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San Antón, los «sanfermines» de invierno prohibidos por su éxito

Con la llegada del 17 de enero, Iruñea celebraba las fiestas de San Antón, que duraban una semana y en las que se jugaba a cartas y se celebraba rifas, con la del cuto como la más famosa. Eran unos peculiares «sanfermines» de invierno que el Ayuntamiento prohibió en 1860, porque el ferrocarril iba a disparar la masificación que ya vivían.

Vista de 1900 de la plaza del Castillo, en cuyos porches se celebraban años antes las rifas características de las fiestas de San Antón. (ARCHIVO MUNICIPAL DE IRUÑEA)

Hasta 1860, Iruñea disfrutó de unos peculiares «sanfermines» de invierno. Eran las fiestas de San Antón, que arrancaban el 17 de enero y se prolongaban durante una semana en la que se jugaba a cartas y se celebraban rifas, con la del cuto como la más famosa.

Según recoge en sus libros el historiador José Joaquín Arazuri, estas fiestas empezaron teniendo un carácter de barrio y vinculadas al convento de San Antonio Abad, que a finales del siglo XVI se trasladó de su antiguo emplazamiento fuera de las murallas de Iruñea, al extremo de la calle de las Zapaterías y Ferrerías, en el solar donde ahora se levanta el edificio del Consulado de Italia. Su presencia terminó dando nombre a la calle San Antón.

Los frailes de ese cenobio rifaban un cerdo en beneficio de su casa hospital, aunque a mediados del siglo XVIII algunos vecinos de la zona pasaron a sortear corderos en la Taconera y en los alrededores del convento también en beneficio de los monjes.

Con el paso del tiempo, estas primitivas celebraciones se fueron transformando para tener cada vez más popularidad y terminar atrayendo a numerosas personas de toda Nafarroa, que se trasladaban a Iruñea para disfrutar de la semana de festejos que arrancaba el 17 de enero.

Con fondas, posadas y hasta casas particulares llenas de visitantes, el epicentro de estas fiestas se concentraba en la plaza del Castillo, en cuyos porches se ubicaban puestos de venta y de rifa de todo tipo de artículos.

Como explica Arazuri, en las rifas se empleaban naipes, de tal manera que cuando aparecía el as de oros, la persona que tenía esa suerte se llevaba un premio que podía consistir en unas naranjas, artículos de bisutería o ropa. Para algunos era una forma de completar su ropero, pero para muchos otros se convertía en una forma de perder los ahorros apostando.

Lo que ocurría en los porches de la plaza del Castillo se trasladaba a escala a cafés y casas particulares, donde había quien se apostaba hasta las pestañas en juegos de cartas como los ases, las treinta y una, la flor o el ecarté.

LA RIFA DEL CUTO

Uno de los momentos cumbre de estas jornadas festivas era la rifa del cuto. En los cubiertos donde se encuentra actualmente el café Iruña se instalaban unas mesas cubiertas con tapetes verdes donde escribientes municipales anotaban el nombre y domicilio tanto de adultos como de chavalería que, pagando un real, participaban en la citada rifa.

Con el objetivo de tener más posibilidades de salir premiados, había quien llegaba a inscribir a los muertos de la propia familia.

El sorteo se celebraba el último día de las fiestas desde el balcón principal de la Casa Consistorial, en la entonces llamada plaza de la Fruta.

Esta rifa casi puede ser considerada como un particular precedente del Txupinazo, ya que la plaza aparecía totalmente abarrotada, esperando a conocer la persona afortunada que se llevaría el cuto.

La mano inocente de un niño era la encargada de sacar el boleto ganador del sorteo, que acto seguido era leído en voz alta por un concejal, anunciando a la masa congregada el nombre y domicilio del agraciado.

Para celebrarlo, la chavalería reunida se iba corriendo hasta la casa de la persona premiada al grito de «¡Lechón!», cantinela que se podía repetir durante horas.

PROHIBIDAS POR EL FERROCARRIL

Las multitudinarias fiestas de San Antón de Iruñea pervivieron hasta 1860, cuando fueron suprimidas por el alcalde Marqués de Rozalejo.

¿Por qué hizo algo así, privando a propios y extraños de esa semana de jolgorio invernal? La explicación puede resultar chocante, ya que se justificó por la inminente inauguración del ferrocarril. ¿Y qué riesgo entrañaba para actuar de una forma tan drástica? Pues, según la mentalidad del alcalde, si Iruñea ya estaba abarrotada de forasteros con los medios de locomoción existentes hasta entonces, el ferrocarril haría más sencilla la asistencia a las fiestas de San Antón, lo que entrañaría una todavía mayor masificación de esos festejos.

Así que, con esa visión alarmista, el alcalde decidió cortar por lo sano y directamente prohibir unos festejos que habían llegado a tener tanto éxito que en el Boletín Oficial de Iruñea se llegó a publicar en 1840 unos versos que decían: «En Pamplona, San Antón, es haber perdido el juicio; ¡Válgame Dios, qué bullicio! ¡Qué mezcla!, ¡qué confusión!».