hacer planes de igualdad y a obtener cotas de poder, como si esto sirviera para cambiar las consciencias. Por eso llamamos a todas las mujeres a disputar la política internacional, convirtiendo la paz en una lucha activa y confrontativa.

¿Por qué caminos tendría que discurrir?

De entrada, desmontar ese pretendido universalismo que ignora otra realidad que no sea la mujer blanca y occidental para, acto seguido, impulsar un feminismo autónomo y de movimiento que comprometa a todas a trabajar por el conjunto de la humanidad, pues si queremos sostenernos, nos necesitamos las unas a las otras. En definitiva, un proyecto de raíz decolonial y anticapitalista que, contra el actual ‘régimen de guerra’, redistribuya tiempos, trabajos, riqueza y sitúe los cuidados en el centro de nuestras vidas.