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ARIEL

La poética del paisaje y la repetición


Hay que decirlo sin rodeos: “Ariel” no tiene la trascendencia de “Samsara”, la obra más importante de Lois Patiño, pero sería un error leer esta película como un retroceso. Más bien se trata de un repliegue consciente, un gesto de fidelidad a un cine que puede no ser del gusto de todo el mundo, pero que permanece absolutamente coherente con la propuesta cinematográfica del autor. Patiño vuelve a insistir en los rasgos que definen su cine: la poética de la repetición, la centralidad del paisaje y una concepción del tiempo que se resiste a la progresión narrativa.

Agustina Muñoz, actriz argentina con raíces gallegas, regresa al norte de Galicia para visitar a su familia y alojarse en la casa donde creció su abuela. Durante su estancia ensaya “La tempestad” de Shakespeare, obra que debe representar en una isla de las Azores. Desde su llegada, la extrañeza se impone: los habitantes parecen expresarse como si vivieran dentro de un texto shakespeariano. Con una libertad creativa que no les dejará indiferente, “Ariel” avanza con ligereza y humor, envuelta en una bruma atlántica de irrealidad.

La película se define por una serie de rasgos formales y expresivos fácilmente reconocibles, coherentes con el universo de Patiño: un ritmo pausado, la reiteración de planos, la ambigüedad entre realidad y ficción y, sobre todo, una estética profundamente sensorial, sustentada en la magnífica labor fotográfica de Ion de Sosa, tan magnética como precisa.

Es una obra menor en el sentido noble del término, en el que Patiño afina su universo. Y en esa insistencia, en esa repetición casi ritual de motivos y formas, la película encuentra su razón de ser: permanecerá en la memoria más como sensación que como recuerdo narrativo.