13 JAN. 2026 Un príncipe de bronce para Erriberri El príncipe de Viana es la figura más singular del independentismo navarro. Un hombre de letras llamado a encarnar la pena por la pérdida del reino. Erriberri ha puesto su escultura junto al palacio. Un viejo profesor la ha esculpido y la ha llenado de enigmáticos símbolos que cuentan la historia del desgraciado príncipe-rey. Escultura del príncipe de Viana, obra de Jesús Ukar, que se ha colocado frente al Palacio Real de Erriberri. (Jagoba MANTEROLA | FOKU) Aritz INTXUSTA {{^data.noClicksRemaining}} Pour lire cet article inscrivez-vous gratuitement ou abonnez-vous Déjà enregistré? Se connecter INSCRIVEZ-VOUS POUR LIRE {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Vous n'avez plus de clics Souscrire {{/data.noClicksRemaining}} La plaza de Erriberri tiene un viandante más, una figura broncínea que viste ropajes renacentistas y que lleva en una mano un libro y en la otra, una máscara. También se le distingue un galgo, una extraña cruz con flores de lys y un curioso símbolo en el gorro. Parece -lo está siendo- otro atractivo turístico, pero es mucho más. Primero, lo prosaico. La alcaldesa de Erriberri Maite Garbayo (2019-2023) tanteó a Jesús Ukar sobre la posibilidad de una estatua después de ver el busto a Sancho Garcés que el escultor tiene en Villamayor de Monjardín. La escultura ha costado 40.000 euros, 10.000 de los cuales pagó el Ayuntamiento y el resto, una enmienda presupuestaria de Geroa Bai. A partir de aquí, lo interesante. Todo ese dinero se ha destinado a la compra de materiales y, principalmente, a la fundición. El escultor no ha cobrado. Llama la atención también que el representado nunca fue el gran señor del palacio que tiene detrás, pues quien engrandeció el castillo y lo convirtió en sede real fue Carlos III. La escultura se corresponde con la del príncipe de Viana, Carlos de Trastámara y Évreux, su nieto. Ukar no había esculpido una figura realista tan grande. La de Villamayor es a tamaño natural, pero no una figura de cuerpo entero. Suponía un reto, pero el artista tenía tablas. Estudió escultura en Valencia, pero pronto se sacó unas oposiciones a profesor de Instituto y, ocho años después, la cátedra. Impartió clases en Barañain, Iturrama, Zangoza, Martzilla hasta jubilarse en la Escuela de Arte de Iruñea. En este tiempo, Ukar había ido dejando de lado los cinceles por los colores. «La escultura es un lenguaje caro. Cualquier cosa necesita una infraestructura bastante grande. Prácticamente solo es posible trabajar por encargo», comenta el escultor. Ukar se expresó durante décadas con pintura hiperrealista con alguna excepción (el citado Sancho Garcés, un busto de Einstein para el instituto de Martzilla...). LAS PRIMERAS DECISIONES Antes de empezar a modelar había que tomas otras decisiones. «Tuve que estudiar a fondo al personaje, conocerlo bien. Hay que elegir un momento vital y despreciar otros. Esculpir un príncipe joven, un niño, un adulto tiene sus connotaciones. La decisión es difícil». Carlos nunca fue rey, pues a la muerte de su madre y reina legítima, Blanca, su padre se lo impidió para continuar gobernando el reino. El príncipe de Viana tardó en plantar cara a su padre, Juan II el Usurpador, y cuando por fin reclamó el trono, perdió la guerra. Nafarroa inició así un declive que facilitó en la conquista del reino por parte, precisamente, del hijo de la segunda esposa del Usurpador, Fernando el Católico. «El príncipe de Viana tenía una biblioteca con más de 120 libros, que es un dato altísimo para la época. Era un gran lector y, además, tradujo 'Ética de Aristóteles'», indica Ukar, que se sirvió para su documentación, entre otros trabajos, de “El hombre que pudo reinar” de Mikel Zuza o las investigaciones de Manuel Iribarren y Eloísa Ramírez. La figura de este humanista desgraciado siempre ha fascinado a los amantes de la historia navarra, pues encarna ese trágico final de su independencia. Carlos murió a los 40 años, supuestamente envenenado por su propio padre. Ukar lo reivindica con varios elementos, unos más fáciles de comprender que otros. El libro de la mano derecha lo señala como intelectual. También viste un traje renacentista, pues el de Nafarroa no es un reino que se extinguiera en el medievo. «Cuando muere Carlos, Leonardo da Vinci tiene nueve años», precisa el autor. En lugar de corona, lleva la cabeza cubierta con un gorro con el símbolo que le gustaba emplear, el lazo eterno. UN PERRO Y UNA MONEDA Otro detalle es el del lebrel (galgo) que luce en una cinta bajo un escudo pomelado. Era común que se le representara junto a este animal, debido a que Carlos III creó la orden del Lebrel Blanco. «Sale acompañado de lebreles, pero la mayoría están tumbados. Yo he querido incluir uno de pie». En la parte inferior de esa banda aparece la cruz de una de las monedas que llegó a acuñar, que hoy son codiciadísimas por coleccionistas del mundo entero, pues en ellas no se reivindica como rey, sino como príncipe, algo insólito en numismática. En particular, la escultura de la plaza de Erriberri está pensada para dialogar con el retrato más conocido del Príncipe de Viana, el de Moreno Carbonero. «Moreno Carbonero lo representó sentado, con la vista perdida, cansado, derrotado. Hay un libro delante, pero ni siquiera lo lee. Parece casi al borde de la locura. Artísticamente no le quito nada, pero es una visión del Príncipe desde Madrid. Parece que los navarros deberíamos de dar las gracias a Fernando el Católico por quitarnos de encima un rey así», comenta. Frente a un loco alicaído, el príncipe de bronce de la plaza de Erriberri luce decidido y diferente. Y porta, además, un último e intrigante elemento: la máscara. EL TEATRO, SU VICTORIA «Quizá esta sea la idea más bonita. Sabemos que, con 16 años, hizo una pieza teatral para su madre, Blanca. Los historiadores han encontrado los apuntes de los gastos en los que incurrió. Y sabemos, además, de otra segunda obra teatral. Esta todavía más trascendente», indica Ukar. «Al morir su madre, invitó a su padre y a su nueva esposa Juana Enríquez [la madre de Fernando el Católico, hija de un almirante castellano] al Palacio Real de Tafalla. Ahí, representó una obra teatral que hablaba de los doce pares de Francia, varios de ellos de la misma sangre que Carlo Magno y familia de la que provenía el propio príncipe», explica el escultor. El Usurpador se enfadó pues interpretó que su hijo reivindicaba que su sangre real no era la de los Trastámara, sino la navarra, y que estaba por encima de la de Enríquez. «En la guerra no ganó a su padre, pero con el teatro le humilló. La desgracia es que los poderes bélicos siempre se imponen a los culturales», asegura. Tan solo queda, pues, ya por resolver por qué la máscara del príncipe es como es. «Elegí una de las máscaras del carnaval de Unanu, pues se estima que son del siglo XII y, ya que había que elegir una máscara, quise que fuera una que representara la cultura propia».